EN LA ACTUALIDAD.
─¿Podemos hablar? ─pregunta viendo como mueve su pie, es claro que aunque ha intentado dormir, aún sigue despierta.
─¿por qué estás aquí? ─se voltea molesta.
─¿por qué? ─dice molesto él también.
─¿por qué, qué? ─espeta con enojo y frustración.
—De todos los trabajos que existen, de todos a los que tenías acceso, explícame. —suelta más como un gruñido —¿En qué diablos estabas pensando al tomar este trabajo?
—¿qué yo te explique? —sonríe sarcástica. —No tengo nada que explicar.
—¿Por qué no conservaste el cheque? —la fulmina con la mirada sin acercarse.
—¿Qué haces aquí? —lo ve molesta. —Ni siquiera sabía que seguías con vida. —bufa con ironía. —ni la muerte te quiere a su lado... ─musitó con la mirada evasiva.
—¿El golpe en la cabeza te dejo lagunas mentales?, aún seguimos casados. ─dice recalcando lo obvio.
—No, no estamos casados. —se gira a él. —según recuerdo, yo no solo firmé la acta matrimonial, y la separación de bienes, también firmé mi acta de divorcio, misma que según lo explicó Charles, sería efectiva seis meses después de su presentación. Y según mis cuentas, es pasó a casi un año.
—no la presenté, así que sigues siendo mi esposa. —se acerca, pero ella retrocede.
—No por mucho tiempo. —retrocede hasta tocar la cama, y toma su teléfono. —cuando salga de aquí, presentaré mi petición de divorcio y solo será cuestión de tiempo.
—¿Acaso tienes planes de casarte? —insiste en acercarse.
—No. —levanta su mano y él se detiene. —deja de acercarte. No te quiero cerca. —dice enérgica. Puede verse realmente furiosa.
—Dejaste todo, lo que le compré a los niños, lo que yo te obsequie y tenía la esperanza de que al menos hubieras conservado y cobrarías el cheque, pero incluso eso dejastes. Charles lo encontró entre las cosas que decidiste abandonar, al igual que a mí. —dice caminando de regreso a la ventana.
—señor, señora. —Aparece en la puerta un escolta, alto como Edward, pero un poco más robusto. —Los menores acaban de llegar. —dice mirándolo ignorando a Ángel.
—¿Mis hijos? —voltea verlo. Él puede sentir la emoción y ansias que desbordan de ella.
—No los hagas esperar, que pasen. —dice sin dejar de ver por la ventana, aunque aún de perfil se lo puede ver sonreír.
—También hay un hombre que pide ver a la señora, se identifica como Villanueva Fernando. —dice y la sola mención de su nombre lo hace enfurecer. Tensa su mandíbula, y truena su cuello con molestia.
—¿Le puede decir que regrese despues?, tengo cosas que hablar con él, pero quiero ver primero a mis hijos. —dice, pero este no se inmuta, es como si no hubiese escuchado.
—Señor. —Insiste el escolta.
─Haga lo que mi esposa ha dicho. ─dice tomando tanto aire como puede, se controla a sí mismo para no estallar de enojo. Es imposible no sentir celos, al descubrir que él ha estado en su vida desde que él no lo ha hecho.
Los niños entran muy entusiasmados de poder verla por fin, Jota no deja de ver todo, sonríe y brinca corriendo a la cama donde está Ángel, Sandro y Luisa saludan muy formales al escolta, pero al ver a Edward sonríen.
─Buenas tardes. ─dice Sabrina disimulando su asombro por el hospital al que la trasladaron. Mira con recelo a Edward que está de pie frente a la ventana, Charles está junto a la puerta, y los escoltas en la entrada.
─Si no te paso a visitar a tu casa, ni me entero de lo que pasó. ─dice con preocupación al verla en la cama y con un vendaje.
─lo siento, ni siquiera he podido pasar más de media hora despierta, hoy es lo más que he estado consciente. ─dice con cierta molestia.
