Cuando la luz impactó directamente sobre sus ojos, Ollie arrugó su nariz y frunció sus labios carnosos con molestia. Queriendo seguir durmiendo, giró su rostro en la otra dirección e intentó mover su cuerpo para transformarse en una pequeña bola bajo las mantas, pero entonces, descubrió que no se encontraba recostado en su cama y que una de sus manos estaba siendo apresada con firmeza.
Confundido, forzó a sus parpados a levantarse y se enderezó lentamente, recordando vagamente haber colocado una silla al costado de su cama para sentarse a cuidar del apuesto extraño, seguramente en algún momento se había quedado finalmente dormido.
Bostezando, restregó sus ojos con su mano libre y luego observó a su paciente, encontrándose con unos increíbles ojos verde pálidos que le observaban con atención.
—¿Realmente estás despierto? —preguntó con sorpresa, estirando su mano libre para picotear el costado del abdomen del extraño.
El hombre simplemente siguió el movimiento de su dedo con sus ojos, pero no dijo nada mientras el joven rubio lo picoteaba un par de veces.
—Vaya, sí estás despierto —exclamó Ollie cuando el extraño soltó un pequeño quejido al tocar uno de los hematomas—. Hola, yo soy Oliver, pero me puedes decir Ollie —se presentó con una adorable sonrisa entusiasta—. ¿Cómo te llamas tú? —indagó interesado.
Ollie observó al extraño fruncir el ceño profundamente mientras observaba a la nada.
—Eh… ¿No me quieres decir? ¿Es debido a que soy un extraño? —indagó—. Ya te dije que mi nombre es Ollie, diminutivo de Oliver —explicó—. Puedes decirme tu diminutivo si no quieres decirme tu nombre —aseguró con una sonrisa amable.
—Yo… Roman —anunció y el ceño en su rostro pareció profundizarse aún más.
—¿Roman? —repitió el joven rubio repitiéndolo varias veces en voz baja, como si lo estuviera probando—. Roman es un muy buen nombre —le sonrió entonces—. Y le viene a tu rostro, es uno de Roman —aseguró—. Pero se vería mejor si esto —dijo, alzando su mano libre, empujando entre sus dos cejas con su dedo índice—, no estuviera aquí. Ahí, ves, eres mucho más guapo de esa forma —indicó.
Sin poder evitarlo, Roman resopló, y estuvo en la punta de su lengua decir algo ante ese comentario, pero por alguna razón, su mente quedó repentinamente en blanco y no pudo decirlo, fue más como una reacción inconsciente.
—Bueno, Roman —sonrió el pequeño joven rubio y bonito—. ¿Por qué estabas en medio del bosque, completamente desnudo y lastimado? —indagó con curiosidad.
—Yo… ¿Lo estaba? —preguntó, confundido.
—Sip —asintió moviendo su cabeza, logrando que su cabello siguiera el movimiento—. Estaba volviendo de la casa de Lucía, quien es una amiga que vive al otro lado del bosque y de vez en cuando me da comida o simplemente voy a distraerme un rato —explicó—. La cosa, es que volvía a la granja cuando me caí, pensé que era por culpa de una raíz sobresaliente, pero solo resultó ser tu pierna y entonces te encontré —contó.
—Yo… —volvió a fruncir el ceño, intentando recordar cómo es que había terminado en el bosque y sin ropa como le decía el chico.
Lamentablemente, mientras más intentaba pensar Roman al respecto, más dolía su cabeza, la cual se mantenía igual de blanca.
—No puedo… —negó agitando su cabeza—. No logro recordar —anunció finalmente.
—Hey, está bien —aseguró Ollie, apresurándose a sentarse a la orilla de la cama al lado de Roman—. Cuando te encontré no estabas exactamente en buenas condiciones, tienes feos golpes en tu cabeza y cortes por tu cuerpo, tuve que colocarte puntos —expresó sosteniendo con firmeza la gran mano del extraño sobre su regazo cubierto con las mantas—. Creo que podrías estar huyendo de los lobos, porque varios de los cortes son irregulares y seguramente caíste y te golpeaste muy feo la cabeza, tal vez por eso no puedas recordar —indicó.
