Con el tiempo, las cicatrices se convirtieron en recordatorios visibles. Cada marca en mi piel era un testimonio silencioso de la transformación que había sufrido. Y aunque en el fondo de mi alma aún se escuchaban ecos de la niña que alguna vez fui, esos susurros se apagaban ante el rugido ensordecedor de mi nueva identidad. La violencia, en su forma más pura y despiadada, se había instalado en mí como una segunda piel. Ya no era solo una herramienta para sobrevivir, sino una parte fundamental de mí. La tercera lección no era la última y lo sabía. Y lo confirme al otro día. CUARTA LECCIÓN: MATAR POR MATAR. Todo lo que había vivido hasta ese momento – el hambre que te devoraba, el frío que te calaba hasta los huesos, la violencia que te arrancaba la esencia – convergía en este instante d

