SEVEN

1221 Words
Román no dejaba de observarla. Sus ojos oscuros la recorrían con intensidad, como si quisiera grabarse cada gesto, cada detalle de su rostro. —¿Cómo pasó? —preguntó en voz baja. Aurora lo miró con picardía y alzó una ceja. —¿Tú me vas a contar cómo tienes más de cien años? Román sonrió, ladeando la cabeza. —Ya te dije… es una historia larga. —La mía también —respondió ella con tranquilidad. Él negó con la cabeza, divertido. Había algo en ella que lo desconcertaba y al mismo tiempo lo fascinaba. —¿Por qué no estás sobre mí? —preguntó con una sonrisa ladeada—. Como suelen estar las compañeras cuando encuentran a su pareja. Aurora se encogió ligeramente de hombros. —No lo sé… Siento algo, claro. Pero mi loba no me ha dicho nada todavía. —¿Hace cuánto llegaste a este cuerpo? —inquirió Román, ahora más serio. —Hace dos días… aunque estuve inconsciente. Desperté esta mañana. Román frunció el ceño. —¿Ya cambiaste? Aurora lo miró confundida. —Sí, cambié de mi cuerpo anterior a este… Román soltó una risa ronca y se pasó una mano por la cara, divertido por su inocencia. —No, hablo de tu loba. ¿Ya te has transformado? Aurora negó lentamente, bajando la mirada. —No… no tenía loba. Y esta mañana, ella apareció. Me dijo que se llama Doroty, me explicó un poco la situación, pero desde entonces no he vuelto a escucharla. Hubo un breve silencio antes de que Román hablara de nuevo, con una voz más suave. —En una semana habrá luna llena. ¿Quieres que te ayude a cambiar? Aurora alzó la vista y lo observó detenidamente. El príncipe licántropo. La figura de tantas leyendas que hablaban de su fuerza abrumadora, su fiereza en batalla, su crueldad cuando era necesario… pero frente a ella no había un monstruo. Había un hombre que la miraba con dulzura, con paciencia, como si fuera lo más valioso que había encontrado en siglos. Por un momento, Aurora pensó que tal vez… seguía tirada en el bosque, agonizando. Que todo esto no era más que un hermoso delirio antes de morir. Pero si era así… no quería despertar. —¿Por qué quieres acompañarme en mi transformación? —preguntó Aurora, con la voz baja pero firme. Román la observó con seriedad antes de responder. —¿Qué tanto sabes sobre los compañeros predestinados? —Solo lo que se escuchaba por ahí… nunca tuve acceso a educación —admitió ella, encogiéndose ligeramente. —¿Por qué no? —preguntó Román, frunciendo el ceño. La furia contenida en su voz era evidente. —En mi antigua manada me veían como una desgracia —dijo con amargura—. Por mi cabello blanco. Román la miró con incredulidad y dio un paso más cerca. —Eso es una idiotez —dijo con vehemencia—. Tu cabello me parece hermoso… único. Alzó una mano y acarició un mechón plateado con delicadeza, como si estuviera tocando algo sagrado. —Además —continuó—, ese era el distintivo que me habían dicho para identificar a mi compañera. ¿Sabes cuánto te busqué? ¿Lo terrible que fue no encontrarte durante tanto tiempo? Aurora lo miró, sorprendida por la intensidad de sus palabras. Román se acercó aún más, levantando con suavidad su mentón para mirarla a los ojos. Sus labios quedaron apenas a milímetros de los de ella. Aurora sintió su aliento, su calor… pero justo cuando pensó que iba a besarla, él se apartó de golpe. —Tengo que salir de aquí ahora —dijo rápidamente, con una urgencia inexplicable en la voz—. Tengo asuntos que atender. Volveré antes de la luna llena para acompañarte, ¿sí? Aurora asintió, sin entender del todo lo que había pasado. Lo vio salir de la oficina como si huyera de algo… o de ella. Cuando quedó sola, apretó los labios con fuerza para contener las lágrimas. —Mentiroso… también odias mi cabello —pensó con amargura—. Seguro también crees que soy una paria… En ese momento, la puerta se abrió y Damián entró, con el ceño fruncido. —¿Qué pasó? ¿Por qué se fue así? —Dijo que tenía cosas que hacer… que volvería antes de la luna llena —respondió Aurora, fingiendo una fortaleza que solo había aprendido a usar para sobrevivir. En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Liam entró hecho una furia, con la mirada encendida por la rabia. —¿Cómo que ya encontraste a tu compañero? ¿Y yo qué, Aurora? —espetó con voz rota. Damián y Aurora se quedaron en shock. —¿De qué hablas, Liam? —preguntó Damián, confuso—. Pensé que solo eran conocidos. —¿Conocidos? ¡Nada de eso! Yo era el novio de tu hermana… en secreto —soltó Liam, clavando los ojos en Aurora. Ella abrió los ojos de par en par, completamente desconcertada. Damián la miró, esperando una explicación. —No me mires así… yo ni siquiera lo recuerdo —susurró Aurora, con voz temblorosa. —¿O sea que porque no me recuerdas me vas a dejar a un lado? —dijo Liam, dolido, su tono ahora más frágil. —No quise decir eso —respondió ella, cada vez más confundida. ¿Qué debía hacer? Nunca antes había tenido novio, y ahora tenía un supuesto ex y un supuesto compañero predestinado. ¿Cuál era el camino correcto? ¿Cómo se suponía que debía reaccionar? Justo en ese instante, otro joven apareció en la puerta. Era alto, de complexión delgada pero evidentemente musculosa. Sus ojos eran intensos, pero su actitud era serena, casi protectora. —Ya basta, Liam —dijo con firmeza—. No puedes hacerle esto. Vámonos ahora. —¿Oye, Sebastián, tú sabías sobre esto? —intervino Damián, molesto. El recién llegado miró primero a Damián, luego a Aurora. Su expresión era tensa. —No puedo decir nada, Damián. Aurora es mi mejor amiga. No puedo hablar por ella. Aurora lo miró sorprendida. ¿Él era su mejor amigo? ¿Esta chica que fue antes de ella tenía una vida así de genial? Sebastián sostuvo su mirada un momento más, antes de decir con voz tranquila: —Si no recuerdas nada… ven en media hora al jardín. Ahí te contaré todo sobre tu vida. ¿Quién mejor que yo para hacerlo? Y sin más, se marchó. Aurora parpadeó, todavía asimilando todo. —¿Él es mi mejor amigo? —le preguntó a Damián. —No solo eso —resopló su hermano—. Es un maldito dolor de cabeza. —¿Por qué lo dices? —Porque cada idea loca que se te ocurría, a él le parecía brillante. Y luego iba y la ponía en práctica como si nada. Damián la observó con una mezcla de asombro y frustración. —Aurora… ¿cómo así que tenías novio? —¡Ya te dije que no lo recuerdo! —replicó ella—. Voy a hablar con… ¿cómo era que se llamaba? —Sebastián —suspiró Damián, con resignación. —Gracias, hermanito —sonrió Aurora con un guiño—. Voy a hablar con Sebastián… a ver si logro recordar algo. ¿Sí?
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