Capítulo 5

2678 Words
Ollie se detuvo a unos pasos cerca del gallinero cuando contempló al señor Pan, el ganso testarudo, dando vueltas por alrededor, casi como si lo estuviera esperando. En cualquier otro momento, a Ollie no le habría importado hablar un poco con el señor Pan, jugar al correr y atrapar, junto al juego favorito del ganso, esquivar los picotazos de este, pero en ese instante no podía, tenía cosas más importantes que hacer. Sí, ya había terminado la mayoría de sus deberes ese día, pero de tener tanto tiempo a Roman solo en su habitación, le estaba apretando el estómago de pura preocupación. Constantemente mientras trabajaba se había estado preguntando si estaría bien, si el dolor era demasiado, si tenía hambre o ya se había dormido para recuperar fuerzas. El no haber podido conseguir algo de tiempo entre sus quehaceres para ir a hacerle una rápida visita le estaba molestando, pero desde que su abuelo lo había ido a sacar personalmente del granero, mantuvo un ojo sobre él para asegurarse de que no estaría haciéndose el tonto y trabajara realmente. Con la sombra de su abuelo sobre su espalda, Ollie no había podido tomar la oportunidad como tanto deseó hacerlo. En ese momento, solo le faltaba recoger los huevos para su abuela, alimentar a las gallinas y ya habría terminado por ese día. A menos que alguno de los dos lo necesitara para algo, claro. —Señor Pan, realmente no puedo jugar en este momento —anunció, observándolo. El ganso le observó y luego graznó mientras agitaba sus alas, obviamente no muy interesado en las palabras del dulce joven rubio. Soltando un suspiro, Ollie contempló hacia el cielo y observó como el sol hace sus buenas horas había llegado ya al punto más alto, lo que anunciaba que era mucho más que medio día en ese momento. Lo que significaba que, si Roman se encontraba despierto en ese momento, debía de estar sintiendo hambre, y él aún no había sido capaz de conseguirle ni comida, medicamentos o ropa, a pesar de que se lo prometió. —Mira, te propongo un trato —anunció, agachándose mientras dejaba en el suelo frente a él la canasta de mimbre que había estado cargando, en ella se encontraba la comida de las gallinas y cuatro botellas de leche que había sacado él mismo. Revisando y empujando, Ollie sacó un puñado de semillas y se las mostró al ganso. —Supuestamente a ti ya te alimenté, pero si me dejas pasar sin problema, te daré esto —ofreció con una sonrisa. El señor Pan graznó nuevamente, pero avanzó un par de pasos, obviamente interesado en lo que veía. —Es un trato, entonces —anunció y se levantó alejándose unos pasos del gallinero para dejar las semillas en el suelo. Retrocediendo, volvió donde había dejado la canasta de mimbre y señaló la comida. —Ahí tienes, ve por ella —alentó. El señor Pan graznó en su dirección y luego corrió hacia donde había dejado las semillas, dejando el camino libre para Ollie, quien sabiendo que su distracción no iba a durar mucho, rápidamente tomó la canasta y corrió al gallinero, abriendo la puerta y entrando apresuradamente en la estructura similar al de una casa, pero cubierta en su mayoría con rejas y un techo. —Lo siento, seré rápido, hoy no tengo tanto tiempo para jugar con ustedes tampoco —explicó dejando caer la comida en la zona asignada, logrando que todas las gallinas se reunieran en ese espacio y así dejaran despejado el lugar donde tenían sus nidos y colocaban sus huevos. Tan cuidadoso como pudo, Ollie fue a la parte trasera y comenzó a recolectar los huevos obtenidos ese día, sonriendo con alegría al percibir que todas parecían haber colocado más de uno. —Muchas gracias por su trabajo de hoy, pórtense bien, nos vemos —se despidió saliendo del gallinero, asegurándose de cerrar la puerta para que ninguna pudiera escapar. La