Costello

2019 Words
Me levante sobresaltada, mi corazón golpeaba mi pecho frenético. Por un instante, no entendí exactamente qué era lo que sucedía, hasta que un estruendo me lo dijo. Nos atacaban. Ni siquiera lo pensé, solo me levante, busque mi ropa tan rápido como me fue posible y salí corriendo del cuarto. Pero no llegue muy lejos. Mi cuerpo se detuvo cuando un arma apareció frente a mis ojos. Me paralice, la piel se me encrespo y por un momento quise gritar. Sabía que algo así podía pasar, me cansé de decirles que algo como esto me pasaría. —Oh, papi te dejo sola, es un pena. Intente identificar la voz, al menos un poco de ella, pero no tenía idea de quién era. —Ahora, tengo ordenes de matarte, pero… podría jugar un poco contigo, total no hay nadie aquí. Bien, había entrenado a escondidas para esto, era mi momento. Su asqueroso cuerpo dio un paso más cerca de mío mientras bajaba el arma. Mi mano golpeo su garganta, jadeo por la falta de oxígeno, se sostuvo un momento y me observó a través del pasamontaña. Sus ojos, que hasta hace un momento brillaban ladinos, ahora eran dos pozos secos llenos de odio y algo más. Levantó su mano directo a mi rostro, me corrí esquivando el primer golpe, pero el segundo me dio directo en el estómago. Mi cuerpo fue impulsado hasta golpear contra el suelo. Jadee buscando aire y me detuve a pensar un momento cuando se colocó encima de mí. Me removí antes de que me golpeara el rostro de nuevo. El dolor punzante en mi boca me hizo jadear. Me queje un poco antes de volver mi vista a él. Relamió sus labios y mostro sus dientes amarillentos. —Me encanta cuando pelean…—se inclinó más cerca de mi rostro—… lo hace más interesante. Lo escuche aspirar mi olor antes de soltar un gemido placentero. Quería gritar, pero eso no me ayudaría; mis ojos picaron por la necesidad de soltar aquellas lágrimas que parecían quemar en mis ojos. Juntando toda la fuerza posible, balancee mi cuerpo inclinado el suyo lo suficiente para golpear con mi cabeza directo en su nariz. Soltó un grito mientras caía directo al suelo. Mis ojos repasaron el suelo hasta dar con el arma. Nuestros ojos se encontraron, él abrió los suyos cuando se dio cuenta de mis intensiones. Llevó la mano directo al arma, pero la mía estaba en camino al mismo lugar. Paré la suya con mi pie provocando un grito agudo en sus labios. Mis dedos se movieron destrabando el arma y dos segundos después estaba apuntando directo a su cabeza. La bala lo atravesó dejando mi rostro y parte de mi cuerpo llenas de sangre. Me quede observando el agujero entre sus cejas. Trague un poco por la sensación que se había instalado en mi cuerpo antes de que mi mano temblara. Giré para salir de mi habitación. El olor a pólvora se mezclaba con el aire frío de la madrugada. Escuche los disparo, acompañados de gritos, mi mano se mantenía elevada con el arma apuntando. ¿Dónde estaba mi seguridad? Con lágrimas en los ojos, fui directo a la habitación de mi padre para encontrarla vacía. Hice lo mismo con la de mi hermano, pero no lo encontré. Miré de nuevo al pasillo, observando como subía otro hombre para ir directo a mi habitación. Me quede quieta y apunte, apenas salió mi bala lo atravesó. Necesitaba salir de aquí, tan rápido como fuese posible. Camine a la escalera, lista para disparar. Los gritos y jadeos se intensificaron; mi piel, ahora sudada, se encontraba completamente encrespada. Baje directo al salón principal, mis ojos se abrieron al contemplar lo que pasaba delante de mis ojos. Allí, entre aquellos hombres y esos destellos de luz parpadeante, vi a mi hermano, Enrico. Su cabeza chorreaba sangre, llevaba las manos echas puños y la mirada desorbitada