El reloj marcaba las once y media de la noche cuando cerré la puerta de mi habitación con suavidad, pegando la espalda contra la madera mientras contenía la respiración. Mi corazón latía con fuerza en el pecho, pero no podía darme el lujo de dudar. Si mi padre descubría lo que estaba por hacer, estaría muerta. Bueno, no literalmente, pero la idea de su furia me erizaba la piel y hacía sonreír en las mismas proporciones.
Respiré hondo y me acerqué a la ventana. Mi habitación estaba en el segundo piso, pero la estructura de la casa tenía suficientes salientes y bordes como para facilitar mi escape. Me deslicé con cuidado, sintiendo la adrenalina dispararse en mi sistema. Mi vestido corto y mis botas altas no eran la mejor elección para una escapada sigilosa, pero no había tenido otra opción si quería vestirme acorde para el lugar al que iba.
Cuando mis pies tocaron el suelo, me enderecé rápidamente y corrí hasta la verja lateral donde Camila me esperaba en su auto. Mi mejor amiga tenía una sonrisa traviesa en los labios, los ojos brillantes de emoción mientras yo me deslizaba en el asiento del copiloto.
—Lo lograste—susurró, arrancando el auto con rapidez.
—Apenas. —Admití, acomodándome mientras revisaba mi celular. Sin llamadas ni mensajes de mi padre. Aún. —Dime que este lugar realmente vale la pena.
—Oh, lo vale —aseguró Camila, con un brillo cómplice en los ojos. —Vamos a un club clandestino donde la música hace vibrar el suelo y la pasión flota en el aire. Nada de protocolos, ni miradas jugadoras. Solo libertad.
Libertad. Sonaba tentador, casi utópico. Algo que no había tenido en mucho tiempo.
El trayecto se sintió eterno, pero finalmente nos detuvimos en una calle poco iluminada, frente a una vieja bodega con grafitis en las paredes. Desde afuera, no parecía nada especial, pero cuando nos acercamos a la entrada, el retumbar de la música electrónica me envolvió como un latido acompasado. Un hombre fornido nos dejó pasar tras un breve intercambio con Camila, y en cuanto pusimos un pie dentro, me golpeó la atmósfera cargada de calor, humo y luz neón.
La multitud se movía al ritmo de la música, cuerpos en una danza caótica de deseo y frenesí. Estaba segura de que unos chicos follaban contra la pared. Caminé con cautela entre la multitud, dejando que la energía del lugar se filtrara en mi piel. Camila desapareció rápidamente en la pista de baile, pero yo me quedé quieta por un momento, absorbiendo la sensación de anonimato, de peligro latente. Fue entonces cuando lo sentí.
Una presencia abrasadora, como una llamarada en medio del frío. Mi piel se erizó antes de que lo viera. Me giré lentamente, y allí estaba él, a unos metros de distancia, recargado contra la barra con una copa en la mano. Ojos ambarinos que parecían atravesarme, una sonrisa ladeada que era puro veneno y peligro. Mi estómago se encogió, mi pulso se aceleró.
¡Maldición!
Él.
El hombre que me había robado al que me había follado en aquel lugar, el mismo que me sirvió una copa anoche. Ahora me observaba divertido. Dejó su copa en la barra y comenzó a caminar hacia mí. No entendía porque me lo seguía encontrando, pero simplemente aparecía en cada maldito lugar que me encontraba.
—Hola, princesa. —Murmuró cuando estuvo a solo un susurro de distancia. —Sabía que volverías a buscarme.
¿Perdón?
—Yo no... —intenté decir, pero mi voz se perdió entre el estruendo de la música.
—Dime, ¿Tienes idea de lo peligroso que es este lugar para alguien como tú? —Su sonrisa se ensanchó, pero sus ojos... sus ojos eran fuego puro.
—¿Para mí? —sacudí la cabeza —¿Eres una especie de psicópata? Porque no te conozco, pero sigues apareciendo.