última vez que se le había olvidado cerrar, se llevó más que un solo regaño, y, además de su castigo, había tenido que estar todo el día recuperando cada gallina en fuga. No había sido un día bonito ese. —Listo —murmuró, justo en el momento en que escuchó un graznido a su espalda. Dándose vuelta lentamente, contempló al señor Pan observarlo fijamente en posición de ataque. —Pan, te dije que hoy no tenía tiempo —se quejó antes de echarse a correr rápidamente, siendo inmediatamente perseguido por el ganso, quien agitaba sus alas e intentaba picotearlo. Por el rabillo de su ojo, el joven rubio contempló el pequeño establo para las crías de las vacas, que solo eran unos tres. Cambiando rápidamente de dirección hacia la derecha, Ollie se metió en uno de los corrales y se agachó sentándose en el suelo, en una esquina del pequeño cuadrado. —Shh, Betty, o nos pillará —susurró a la pequeña vaquita que se le había acercado alegremente para lamer su rostro. Observando al señor Pan seguir de largo al no verlo a simple vista, Ollie soltó un suspiro de alivio. Contemplando con interés el montón de paja en el suelo, el joven rubio sonrió cuando una idea cruzó por su mente. —No te importa si dejo esto aquí, ¿cierto? —expresó mientras de la canasta sacaba una botella de leche y cuatro huevos—. Prometo que volveré enseguida y te daré una recompensa por ayudarme a esconder mi tesoro —juró ocultando su comida entre la paja en el suelo, justo en la esquina donde la sería difícil a la vaquita hurgar curiosa. Saliendo del establo, no sin ante un par de lengüetazos más de las animadas vaquitas, Ollie se sacudió sus pantalones, tomó nuevamente su canasta y verificó haber perdido de vista al señor Pan. Saliendo de su escondite, el joven rubio tomó una profunda respiración para llenarse de un poco de valor antes de dirigirse hacia la casa de sus abuelos. Ollie tenía un plan en mente. Primer paso, tocar la puerta y averiguar si había alguien. Si no se encontraba nadie, entrar y buscar algo de ropa para Roman, la cual obviamente tomaría prestada, solo que por un largo periodo de tiempo. Y si su abuela era quien le recibía, eso lo llevaría directamente al paso dos, el cual sería fingir un tremendo dolor de cabeza para que Victoria le diera algún medicamento cualquiera, no era exigente en ese momento desde que necesitaba conseguirle algo al hombre herido que esperaba en su cama. Después de ello, pediría su comida, aceptando nuevamente cualquier cosa que le quisiera dar su abuela Victoria y luego iría directamente con Roman para poder ver como estaba. Observando la casa de madera un poco vieja y de dos pisos, Ollie arrugó ligeramente su nariz al contemplar alguna ropa colgada en los cordeles siendo olvidada. Curioso, el joven rubio se aseguró de que su abuela no estuviera cerca de las ventanas o que su abuelo rondara por los alrededores y lentamente, se acercó de forma disimulada. Dejando la canasta en el suelo, tocó la gran camiseta a cuadros un poco desgastada y unos pantalones viejos, comprobando que estuvieran secos, Ollie sonrió triunfal e inmediatamente sacó las prendas de los cordeles. Doblándolos rápidamente mientras observaba su alrededor, se volvió a alejar corriendo directamente a los corrales de las vaquitas donde tenía sus otros tesoros, ocultándolos ahí. Volviendo a la casa principal con una sonrisa en su rostro por haber resuelto uno de sus problemas, Ollie tomó la canasta nuevamente y se acercó a la puerta trasera de la cocina, donde golpeó tres veces antes de retroceder rápidamente para que esta no le golpeara al ser abierta. Aguantó la respiración, esperando, deseando, que nadie saliera de la casa para poder seguir con sus planes, pero lamentablemente eso no sucedió y su abuela Victoria, una mujer mayor de cincuenta