─¿quienes son esos hombres? ─susurra intentando ser discreta, pero su mirada curiosa que apunta a Edward la delata.
─Recuerdas el niño rico del que te hablé. ─murmura discreta.
─¡¡¿él?!! ─exclama sin poder disimular, sus ojos se abren como platos al echarse para atrás muy sorprendida.
─Que discreta. ─espeta con disgusto por su indiscreción.
Charles y Edward disimulan tanto como puede sus risas.
─Amiga ese hombre está precioso... ─murmura entre dientes.
─Lo odiamos, ¿recuerdas? ─espeta.
─Si lo odio todo lo que quieras, pero no puedes negar que esta bonito... ─murmura cubriendo su boca intentando ser discreta.
─¿cómo se siente? ─pregunta Luisa viendo a Edward de manera muy amable.
─Ya aprendí a tocar la canción que me enseñaste a tocar. ─le dice Sandro a Edward muy familiarizado.
─¿trajiste la guitarra?. ─pregunta para asombro de las dos. ─podría enseñarte algo más. ─dice con una sonrisa amable aún de pie frente a la ventana.
─¿ustedes se conocen? ─pregunta Ángel tan sorprendida como Sabrina.
─El señor se presentó en la casa el día que te golpearon en el trabajo, y dijo que era un amigo tuyo. ─dice Luisa muy tranquila.
─Y nos llenó el refri, y dijo que por lo que pasó teníamos policías cuidándonos afuera de la casa. ─dice Sandro como siempre indiscreto. ─Estaba afuera y llovía mucho, yo le dije a mi hermana que lo invite a comer, y él no quiso entrar, así que yo salí con panqueques y comimos juntos mientras pasaba la lluvia. ─dice muy emocionado con su buena obra.
─¿Ayudaste a un samaritano en la calle? ─dice con sarcasmo viendo a Edward con burla.
─Sí, usted siempre nos dice que debemos ayudar a la gente que no tiene casa. ─dice Jota acercándose a él.
─Él sí tiene casa, pero vive muy lejos, y como usted y él son amigos... ─lo defiende Jota.
─Yo le dije que no iba a entrar, pero Sandro salía todos los días a darle comida y a conversar con él, y luego nos dijo que cuidaría de nosotros mientras usted estuviera en el hospital. ─dice Luisa muy correcta como siempre.
─Está guapo el niño. ─codea sutilmente a su amiga. ─pero de niño no tiene nada más que la sonrisa, amiga... ─dice sin dejar de mirarlo coqueta. ─¿no tiene un hermano?
─Charles. ─llama su atención y él se acerca enseguida. ─ella es Sabrina, mi mejor amiga, es casi como mi hermana. ─dice con orgullo.
─Mucho gusto. ─sonríe nerviosa al darle la mano. ─Soy casada, pero puedo pedirle permiso a mi esposo para tener novio, solo si le interesa. ─dice y él sonríe algo intimidado por Sabrina.
─¡estás loca! ─la regaña avergonzada y divertida a la vez.
─Su esposo es muy afortunado, belleza y gracia son cualidades excepcionales y usted posee ambas. ─dice en respuesta haciendo que se sonroje, y los niños se echan a reír.
─El es Edward. ─toma Sandro la mano de Sabrina y la lleva con él. ─es el amigo de mamá, pero ella está enojada por que no lo ha visto en mucho tiempo. ─dice con gracia.
─En un placer. ─dice formal tendiendo su mano, sólo entonces Ángel nota que las manos de él están tatuadas. ─Agradezco todo el apoyo que le ha brindado. ─dice viendo a su esposa.
Él la ve intentando descifrar lo que piensa, si antes era difícil, ahora es imposible. Observa y calla, incluso su enojo es casi imperceptible, la incertidumbre lo está carcomiendo lentamente. Con sus hijos presentes le es imposible verse serio, incluso ella se ve feliz con ellos, hasta empieza a creer que ya no lo odia tanto.