Capítulo 6.La melodía de Abai

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Su felicidad era indescriptible. Dejó su saco sobre la arena y se descalzó. Caminó unos pasos hasta que el último aliento de las olas mojó sus pies. Dejó que sus retinas se impregnaran de mar, que se saturasen de la inmensa vastedad de agua que se extendía ante sus ojos. “¡Por fin, mar!”. Poco importaba la monstruosa refinería que se alzaba a cierta distancia a su derecha, él solo tenía ojos para el mar. No sabe el tiempo que permaneció allí, de pie, con los pies hundidos en la húmeda arena. Se bajó del tren y solo se entretuvo vaciando la vejiga, ni siquiera preguntó la dirección. Se dejó llevar por los sentidos: el olor del agua salada, el frescor húmedo del aire, el sonido del rugido en la distancia. Caminó como lo haría un imán buscando su polo opuesto. Manqdash era una ciudad nueva, d

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