años, cabello corto y blanco, salió con su siempre delantal puesto sobre su ropa para protegerla de la suciedad. El rostro amable de la mujer mayor era engañosamente perfecto, ya que, a pesar de lucir de aquella forma dulce, era la que más palabras crueles le expresaba cuando estaban a solas. —Ah, eres tú, rata abandonada —musitó con una mueca de disgusto tirando de sus labios. —Ya he terminado con todos mis deberes hoy —anunció y se acercó para entregarle la canasta, la cual fue bruscamente recibida. —¿Y? ¿Quieres que te felicite por hacer tu trabajo, idiota? —expresó sin mirarlo, revisando las cosas que había recolectado. —Uh, no, yo solo… ¿Comida? —pidió. —¿No te bastó con lo de esta mañana? —gruñó frunciendo el ceño, alejando más la canasta de él. —Esta mañana no me diste nada porque el abuelo estaba enojado —le recordó. —Ese no es mi problema —anunció retrocediendo. —Por favor, tengo hambre y me duele mucho mi cabeza —explicó acercándose, colocando su pie antes de que la puerta fuera cerrada en su rostro. —Pobre cosa fea, seguramente es por esas horrorosidades que tienes en tu cabeza —expresó observando fijamente el cabello rubio de Ollie, donde yacían sus orejitas ocultas entre sus ondulados mechones rubios. Sonrojándose levemente ante la mención de sus orejitas extrañas en su cabeza, Ollie se avergonzó mientras su cola se enrollaba más en su cintura, recordándole como siempre que no era una persona normal como los otros, sino que un… —Adefesio —anunció Victoria negando con su cabeza—. Obra de Dios mal hecha y abandonada. —¿Comida por favor? —insistió bajando su mirada al piso. Chasqueando su lengua con descontento, la mujer mayor retrocedió entrando en su cocina, donde dejó la canasta sobre una pequeña mesa antes de comenzar a buscar por alrededor, metiendo algunas cosas en una bolsa de género. —Tenía pensado reunirlo todo y dárselo a los cerdos, pero supongo que esto funciona igual de bien para ti, ¿no? —le sonrió dulcemente malvada mientras le entregaba la bolsa. —¡Es perfecto! —sonrió rápidamente protegiendo la bolsa entre sus dos brazos antes de que su abuela se arrepintiera y se la quitara—. Muchas gracias, ¿tiene algún medicamento para el dolor de cabeza? —preguntó aun cuando sabía que estaba tentando su suerte. —Piérdete, huérfano, antes de que me arrepienta de darte algo en primer lugar —ordenó observándole con desagrado. Tomándolo como la despedida que era, Ollie retrocedió y agitó su mano despidiéndose de su abuela antes de que la puerta se cerrara con un fuerte sonido molesto. Sonriente, el joven rubio se dirigió a los establos de las vaquitas mientras revisaba la bolsa, encontrando algunos trozos de pan, y fuentes con tapas plásticas con distintos restos de comidas en el interior. Todo eso, junto a lo que él había conseguido, sería suficiente para alimentar a dos personas esa noche. Satisfecho con todo lo que había conseguido, Ollie recogió sus restantes tesoros guardándolos dentro de la bolsa y se dirigió al granero donde estaba su habitación, deteniéndose con curiosidad un momento cuando contempló una bonita camioneta grande y roja detenerse en medio del camino de la entrada. Escondiéndose parcialmente detrás de un árbol, Ollie contempló a su abuelo aparecer de un costado de la casa con una escopeta entre sus manos cuando el señor Ronald Higg, y su hijo mayor, Kevin, se bajaron de la camioneta con una arrogancia que los había caracterizado desde el mismo día en que se presentaron como sus vecinos. Sabía que las cosas rápidamente podrían ir mal y no quería recibir una bala perdida en el proceso, por lo que retrocedió, manteniéndose oculto de los ojos de sus invitados indeseados, sabiendo que si lograba conseguir la atención del hombre alto y musculoso, que era una réplica exacta