Él inclinó la cabeza, estudiándome con la calma de un depredador jugando con su presa. Luego, acercó su rostro al mío mientras tomaba mi mentón entre sus dedos.
—Adrián Velasco.
Me guiño uno de sus ojos y puse los míos en blanco. Me aleje un paso y lo observé.
—Primero, no me toques, no te di permiso—una sonrisa come mierda apareció en mis labios.
—¿Darme permiso? —Su risa llenó el ambiente—. Lo adquirí cuando te folle en el baño.
—No eres el primero que lo hace y al igual que ellos, no puedes volver a tocarme.
Adrián soltó una carcajada, una de esas profundas y rasposas que me hicieron querer arrancarle la garganta y al mismo tiempo sentir un escalofrío recorrer mi espina dorsal.
—Vaya, vaya… Eres una princesita con garras.
Rodé los ojos, cruzándome de brazos.
—Tampoco eres el primero que lo nota, Velasco.
Su sonrisa se ensanchó. No había esperado que usara su apellido, pero con algunas personas eran necesario, sobre todo cuando llevaba aquel gesto. Ojos ambarinos llenos de arrogancia, labios torcidos en una mueca de suficiencia y ese maldito aire de peligro que lo envolvía como un perfume embriagador.
No pertenecía a la mafia, pero sentía curiosidad por saber dónde sí.
Adrián dio un paso más hacia mí, acortando la distancia hasta que su aliento chocó con mis labios. No me moví, no iba a ser la primera en retroceder.
—Dices que no puedo tocarte… —musitó, con la voz tan baja que se sintió como un roce de terciopelo en mi piel—. Pero mírate. Te tensas cada vez que me acerco. Tu pulso está acelerado, princesa. Me estás mintiendo a la cara.
—Y tú estás demasiado acostumbrado a que las mujeres se derritan por ti. No todas giramos a tu alrededor como planetas, Velasco.
Mis palabras lo divirtieron aún más. Se inclinó aún más, su nariz rozando la mía.
—No necesito que gires a mi alrededor, Valeria. Solo necesito que admitas que te jode lo mucho que te gusto.
Mi lengua chasqueó contra mi paladar.
—Tu ego es tan grande que me sorprende que puedas caminar sin tropezar con él.
Adrián sonrió, pero esta vez había algo diferente en su expresión. Un destello de algo más que simple provocación.
—Y a ti te gusta provocarme.
—Tal vez… o tal vez solo me divierte verte intentar y fracasar.
Mis palabras lo hicieron reír de nuevo, pero en vez de apartarse, alzó una mano y tomó un mechón de mi cabello, enredándolo entre sus dedos antes de soltarlo lentamente. El roce fue tan ligero que sentí un escalofrío por toda la columna. Maldito idiota.
—Si en verdad no me quieres cerca, dímelo. —Su voz era un reto disfrazado de dulzura.
Mi quijada se tensó. Claro que podía decirlo. También podía darle la espalda, alejarme y demostrarle que no me afectaba. Pero eso sería mentirme a mí misma.
Así que en lugar de eso, me acerqué lo suficiente para que nuestros labios quedaran a milímetros de distancia y sonreí con pura maldad.
—Si en verdad te crees tan irresistible, bésame.
Vi su expresión endurecerse, sus pupilas dilatarse por una fracción de segundo. Y luego, en lugar de hacer lo que esperaba, echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada baja y oscura.
—No, princesa. Yo no voy a hacer lo que tú quieres.
Mis labios se fruncieron en una línea delgada.
—Cobarde.
—Calculador. —Me guiñó un ojo y se dio media vuelta, caminando de regreso a la barra con una maldita tranquilidad que me hizo querer arrojarle mi copa a la cabeza.
Respiré hondo, sintiendo mi piel arder de frustración y deseo reprimido. Joder, esto era un juego peligroso.
Y lo peor de todo era que me encantaba jugarlo.