Pienso más en ti de lo que quiero aceptar, te extraño más de lo que mi orgullo quiere admitir, te quiero de vuelta.
En éste momento que parece que lo tengo todo, y es casi perfecto porque tengo a mi triángulo de la vida, y aún así, lo único en lo que puedo pensar es en verte, que cada mañana al abrir mis ojos pueda volver a tocar tu mejilla, esa barba rasposa que te dejas por no tener que tocar tu cara, suena estúpido, pero incluso extraño esa sensación de enojo con la incertidumbre sobre las cosas que decías o hacías.
Siempre a medias, no hay una sola pregunta que hayas contestado en realidad, ahora lo sé, mentías y es claro, pero la incertidumbre de no saber si algo de lo que dijiste o hiciste fuere cierto es físicamente dolorosa, fragmenta el dolor cada vez más.
Admito que quiero reemplazarte, quiero encontrar algo que calme ese dolor, que haga que no sea tan insoportable, algo que sin necesidad de tocar pueda adormecer lo que siento.
La verdad es que no puedo. O tal vez, pero no quiero, no quiero que nadie me toque o me vea, no tolero siquiera hacer cualquier cosa que hice contigo, porque tú estás en todos lados, estás en el aire, ese que me faltaba cada vez que me besabas, estás en el agua que bebo, que me toca, que eriza mi piel, estás en cada rostro que veo, continuo buscándote como si en un absurdo de la vida sintieras mi dolor y regresaras a mí.
Te extraño Edward Argento, y duele tanto decirlo, pensarlo y vivirlo, es agonizante. Lo sé, nadie se muere de amor, pero se siente tan real, que es fácil imaginar abrirme el pecho y sacarte de allí.
¿Por qué, yo?, ¿por qué pedirme un beso que me sacudiera la vida?, ¿por qué hacerme creer que podía ser feliz?, ¿amada?, ¿escuchada? La soledad duele más ahora que sé lo que es ser amada, o por lo menos tengo una idea de ello.
No sé cual de todos los pensamiento de un futuro tú es peor, si la version de la eutanasia, lo que significa que ya no estás, y eso me atormenta. O el saber que ahora estás en los brazos de alguien más, mostrando tu cuerpo, tus penas, tu alegrias, tu vida, desnudando tu cuerpo frente a ella, siendo vulnerable como lo fuiste conmigo, y eso me carcome por dentro. Quiero escucharte, verte, saber de tí, incluso podría aceptar que estés con alguien más, sólo si eres feliz, aunque eso dolerá por mucho tiempo, pero no sentiría que te fallo. Odio sentir que lo hago. Me aterra que el dolor sea más insoportable, y que por miedo a caer tome cualquier mano para evitarlo. Quiero olvidarte, y sé que lo haré, pero justo en este momento, siento la intensidad de tus besos presionando mi corazón, y no puedo. ─cierra su laptop, la deja sobre la pequeña mesa junto a ella y se acuesta.
Con la mirada fija en el techo, se queda por varias horas, es el canto de un gallo lo que la alerta de la hora que puede ser.
─Mamá. ─sale Luisa de su habitación.
─Dime mi amor. ─susurra para evitar que no se despierten los otros niños.
La niña se asoma a la puerta, ve a su madre en la cama y se acerca. Ángel mira a su hija, y palmea el lado vacío de la cama sin decir nada.
─Sé que no quieres hablar de papá, pero quiero saber... ─dice dejando un espacio para que su madre responda, pero ella no lo hace. ─quiero ver lo que usted vio, para alejarnos de él por tanto tiempo. ─dice volteando a verla. ─ni siquiera sabemos de donde salió Jota...
─Bien. ─se levanta. ─Mi amor, tu y tus hermanos, son lo que más amo en la vida, y lo único que quiero es evitar que las cosas les afecten más de lo que la vida misma les hará. Entiendo que sientas curiosidad, pero por respeto a lo que en algún momento fue mi relación, no hablaré de quien fue mi pareja. ¿quieres hable de tu padre?, ok. ─asiente incómoda. ─Cuando naciste el no estuvo, estaba trabajando y llego una semana después, al tomarte en brazos, lloró. Fue algo tierno y emotivo. ─sonríe al ver que su hija lo hace mientras se sienta en la cama. ─después de eso, llegaba del trabajo y te tomaba en brazos, te hacía juegos, te arrullaba hasta dormir, incluso esas noches en las que no dormías toda la noche, él te tomaba en brazos y caminaba contigo de un lado al otro hasta que volvieras a dormir, incluso si lo hacías solo media hora antes de su hora de salir al trabajo.
─Él me quiere en verdad... él no mintió. ─suspiró ilusionada.
─Los meses pasaron, y como es normal, eras curiosa, querías tocar todo, ver todo, probar todo, y era adorable verte saciar tu curiosidad, pero para tu papá...
─Él me dijo que jugaba conmigo todo el tiempo, que él me cuidaba, no usted.
─Luisa... recibiste tu primera nalgada de él, por no querer terminar tu papilla. Yo no sabía que tan normal era eso, pero admito que no lo vi tan mal, a mi me hicieron mucho más por mucho menos... pero verte llorar, y comer todo en llanto, no me gustó, pero entendí también que no debía interferir en la educación que te quería dar tu padre.
─Él dijo que tu no me dabas de comer porque no te importaba si comí todo o no...
─Yo cometí un error, eso sí. Te dí papillas y siempre d¿te daba de comer en la boca, y tu papá esperaba que a los ocho meses lo hicieras sola con sólo ordenarlo. Ahora sé que debí darte mucho más que solo papillas, porque tú no sabías masticar cosas sólidas, y tu padre perdió la paciencia muy rápido. Eras muy pequeña para entender que las cosas sólidas en tus papillas se debían masticar, por lo que a la primera cucharada empezaste a chupar lo sólido, esperando que se deshiciera en tu boca, pero eso no pasaba y no abrías la boca. Tu padre, tomo una cuchara caliente y la puso en tu boca para que la abrieras y poner meter más comida, verte llorar me rompió el corazón. Te tomé en mis brazos y te saqué de allí, tuve que comprarte una pomada porque se te hizo una ampolla, lo que tu padre dijo que fue mi culpa, por no enseñarle a masticar a una bebé de ocho meses. Y sí... tenía razón, fue mi culpa.
La pequeña no dice nada, solo escucha atenta lo que su madre dice, ya no quiere justificar a su padre.
─eso es lo único que diré. ─dice recogiendo su cabello. ─puedes enojarte conmigo, no creerme, juzgar, ¿quieres hacerlo?, ¡hazlo!. Toda decisión que he tomado en mi vida ha sido para protegerte a tí, y a tus hermanos. Y respecto a Jota, no tienes que saberlo. Cuando tenga la edad y madurez suficiente sólo Jota lo sabrá, y él decidirá si compartirlo o no. ─busca sus cosas. ─Tengo que ir a trabajar, y ustedes al instituto, ¿podrías despertar a tus hermanos, en lo que yo preparo el desayuno? ─pregunta y ella asiente.