FIVE

1303 Words
Damián observó al príncipe licántropo acercarse, su figura imponente siempre causaba una mezcla de respeto y desconcierto. Sonrió levemente y, sin perder su tono relajado, comentó: —¿Ese milagro por aquí, príncipe Román? Román desmontó de su caballo con movimientos fluidos, pero su rostro reflejaba algo que no pasaba desapercibido: no traía una buena cara. La ira parecía arder dentro de él. —Si te soy sincero, no sé qué hago en tu manada. Hay algo que me atrae aquí... Debería estar destruyendo algo ahora mismo con la rabia que tengo —dijo, la tensión palpable en su voz. Damián no pudo evitar una risa ligera, tratando de aligerar el ambiente. —Ey, ¿no has venido a destruir mi humilde manada, verdad? Román lo miró con una expresión seria, incluso algo cansada. —Tu manada no tiene nada de humilde, Damián. Es una de las más grandes. Y no, no vengo a eso. Damián lo observó por un momento, reconociendo el dolor en los ojos del príncipe. Algo no estaba bien. —Entonces, ¿qué te sucede? —preguntó con más preocupación, señalando unas bancas cercanas para que ambos se sentaran. Román siguió su indicación, pero el peso de sus palabras aún se mantenía en el aire. Cuando se sentaron, el príncipe sacó algo de su pantalón. Era una foto, la sostuvo con las manos temblorosas, y la extendió hacia Damián. Damián la tomó, observándola con detenimiento. En la foto, se veía a una mujer muy delgada, con el pelo blanco. No había nada particularmente sorprendente, excepto que el cabello blanco era exactamente igual al de su hermana Aurora. —¿Qué hay con ella? ¿Es una señora? ¿Por qué tiene el pelo blanco? —preguntó Damián, frunciendo el ceño. Román dejó escapar un suspiro profundo, como si estuviera cargando con un peso mucho mayor de lo que había revelado hasta ese momento. —Es complicado de explicar… —murmuró, mirando hacia el horizonte con aire pensativo. Damián esperó, dejando que Román tomara su tiempo. Finalmente, el príncipe habló, su voz grave pero cargada de frustración. —Cuando llegué a la manada donde se suponía que estaría... estaba muerta. Pero eso no es lo raro. Lo raro es que cuando la encontré, ya no tenía su característico pelo blanco. Ahora era un castaño normal. Román guardó silencio por unos segundos antes de girarse hacia Damián con una mirada inquisitiva. —Oye… me enteré que tu hermana despertó. ¿Cómo está? La pregunta, aunque casual, hizo que el cuerpo de Damián se tensara al instante. Intentó disimular su nerviosismo con una sonrisa forzada. —Sí, tiene un par de días despierta. Vaya… qué rápido corren las noticias. Román asintió apenas, como si hubiera estado esperando esa confirmación. Luego, cambiando de tema sin previo aviso, soltó con tono firme: —Necesito descansar. ¿Me vas a dar hospedaje por hoy? Era más una orden que una pregunta, aunque Román tenía esa habilidad innata de hacer que incluso sus mandatos sonaran como peticiones corteses. De cualquier modo, pocos —por no decir nadie— se atreverían a negarle algo al príncipe licántropo, mucho menos los miembros de una manada común. Damián no supo qué responder de inmediato. Estaba atrapado entre el deber, la prudencia… y el miedo. Afortunadamente, en ese instante apareció Alpha Dominic, caminando con paso decidido hacia ellos. —Bienvenido, príncipe licántropo —dijo con voz firme pero respetuosa—. ¿A qué debemos su grandiosa visita? Román lo miró sin molestarse siquiera en corresponder el saludo. Su expresión se mantenía imperturbable, dura. —Estaba diciéndole a Damián que necesito asilo por hoy. Dominic asintió al instante, con una ligera inclinación de cabeza. —Por supuesto, señor. No tiene ni siquiera que pedirlo. Permítame guiarlo a usted y a sus hombres hasta la casa principal de la manada. Estarán cómodos allí. Detrás de