—Tal vez… —asintió, sin mirarlo, su ceño fruncido.
—Hey, está bien —aseguró Ollie, volviendo a empujar con su dedo índice entre las dos cejas para borrar el ceño fruncido—. Creo que hice un buen trabajo tratando tus heridas, el médico más cercano está a kilómetros en el centro del pueblo —explicó—. Puedes ir si gustas, pero creo que aún estás demasiado débil para pararte de la cama siquiera —expresó preocupado.
—Me duele —reconoció Roman, observando su torso desnudo con los cortes cocidos—. ¿Lo hiciste tú? —preguntó, intentando tocar uno.
—Lo siento —pronunció cuando apartó sus manos bruscamente, logrando que Roman le observara—. Se me olvidó colocarle un vendaje, se supone que no lo debes de tocar descuidadamente —explicó apenado e intentó levantarse de la cama, casi cayéndose nuevamente cuando el apuesto hombre siguió sosteniendo una de sus manos con firmeza.
—¿A dónde vas? —preguntó, volviendo a fruncir el ceño.
—Uh… A buscar cosas para limpiar y cubrirlo —respondió, y señaló la mesa de madera llena de frascos, cremas, entre otras cosas.
—No… No quiero que te vayas —expresó, apretando más de su mano.
—Pero no iré lejos —respondió confundido.
—Aun así… —negó.
—Seguramente debes de tener miedo —anunció Ollie pensativo, volviendo a sentarse en la orilla de la cama—. Yo también lo tendría si despertara en la habitación de un extraño todo lastimado —asintió—. Descuida, soy buena persona y puedes quedarte aquí todo el tiempo que necesites —prometió con una sonrisa alegre, sonriendo hasta que casi sus ojos desaparecían.
—Sunshine… —murmuró Roman, admirando la bonita sonrisa.
—¿Qué? —preguntó Ollie, confundido.
—My sunshine —repitió, más firme.
—¿Qué significa eso? —preguntó observándole curioso—. Recuerdo que anoche cuando despertaste de una pesadilla también me llamaste así mientras te cantaba una canción para calmarte.
—Mi sol —respondió Roman, observando sus manos unidas—. Tu sonrisa es como el sol, brillante y cálida —explicó.
—Oh, vaya —musitó Ollie, sonrojándose adorablemente—. Eres la primera persona que me dice algo así —le sonrió suave.
—Tu sonrisa es bonita.
—Sigue así y me terminaré convirtiendo en un tomatito —rió suavemente Ollie, sintiendo el calor en su rostro aumentar—. Entonces seré un tomate luminoso —bromeó.
Observando al alegre joven, Roman sonrió levemente sin darse cuenta, sintiendo una especie de alivio y extraño calor ante el hermoso sonido tintineante que era la risa de Ollie, tan alegre y contagiosa.
— Sonreíste —exclamó el joven rubio, con sorpresa.
Los ojos de Roman repararon levemente en unas orejas peludas que se alzaron sobre la cabeza de Ollie, dándole una apariencia más adorable y bonita.
—Wow, realmente te ves más guapo cuando sonríes —comentó Ollie, tocando con su mano libre la mandíbula de Roman, lo que inmediatamente atrajo la atención de este—. Lo siento —se disculpó apenado, apartando su mano rápidamente.
—No, está bien —aseguró y tomó la mano del bonito joven para dejarla nuevamente acunando su mandíbula—. Tu mano también es cálida —expresó.
—¿Tienes frío? —preguntó de pronto, observando a su alrededor—. Obviamente que tienes frío, el granero de por sí es helado y estás desnudo, tonto Ollie —se reprochó a sí mismo.
—Estoy bien —aseguró Roman, deseando instintivamente calmar y borrar aquella preocupación en aquello chispeantes ojos de dulce ámbar.
—No, no lo estás, si yo tengo algo de frío aún vestido entonces obviamente tú lo tienes más —expresó chasqueando su lengua—. Espera, tengo una idea —anunció de pronto, y se alejó rápidamente de Roman, sin darle la oportunidad de reaccionar, impidiéndole apartarse nuevamente.
