La muerte siempre llama

2014 Words
La multitud se movía en una danza caótica de deseo y frenesí. Me dejé llevar por la energía del lugar; la piel me vibraba junto con la música. Camila apareció a mi lado con un cigarrillo en la mano. Mis ojos brillaron antes de que ella tendiera la mano en mi dirección. Mis dedos encontraron el papelillo recién armado y, sin pensarlo, mis labios se posaron directamente sobre el filtro. —No tan largas, está es de la buena —gritó Camila por encima del estruendo, con una sonrisa amplia y brillante. Se quejo cuando no hice caso, pidiéndome de nuevo el cigarrillo. Negué con la cabeza antes de volver a fumar. Sentí mis músculos relajarse momentáneamente y se lo pasé de nuevo a su dueña. —Eres tonta, tenemos que devolverte a tu casa, no puedo llevarte drogada —dijo, preocupada. Sin pensarlo, mi mano le arrebató el vaso de la suya. En dos segundos, llevé el contenido a mi garganta; el alcohol quemaba mi tráquea en cada trago, pero eso ya no importaba. Vacié la copa y pedí otra. Mis manos, erráticas y llenas de ímpetu, se alzaron en el aire mientras movía mis caderas hasta llegar a la barra. Me incliné hacia adelante, dejando que mis pechos se marcaran contra la fría madera. El chico del otro lado me sonrió antes de pasarme un chupito y acercarse. —¿Qué vas a querer, princesa? —arrugó la nariz con sus palabras, como si el término me condenara. Odiaba esa palabra, "princesa", y la rechacé con firmeza. —No, princesa no. —Me acerqué más, con voz áspera—. Puedo ser otras cosas, no una princesa. Estaba coqueteando con el sujeto de la barra, sintiendo que, aunque me iban a casar con un cabrón, esta noche podía dedicarme a vivir a mi manera. —Me encantaría ver cuáles, pero ahora… —se inclinó hacia adelante— ¿Qué te sirvo? —Cuatro infernales —dije despacio, sin dudar. Observé todo el proceso: no solo dejó los vasos, sino que también me entregó cuatro pastillas. Mordí mi labio, sabiendo exactamente lo que eran. Mi padre siempre decía que no debíamos consumirlas, solo darlas, como si fuesen un tributo prohibido. —¿Tienes ganas de divertirte? —preguntó el chico, con una mezcla de peligro y satisfacción en la mirada mientras me repasaba. —Eso hace las cosas un poco más interesantes por acá —respondí, a punto de agarrarlas, cuando una mano se colocó encima de ellas. Miré a mi derecha y me encontré con Adrián, sus ojos oscuros tan intensos que parecía capaz de acabar con mi alma. Mi piel se erizó al instante, lo miré molesta mientras él devolvía las pastillas al chico. —No te preocupes por su diversión, de esa me encargo yo—dijo Adrián. El sujeto dio un paso atrás mientras tomaba las pastillas, pero yo me giré, enfadada, para enfrentarlo. —¿Qué mierda ibas a hacer? —siseó, con tono molesto. —¿Por qué no te metes en tus asuntos? —repliqué. Camine dispuesta a alejarme de él, pero no llegue muy lejos cuando me sujetó del brazo con fuerza, haciendo que el líquido se derrame manchando mis piernas y ropa. Abrí la boca, intentando contener mi enojo, y apreté la mandíbula al observar mis zapatos. Levanté el rostro directamente hacia él. —Ey, ey, suelta —intervino Camila, apareciendo de la nada y empujando con fuerza el torso de Adrián—. Si dice que no, es no. ¡Apártate de ella o te pondremos una bala en el trasero! Miré a mi amiga, pequeña y decidida como siempre, que se plantó con firmeza, sacando el pecho. Sus ojos, encendidos en furia, le decían a Adrián que no iba a tolerar su intromisión. Pero dudaba que le disparara, era lo más cobarde que conocía. Adrián, por su parte, aflojó el agarre de mi brazo. Su boca se