Román, siete guerreros licántropos esperaban en silencio, imponentes y perfectamente alineados. Su sola presencia bastaba para hacer temblar a más de uno. Eran los más leales al príncipe, su guardia personal. Y ahora, todos ellos estaban dentro del territorio de la manada. Damián tragó saliva en seco. Algo le decía que esta visita no era casual. No del todo. Damián frunció el ceño discretamente mientras enlazaba mentalmente a Helena. - No dejes que Aurora salga de su habitación. Dile que necesita guardar reposo y que por nada del mundo debe salir de allí. Esperó una respuesta… pero el silencio fue absoluto. Volvió a insistir, sintiendo cómo un nudo de preocupación se le formaba en el estómago. Helena siempre respondía de inmediato. Siempre. Román, a su lado, alzó una ceja y lo observó con atención. —¿Qué tienes, Damián? No me digas que mi presencia te está intimidando —dijo con una media sonrisa cargada de tensión. Damián soltó una risa seca, sin humor. —Para nada… es solo que tu ira es abrumadora. Román estaba por replicar, pero entonces su cuerpo se quedó completamente inmóvil. Su expresión cambió. Sus ojos negros, más oscuros que la noche misma, se clavaron en un punto específico, como si el tiempo se hubiera detenido. Allí, de pie en el umbral de la casa de la manada, se encontraba una joven de belleza sobrecogedora. Su cabello blanco caía en ondas hasta la cintura, contrastando con su piel suave y pálida. Era ella. La misma figura de la fotografía, la que había visto muerta… y sin embargo, ahora estaba viva, real, de pie frente a él. Aurora. Damián se tensó de inmediato, sintiendo cómo el mundo a su alrededor se tambaleaba. Y entonces, por fin, Helena lo enlazó mentalmente con voz apurada y culpable: - Lo siento, señor… Luna vino y se la llevó. No pude detenerlas. El corazón de Damián dio un vuelco. El destino acababa de jugar su carta más peligrosa. Román dio un paso al frente, como si sus piernas se movieran por cuenta propia. Sus ojos no se apartaban de ella, ni por un segundo. Había pasado más de un siglo buscando… y allí estaba. Viva. Con ese mismo cabello blanco, con esa energía… pero distinta. Más viva. Más fuerte. Aurora, al ver al desconocido, frunció ligeramente el ceño. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era miedo… era algo más primitivo, visceral. Su corazón latía con fuerza, y no entendía por qué. Sus ojos se cruzaron con los del hombre y sintió como si algo dentro de ella ardiera. Damián reaccionó rápido. Se acercó a ella con paso firme y le tomó suavemente del brazo. —¿Qué haces fuera de tu habitación? Te dije que debías descansar. —Madre insistió en que necesitaba tomar aire… —respondió ella, confundida, sin poder apartar la mirada del hombre frente a ella. Román dio otro paso. Su voz sonó profunda, como un trueno contenido. —¿Cuál es tu nombre? Aurora dudó un segundo. Luego habló, con un tono firme que no parecía suyo. —Aurora. Román repitió el nombre en un susurro. —Aurora… Damián se interpuso con el cuerpo, poniéndose frente a su hermana como un muro. —Ella necesita reposar. No está lista para este tipo de encuentros. Román ni siquiera lo miró. Sus ojos seguían fijos en Aurora, y en su interior sono la voz de su lobo -compañera-. Luego cerró los ojos, inspiró profundamente, y susurró con voz ronca: —Es ella. Es mi maldita alma gemela, mi compañera. El silencio cayó como una losa sobre todos. Damián apretó los dientes. Helena, que acababa de llegar corriendo, se quedó paralizada en la puerta. Aurora abrió los ojos sorprendida. —¿Qué…? Román abrió los suyos también, más oscuros que nunca, pero llenos de algo distinto: dolor… esperanza… necesidad. —Llevo más de cien años buscándote —dijo él—. Y estabas… aquí.
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