mientras luchando contra otro. Estaba rodeado por un grupo de hombres armados, y aunque sus golpes y disparos resonaban, él parecía haber olvidado el miedo. Sus manos tomaron el cuello el rostro del que tenía frente a él para girarlo acabando con su vida en segundos. Parpadee mientras otro lo tomaba por detrás. Levanté la mano disparando directo en la cabeza. Enrico se movió con la agilidad y fuerza que siempre lo caracterizaron, pero era evidente que estaba superado en número. —¡Vete, ahora! Sus ojos apenas me enfocaron, pero era obvio que me hablaba a mí. Estaba a punto de girar para ir al refugio cuando una figura emergió de entre la penumbra. Un hombre que nunca vi en mi vida. Sus ojos destilaban crueldad, las armas volvieron, apuntando directo a la cabeza de mi hermano que se detuvo a observarlo. Su mano se movió indicando que me fuera, pero estaba con la vista fija en la sonrisa fría y vacía que desprendía el hombre frente a él. —El trono ya no les pertenece. Sus palabras, tan simples y llenas de veneno, se mezclaron con el ruido de los disparos. —Los Costello, no morimos—sus palabras salieron tranquilas. —Mientras uno de nosotros viva, estaremos aquí, listos para joderlos. Porque son tan cobardes que necesitan hacer esto de noche y envían a un maldito sicario a hacer el trabajo sucio. Cuando no les sirva te mataran. —¿A mí? —negó divertido. —Esci di qui, Vee. Non guardarti indietro. [Sal de aquí, Vee. No mires atrás]. Antes de que pudiera reaccionar, vi cómo ordenaba a sus hombres que dispararan. El primer disparo me hizo saltar en el lugar. Jadee dando unos pasos hacia atrás y el cuerpo lleno dolor. Enrico, con la mirada fija en el vacío, cayó al suelo. Sus palabras se ahogaron en el sonido de la bala, y yo, paralizada, sentí cómo el mundo se desmoronaba a mi alrededor. Sus ojos me observaban, pero ya no había nada en ellos. No encontré reproche, ni enojo, tampoco amor. No había nada. —Maten a todos. Gire dispuesta a irme, mi cabello fue tirado y grite tan fuerte como pude. Tomé el arma y dispare a todo los que venían en mi dirección antes de quedarme sin balas. Tiraron de mi cabello nuevamente, mi cuerpo choco contra otro torso. Me queje por lo bajo mientras sentía como el metal se clavaba en mi yugular. —Tch, tch, princesa—su aliento toco mi cuello y me quede quieta—. No quieres moverte, o este lindo cuello se abrirá en dos y sería una pena, estás muy linda para matarte tan rápido. Pelee contra todo instinto de moverme y gritar, quería hacerlo, pero estaba segura que moriría tan rápido como moviese un dedo. —Vaya, eres obediente. —Sus labios pasaron por la otra parte de mi cuello—. Papá te enseño bien—aspiro mi olor y me moví—, quieta, gatita. El cuchillo se clavo un poco más, mi cuello se humedeció y mis ojos se llenaron de lágrimas. Los cuerpos se movieron hasta que un grupo de hombres se acercó llevando a una persona que conocía bien con ellos. Mi padre. Vincenzo, siempre imponente y fiero, estaba de pie, intentando mantener el control. Al menos lo logro hasta que me vio. —¿Qué mierda? ¡Saca tus putas manos de mi hija! —Su grito me recorrió el cuerpo. —¿No entiendes? Te matare. La risa del hombre a mi espalda movió mi cabello, su cuerpo se acercó de nuevo al mío, ahora no solo eran sus labios los que pasaban por mi cuello, él estaba recorriendo con su lengua mi piel. —Maledetto, figlio di puttana [Maldito, hijo de puta] —su cuerpo se movió y el arma toco su cabeza. —No, no, viejo—su voz ronca retumbo en mi oído—. Si te mueves solo un centímetro, la matare, igual que como hicieron con tu hijo. Señalo el lugar y los ojos de mi padre dieron con Enrico. Miró horrorizado todo. su puño se apretó