—¿Y bien... tú quién eres? —Me llamo Abai. Me han dicho que quizá podría ayudarme. Osken le miraba fijamente. Aun sentado detrás de su mesa se adivinaba que era un hombre alto. Corpulento, cejas pobladas y pelo blanco muy tupido. Esperaba con impaciencia que Abai se explicara. —Me ha costado varios días llegar hasta aquí. Necesito trabajar. —Trabajar... esto no es una oficina de empleo. —Me dijeron que quizá usted... Abai se mostraba visiblemente incómodo, como cuando tenía que pasar por las dependencias policiales a renovar su pasaporte o el permiso de navegación. La sola presencia de Osken imponía autoridad. —¿Dices que llevas varios días de viaje? —Así es. —¿Y qué te ha traído hasta Manqdash? —Verá, yo era pescador, era... soy dueño de una pequeña embarcación, el Latón, pero o

