Los rayos del sol estaban bloqueados por la sombra de un hombre. —Al menos ahora, aquí, así, sé que tengo toda tu atención —dijo el rey Cordillera. Se acuclilló junto a la cabeza de Mykal. El sol era como un halo sobre y detrás de la cabeza del rey. —Déjame salir de aquí —dijo Mykal. Estaba atrapado, apretado, enterrado hasta el cuello en la arena. Respirar se convirtió en un problema. Había mucho aire fresco. Jadeó, su claustrofobia haciendo efecto. —¿Esto te molesta? ¿Lugares pequeños y compactos? —El rey Cordillera acercó una mano enguantada a la cara de Mykal. Mykal vio lo que llevaba el rey en la mano y se tensó contra la arena, incapaz de poner distancia entre ellos. La araña marrón era diferente de las que había encontrado bajo el Bosque de la Cicade, y más pequeña que las de