curvó en una mueca divertida mientras daba un paso hacia un lado con sus ojos fijos en Camila, como si ella fuera un reto más. —Dudo que puedas hacerlo, pequeña. —Dijo con voz burlona—. Pero para que entiendas, tu amiga estaba por recibir pastillas, y ya sabes lo que usan esas para abusar de las mujeres que vienen aquí. Subí mis cejas, indignada, y volví a mirarlo. Sus ojos parecían querer quemarme; había pura furia en ellos, como si quisiera castigarme. —¿Qué? —escupí, enojada. Camila giró la cabeza tan rápido que casi se le quebrara el cuello, levantó el dedo como si estuviera a punto de reprenderme, y se dirigió contra mí. —¿En qué piensas? Claramente no lo haces. ¿Estás loca? Eso no estaba en plan, solo era un cigarrillo. Mi mente giraba con la mezcla de ira, deseo y confusión. Aun así, la noche no había terminado. Decidí apartarme de la tensión en la barra y buscar un refugio en el calor embriagador del club. Pero la presencia de Adrián seguía siendo una sombra que no podía ignorar. Al poco rato, me encontré sola en la pista, dejando que la música me envolviera mientras mis pensamientos se disipaban, aunque la tensión aún latía en mis venas. Unas manos se colocaron en mis caderas, me volví a mover sintiendo su respiración en mi cuello, por alguna rara razón mi cuerpo reconocía en suyo. Sus labios tocaron mi cuello, gemí por lo bajo mientras me seguía moviendo. Mi trasero tocaba su ahora erección, sus dientes tiraron del lóbulo de mi oreja antes de mover las manos por mi vientre y tirar en su dirección. —¿Vamos a otro lado, gatita? Moví mi rostro solo en un breve sí. Su risa ronca llegó y comenzó a movernos entre la multitud. Salimos del galpón directo a la parte trasera del lugar, sus manos me dieron la vuelta y su boca no tardo nada en volver a estar en la mía. Gemí con su contacto mientras enredaba mis dedos en su cabello. Nos movemos directo a una de las paredes, el lugar estaba oscuro y había refrescado, lo sé porque un escalofrío me recorrió el cuerpo provocando un castañeo de mis dientes. —Creo que estoy haciendo un mal trabajo si aún no te calientas. Sus dedos bajaron directo a mi centro, gemí con fuerza mientras trazaba círculos sobre mi carne. Mis manos se aferraron a sus hombros con fuerza. Me recorrió entera antes de jugar un poco con mis fluidos y llevar su dedo dentro de mi v****a. Mi rostro se elevó, su boca paso por mi cuello mordiendo y lamiendo en todo el proceso. Sacó sus dedos de mí y me queje, estaba cerca del orgasmo, pero al parecer al cabrón no le importaba porque solo se desprendió el pantalón y me observó. —Algún día, esa boca estará alrededor de esto—su mano masajeo su falo de arriba abajo—. Pero no será hoy. Me reí con sus palabras, estaba equivocado si pensaba que pasaría de nuevo. No lo volvería a ver, y él lo sabía, estuvo en mi maldito compromiso. Lo observé colocarse el preservativo. —No nos volveremos a ver. No volverá a pasar—dije lo obvio y sonrió ladino. —Si quieres pensar eso, por mi está bien, pero, cariño, volverá a pasar, te voy a volver a follar y será contigo en cuatro, en la cama de tu marido. No me dejo responder, solo me levantó y se incrusto en mí sin emitir palabra. Me queje un poco por lo brusco, pero no pareció importarle. Solo siguió moviéndose duro, firme y lleno de necesidad. Gemí, me estremecí y no tarde mucho en sentir como todo se arremolinaba en mi vientre. Sus dientes se clavaron en mi hombro, marque mis uñas en su cuello mientras lo apartaba. No me dejaría otra marca en el cuello. —No, guapo, no me dejaras otra marca—sonrió mostrando sus colmillos. —¿Temes