Moviéndose e ignorando el dolor hasta quedar en una posición semi sentada, los ojos de Roman siguieron a la pequeña figura delgada que se desplazaba por toda la habitación, buscando entre cajones, muebles y un bolso.
Realmente, Ollie parecía ser un joven bastante animado y activo, a juzgar como rápidamente podía estar de un lado a otro mientras murmuraba cosas por lo bajo.
—¡Aquí está! —exclamó finalmente, alzando con alegría una manta amarillo pastel—. Esto te ayudará un poco —aseguró volviendo con él—. Los días calurosos ya se están acabando y por lo general aquí más pronto que en otros lugares, al menos es bonito ver como las hojas se caen de los árboles —explicó mientras taparlo con la manta.
—No —ordenó, sosteniendo una de sus manos con firmeza.
Cuando la alegría en ese dulce rostro un poco aniñado decayó, Roman sintió como si le hubieran golpeado una fuerte patada en su estómago hasta el punto de que le quitaron todo el aire, e inmediatamente sintió la necesidad de solucionarlo.
—Mis heridas —pronunció sosteniendo su mano con más suavidad—, ensuciarán tu manta y tiene aspecto nuevo —explicó.
—Oh —observó su torso desnudo—. ¿Me dejarás entonces limpiarte y ponerte el vendaje? —preguntó recuperando su usual alegría.
—Está bien —aceptó soltando su mano—. Yo… Perdón por haberte hablado así —pronunció bajo.
—¿Uhm? ¿Así cómo? —preguntó dejando la manta en la silla antes de apartarse para tomar algo de la mesa mediana.
—Ya sabes… Cortante —explicó.
—Está bien, me han dicho cosas más horribles en tonos peores —aseguró—. Solo no me grites, no me gusta cuando alzan la voz —explicó y de manera inconsciente tocó sobre su cabeza, donde Roman había visto volver a esconderse aquel par de orejitas peludas de animal entre su abultado cabello ondulado.
—¿Quién se atrevió a alzarte la voz? —cuestionó frunciendo el ceño en molestia de solo pensar en alguien tratándolo mal.
—Pfff, más personas de lo que crees —respondió volviendo con él.
—No deberías de dejar que nadie te trate de esa forma —reprochó Roman.
—Está bien, en realidad, en este momento solo se trata de dos personas —aseguró con una sonrisa, como si eso fuera mejor.
—Aun así, no debes de permitirlo —negó.
—Son mis abuelos —anunció observándolo—. No es como si pudiera decirles que no pueden hacer tal cosa cuando me están dando un trabajo, un lugar donde dormir y comida —explicó sentándose cerca de él para revisar sus heridas.
—No me gusta —anunció Roman, con el entrecejo fruncido.
—A mí tampoco, pero no hay nada que pueda hacer, si no fuera por ellos que me aceptaron cuando era un niño, no creo que hubiese sobrevivido —se encogió de hombros—. Uy, esto puede doler, ¿vas a estar bien? —le observó.
—Adelante —asintió.
Comenzando a limpiar la sangre que se había filtrado entre los puntos, Roman hizo puños sus manos contra la sabana y juntó fuertemente sus labios para no dejar salir ningún sonido de dolor.
—¿Qué sucede? —preguntó cuando el joven rubio se detuvo.
—Te duele —anunció—. No me gusta.
—Es imposible que no me duela, Sunshine —le sonrió levemente—. Debes de seguir.
—Pero te estoy lastimando, eso no es bonito —argumentó.
—Si no limpias bien se infectará y será peor —le recordó.
Arrugando su pequeña nariz respingona, Ollie observó las heridas con un pronunciado puchero y prosiguió con su trabajo, soplando suavemente sobre las heridas en las que trabajaba, como si eso ayudara a Roman con el dolor.
Tan adorable como se veía, Roman no quiso decirle que eso no ayudaba para nada.
—Listo, ahora te puedes cubrir con las mantas —anunció rápidamente tomándola y cubriéndole con ello—. Tal vez debería de conseguirte algo de ropa —expresó pensativo—. Pero no creo que mi ropa te quede, eres más grande que yo en todos los sentidos —comentó—. Uhm… Tal vez la de mi abuelo te puede servir, o si consigo algo de tela puedo hacértela yo.
