SIX

1048 Words
Aurora no sabía qué hacer. No sabía quién era ese hombre de mirada intensa y presencia imponente, pero había algo que tenía claro: no le tenía miedo. Aun así, podía notar que los demás sí. El ambiente se había vuelto denso, tenso, como si todos contuvieran la respiración. Entonces, él habló con voz grave, cargada de algo más profundo que simple certeza: —Ella es mi maldita alma gemela. Mi compañera. Un estremecimiento recorrió su columna. Dentro de ella, su loba aulló con fuerza… pero no dijo nada. No susurró, no exigió, no reaccionó como Aurora esperaba. Solo aulló. Como si también estuviera en shock. Román volvió a hablar, con los ojos clavados en ella: —Llevo más de cien años buscándote… y estabas aquí. ¿Cien años? pensó Aurora, atónita. ¿Cómo puede tener cien años? No parece mayor de treinta… Damián seguía entre ambos, pero Román era tan alto que podía verlo con claridad por encima de su hombro. Era guapo, pero no como los chicos de su edad. Era guapo de una forma salvaje, peligrosa, poderosa. Su mirada parecía traspasarla, desnudarla, conectarse con algo que ni ella misma entendía. Entonces, su padre habló con cautela, rompiendo el silencio: —¿Está seguro de eso, señor? Román no lo miró. Su atención regresó a Damián, con una intensidad casi amenazante. —Te mostré la foto… y la reconociste. ¿Sabías que era ella? Damián negó rápidamente. —Déjame explicarte, Román… Un gruñido escapó de la garganta del licántropo, haciendo temblar el aire. —¿Qué foto? —preguntó Aurora, con genuina curiosidad. Su voz era suave, pero al mismo tiempo vibrante. Para Román, sonó como la melodía más perfecta que había escuchado en siglos. Sin decir palabra, sacó la foto arrugada de su pantalón y se la tendió. Aurora la tomó con manos temblorosas. Al verla, el mundo se detuvo un instante. Era ella. En su anterior cuerpo. En su anterior manada. Su cabello blanco, su figura delgada. Luna se acercó también, mirando por encima del hombro de Aurora. La foto tenía una fecha: una semana atrás. Fue entonces cuando Alicia, la madre de Helena, habló con firmeza: —Ella no es mi hija. Y puedo demostrarlo. Mandó a Helena dentro de la casa. Minutos después, volvió con una fotografía familiar enmarcada. Alicia se la mostró a Román. Allí estaba Aurora… pero diferente. Tenía el cabello castaño, la piel más dorada. Era la misma y no lo era. Román miró ambas fotos. Las comparó. Volvió a observar a la chica frente a él, como si el universo le estuviera jugando una broma cruel. —¿Y cómo explican su cambio de cabello? Dominic fue quien respondió esta vez: —Estuvo inconsciente. Y hace dos días, justo antes de despertar, su cabello… simplemente cambió. Román miró la foto familiar una vez más. Esa era la chica que había encontrado muerta, casi destrozada. Lo recordaba perfectamente. Pero la joven que tenía delante… ella… su energía, su olor, esa chispa en los ojos… era su compañera. No había duda. Y, sin embargo, no encontraba explicación lógica para lo que sucedía. ¿Acaso era otra broma del destino? —Es mi compañera. Sea quien sea… es ella. —afirmó Román con firmeza, sin apartar la mirada de Aurora. —¿Cómo lo sabes? —preguntó Aurora. Román frunció el ceño, desconcertado. ¿Cómo podía no sentirlo ella también? —Tanto mi lobo como mi licántropo lo saben. Y tú aroma… aunque un poco débil, me tiene acelerado desde que llegué. Aurora lo miró sin saber qué decir. Sentía algo, sí… pero era una maraña de emociones, sensaciones y preguntas sin respuesta. —¿Puedo hablar con él a solas? —preguntó finalmente, con un hilo de voz. Damián negó rotundamente y la sujetó con fuerza por el brazo. —No vas a estar a solas con él —sentenció. El gruñido de Román resonó por toda la sala. Sus ojos se volvieron completamente negros, amenazantes. —Damián —intervino Aurora con voz tranquila, posando su mano en su pecho—. Voy a estar bien. Lo miró con firmeza, y él finalmente cedió, aunque a regañadientes. —Padre, ¿me puedes prestar tu oficina, por favor? —pidió Aurora sin quitar la vista de Román. El Alpha Dominic asintió con un gesto y los guió hacia una puerta al final del pasillo. —¿Me puedes indicar dónde está? —preguntó Aurora, provocando una mirada curiosa de Román. ¿Cómo no sabía dónde quedaba la oficina en su propio hogar?, pensó. Una vez allí, Dominic abrió la puerta, los dejó pasar y se retiró. Aurora entró primero. Román la siguió, y cerró la puerta tras de sí. Tan pronto estuvieron solos, Román la acorraló contra la pared con una velocidad que le robó el aliento. La olfateó profundamente, como si necesitara memorizar cada partícula de su aroma. —Eres tan pequeña… —susurró, su voz ronca. —¿Eso es un cumplido o un defecto? —replicó Aurora, alzando una ceja. Román sonrió. Le encantaba que ella le hablara así, sin miedo, sin reverencias. —¿Sabes quién soy? —Román… ¿cierto? —Soy el príncipe licántropo. Aurora lo miró con sorpresa. —¿Cómo puedes tener más de cien años y seguir viéndote así? —Es una historia larga… —respondió con un suspiro. Aurora dudó un momento. Algo en su pecho le apretaba. Era ahora o nunca. —Román, tengo que decirte algo… —murmuró. Él se apartó un paso, como dándole espacio. Pero su loba gimió con tristeza por la distancia. —Yo era la chica de la foto —confesó Aurora. —Lo sabía —respondió él, sin dudar. —No… espera. Es más que eso —dijo ella con urgencia—. Yo era esa chica… pero morí. Y mi alma… fue traída a este cuerpo. Román la observó en silencio. Aurora esperó que se riera, que la acusara de estar loca. Pero él solo asintió, con calma. —¿No crees que estoy loca? —preguntó ella, confundida. Román negó con la cabeza, y habló con una seriedad que estremeció a Aurora. —Desde que nací, me he enfrentado a cosas que muchos jamás podrían imaginar. Créeme… en nuestro mundo, todo es posible.
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