que te digan algo? No respondí, solo lleve mi boca a la suya mientras se movía de nuevo, ahora un poco más necesitado. Mis jadeos se mezclaron con sus gemidos, el calor comenzó en mi pies y subió directo a mi vientre. Las luces brillaron en mis ojos, gemí con necesidad y siseo una maldición antes de esconderse en mi cuello y suspirar. Era bueno en esto, pero no se lo diría. Su ego era demasiado grande en este momento. —Bien, guapo. Me largo. Acomode mi vestido, un poco mi cabello y le guiñe un ojo. Recorrió mi rostro, algo paso por su mirada, pero fue tan rápido que apenas logre verlo. —No vuelvas a drogarte, cariño. —Camino dándome la espalda—. Será mejor que se vayan, en una hora llegan por las mujeres. Abrí mis ojos. Las drogaban para llevárselas, era un lugar para traficarlas. Mi piel se encrespo y comencé a caminar como si tuviese fuego en ellos, mis ojos recorrieron el lugar hasta encontrar a mi amiga. —Nos vamos. Su nariz se arrugó, sus ojos me observaron curiosos y negó, pero no espere que me respondiera, solo tome su mano y tire de ella. Se quejo, la escuche, pero la ignore mientras me aseguraba de sacarla a rastras. —¿Qué mierda, Valeria? Su mano tiró de la mía, se frenó y miré a todos lados observando como las camionetas llegaban. Volví a tirar de ella hasta escondernos detrás de una camioneta, todavía faltaba un poco para llegar donde dejamos el coche. —Esa gente viene a llevarse a las mujeres drogadas—susurré y volví a mirar con cuidado mientras perdía color. —¿¿Qué?? ¿Qué dices? —Me lo dijo Adrián, hacen trata, debemos irnos de aquí. —¿Adrián? ¿Quién es Adrián? —El chico que nos dijo de las drogas. Empezó a temblar, lo que menos necesitaba era una chica en pánico, no me servía, pero era la única que sabía como manejar armas y no tenía ni una. Una figura apareció detrás de mi amiga y me sobresalte mientras las manos de Adrián tapaban su boca ahogando su grito. Mis ojos dieron con él que ahora parecía algo alterado. —Bien, llegaron antes. Andando—miró a mi amiga—¿Te vas a callar? —Camila afirmó— ¿Dónde está su auto? —Allá. —señale detrás de las camionetas. Soltó una maldición, miró a todos lados mientras pensaba, mis ojos volvieron a los hombres que ahora entraban todos juntos. La piel se me había encrespado por completo, sentía el miedo en cada fibra de mi cuerpo. —Van a fingir que están ebrias, solo caminen mal y se cuelgan de mí. —¿Eso ayudara? —Debería, tengo mi coche cerca de ustedes. Hicimos lo que nos pidió, nos colgamos de él mientras caminaba con nosotras a cuesta, podía observar a Camila nerviosa, por lo que le dijo que balbuceara incoherencia, entre ellas un “¿Dónde vamos?”. Uno de los sujetos que traía un arma nos observó. Adrián no se inmuto, solo siguió y movió la cabeza en un gesto de saludo, que extrañamente el otro respondió antes de volver a vigilar el lugar. Mis ojos se concentraron en el camino, pero las preguntas eran tantas en este momento que no sabía si quería las respuestas. —Se van a subir al auto y salir de aquí, tan rápido como puedan. Camila sollozo y supe que no podría manejar, al menos yo lo sabía y al parecer Adrián también porque la sentó en el copiloto y me indicó que subiera. No esperé, solo arranque el auto y salí de ahí tan rápido como me fue posible. No entendía como lo hice, sobre todo porque cuando llegué a casa, mis pasos eran un desastre. Apenas logre subir a mi habitación, trepar fue una odisea y la cabeza me daba vueltas. Me apoye en la almohada, cerré los ojos y los disparos rompieron el silencio de la madrugada.
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