antes de volver a mirar en mi dirección. —Tal vez, debería violar a tu hija ahora mismo, hacer que lo veas y luego matarla. Mi padre se mantuvo impasible, no mostro ningún tipo de gesto y sabía la causa. Estaban esperando que reaccionara, algo para hacerlo y no les daría el gusto. —¿No te importa? —Insistió, pero ninguno dijo nada. —O tal vez, deberíamos matarlo frente a ella y luego entregarla al jefe, la someterá, violara y cuando menos lo espere… será comida para los animales. —Papà… Sus ojos se mantuvieron en los míos un momento antes de mover su mano llevándola directo al pecho de uno. El cuchillo brillo en su pecho mientras abría los ojos. Mi padre sonrió con satisfacción antes de sacarlo dejando un rastro de sangre en el suelo. Se movió para atacar a otro, pero lo tomaron antes de poder tocarlo. Observé como lo golpeaban hasta dejarlo de rodillas frente a mí. Unas manos tomaron mi rostro manteniendo mis ojos abiertos. Escuche el arma destrabarse, observé a mi padre que mantenía la boca cerrada. Mis ojos se llenaron de lágrimas mientras lo apuntaban desde atrás. No quería mirar, pero no me dejaron opción, el sujeto a su espalda me dio media sonrisa antes de apretar el gatillo dejando mi cara llena de sangre. Mi sangre. Ni siquiera el gran Vincenzo pudo escapar del destino. Observé como sus cabeza se abría y caía al suelo. No abrí mi boca, no dije ni una sola palabra mientras la explosión llegaba. El estruendo no era más que mi casa en llamas. Observé todo. Mis guardias peleando, disparos y gritos se mezclaba con mi sollozos ahogado. Todo lo que había conocido, estaba siendo destruido en cuestión de minutos. Nací con una corona ensangrentada y un destino que nunca me perteneció. Y esto era la prueba de ello. Nuestro símbolo de poder se transformaba en un campo de batalla infernal. El fuego comenzaba a devorar los salones, iluminando con destellos rojos cada rincón, mientras las sirenas de la policía se colaban por las ventanas rotas. Las lágrimas en mi rostro se mezclaban con la adrenalina, y el dolor. Vi a mi madre morir, ahora a mi padre y hermano. No me quedaba nada y estaba segura de que no tardaría en reunirme con ellos. Sentí como algo pasaba por al lado de mi rostro, pero no me moví, solo observé como los hombres frente a mí caían al suelo muertos. —¡Valeria! —mi nombre retumbo y reconocí la vez del hombre que me había follado horas atrás. Adrián llevaba el arma en lo alto, solo disparaba a un lado y al otro con la precisión de un cazador. Su figura se notaba imponente entre todo el desastre de balas, pero mantenía esa mirada vacía. Sin esperar a que respondiera, me tomó del brazo y me arrastró hacia la salida. —Mueve las putas piernas, Valeria. —Gruño y lo hice. Las paredes retumbaban con el eco de disparos y el rugido del fuego. Una explosión me hizo gritar del dolor cuando algo se clavó en mi brazo. Adrián me observó un momento antes de tirar otra vez de mí, pero no respondía como correspondía. —Para, pará. Su cuerpo volvió, una de sus manos tomó mi brazo que brillaba por la sangre. Grite cuando tocó y negó antes de mirarme. —Si no te mueves, te desangraras. —¿Qué importa? ¿Por qué me salvas? —Sus labios se curvaron. —No re confundas, princesa. No estoy aquí para salvarte. Solo me aseguro de que no mueras… aún. No pude decir nada. Solo lo observé rasgar mi ropa, vendar mi brazo y volver a movernos. Ahora no había delicadeza, solo sostenía mi brazo con fuerza, clavando sus dedos en el proceso. —No te detengas, Valeria. ¡Corre! —me gritó, y yo apenas pude responder con un jadeo. —Mueve las malditas piernas o te torturare, tu decides.
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