—¿Confeccionas ropas? —alzó una ceja.
—¿Confeccionar? —preguntó confundido.
—¿Haces ropas? —explicó.
—Oh, sí —sonrió—. Así fue como hice la mía —indico dando una vuelta para mostrarle sus pantalones grandes con muchos bolsillos y una sudadera—. En realidad, es una jardinera —anunció levantando la sudadera para mostrar la parte de arriba de su pantalón, revelando la tierna piel sin nada más debajo.
—¿Por qué no estás usando nada más? —frunció el ceño.
—Es día de lavar —explicó señalando el pequeño montón de ropa derrumbado en una esquina de la extensa habitación hecha completamente de pura madera.
—¿Esta es tu casa? —preguntó, admirando desde el suelo cubierto con distintas alfombras algo viejas, los muebles de aspecto descuidado, pero con un aire encantador, una pequeña cocina, y dos viejos sofás cubiertos con mantas y cojines.
El techo en forma de triángulo estaba cubierto de pequeñas ampolletas por todos lados que no debían de iluminar mucho, o más que los pequeños trozos de velas esparcidos en todo el lugar, incluso la gran ventana sin cortina parecía que iluminaría más que las otras cosas.
—Sip, es la parte superior del granero —anunció—. El abuelo me dejó arreglarla y me dio las otras cosas para que pudiera decorarla —explicó.
—Si esto es una granja, ¿por qué no te dejó quedarte en las casas para sus trabajadores? —cuestionó.
—Porque no hay nadie más —respondió—. Todos se fueron un día y luego unas personas vinieron y se llevaron algunas cosas, ahora este lugar está mucho mejor que esas pequeñas casas —explicó.
—¿Entonces qué trabajo te dio? —indagó confundido.
—Oh, aún hay unos animales por ahí y cultivos —respondió con una automática sonrisa—. Yo los ayudo cuidándolos porque ellos ya no están en edad parar hacerlo —explicó y luego observó hacia la gran ventana—. Oh, no… El sol ya está muy arriba —exclamó temeroso—. Tengo que irme antes de que…
—¡Oliver! ¡Será mejor que vengas aquí, pedazo de mierda inútil! —gritó una furiosa voz desde el primer piso.
—Llegó —se lamentó.
—¿Quién es él? —gruñó Roman enderezándose rápidamente e intentando levantarse de la cama.
Su instinto era correr hacia Ollie y cubrirlo con su cuerpo para protegerlo del peligro.
—No, shh, está bien —aseguró el joven rubio, inmediatamente acercándose y agitando sus manos frente a él para detenerlo—. Es solo mi abuelo —explicó.
—¡Inútil fenómeno de mierda! ¡Ven aquí, hijo de perra retardado! —volvió a gritar.
—No —exclamó Ollie rápidamente apresurando sus manos para cubrir la boca del apuesto hombre—. No puedes hablarle, él no sabe que estás aquí y si se llega a enterar, te va a echar —explicó urgidamente.
—No me gusta cómo te está tratando —advirtió manteniendo su voz baja.
—Lo sé, pero es mi abuelo y solo vino porque me atrasé en mi trabajo, generalmente nunca viene aquí —prometió bajando sus manos—. ¡Ya voy, abuelo! —gritó cuando el hombre mayor siguió despotricando desde abajo.
Torciendo sus labios en una mueca, Roman observó la escalera con odio.
—Está bien, solo me iré por unas horas y volveré con nuestra comida —prometió Ollie alejándose y tomando sus zapatos viejos—. Trataré de conseguirte algo de ropa y medicamentos para el dolor, los míos se acabaron —explicó.
—¿Te va a golpear? —preguntó Roman al seguir escuchando el hombre mayor gritando.
—Nop —respondió, pero evitó su mirada para colocarse sus zapatos cerca de la escalera.
Pero de alguna forma, Roman supo que le estaba mintiendo. El dulce aroma que rodeaba a Ollie cambió ligeramente, dándole una señal de que algo no está bien.
—Quédate aquí, no salgas, ya vuelvo —prometió y bajó las escaleras empinadas.