del señor Ronald, solo que más joven, este le seguiría a todos lados haciéndole sentir incómodo con su presencia y sus constantes invitaciones a salir. La última vez que había aparecido para comprarle unos caballos a su abuelo, Kevin no lo había dejado en paz, siguiéndole a todos lados mientras hacía su trabajo y logrando que su abuelo se enojara con él al pensar que pensaba traicionarlo con esa gentuza arrogante. Nada más lejos de la verdad, pero nada de lo que Ollie había dicho en ese momento había servido. Cuando el primer disparo se escuchó atravesando el aire, Oliver inmediatamente comenzó a correr hacia el granero, escuchando gracias a sus sensibles orejitas como ambos hombres mayores comenzaban a discutir porque su abuelo se rehusaba a vender su granja al señor Ronald, sin importar cuanto dinero este le ofreciera por ello. Entrando rápidamente en la gran estructura, Ollie colgó las tiras de la bolsa de género en su hombro y luego tiró de las dos puertas de maderas, cerrando el granero con ello. Soltando un suspiro de alivio, se dirigió hacia la escalera vertical y subió al segundo piso, donde estaba su habitación. Asomando su cabeza, el joven rubio se relajó al contemplar a Roman seguir durmiendo en el centro de su cama, como si nada malo estuviera ocurriendo afuera. Terminando de subir, Ollie dejó la bolsa con cuidado sobre su mesa y luego tiró de la pequeña puerta que él mismo había hecho con tablas viejas para tapar la subida y bajada de esta. No era algo que servía de mucho en realidad, ya que con solo empujarla un poco la podían sacar, pero le daba una sensación de privacidad a Ollie, donde podía estar en su propio espacio y mundo sin que nadie le molestara. Limpiando sus manos en sus pantalones, cruzó la habitación y se detuvo al lado de su cama, donde en silencio contempló unos minutos a Roman dormir pacíficamente. Sin poder evitarlo, Ollie estrelló sus rodillas frente a la cama y alzó su mano para tocar con su dedo índice, donde sus dos cejas pobladas se juntaban en un molesto ceño fruncido, casi como si fuera un gesto que no pudiera evitar hacerlo estando despierto o dormido. Un ogro, eso parecía Roman con su ceño siempre fruncido, pero… Debía de reconocer que también tenía un rostro muy guapo a pesar de algunos golpes. Casi sin poder evitarlo, el travieso dedo de Ollie siguió el puente perfecto y recto de su nariz, bajando por unos labios un poco resecos y pálidos, siendo también mucho más pequeños que los suyos, pero igual de suaves. Luego subió por el contorno de una mandíbula firme, decorada con una incipiente barba descuidada que solo se sumaba al encanto del hombre que gritaba ser uno macho alfa en toda su palabra. Y entonces, finalmente, aquellos ojos verde pálidos, profundos y solitarios le observaron, y Ollie sonrió dulcemente. —Hola, ¿cómo te sientes? —preguntó bajito. —Mejor —respondió y torció sus labios ante su tono seco y apagado. —Espera, aquí hay un poco de agua —anunció alejando sus manos para girarse hacia la pequeña mesita de noche al lado de la cama, sirviendo un vaso de agua antes de ayudar a Roman a beber un poco. —Gracias —pronuncio y parpadeó un par de veces mientras observaba por la ventana—. ¿Qué hora es? —preguntó. —Hora de la comida —respondió dejando el vaso en la mesita antes de levantarse—. Espera aquí, yo prepararé… —No te vayas —pidió Roman, aferrándose a su mano rápidamente—. No quiero que te vuelvas a ir —expresó cuando el hermoso rubio le observó con grandes ojos. —La comida está aquí —señaló el otro extremo de la habitación. —No te vayas —insistió, observándolo. —Bueno… —parpadeó confundido—. Supongo que podemos hablar de tu día hoy —respondió alegremente, tomando asiento a su lado en la orilla de la cama, acomodando su mano para tomar bien la de Roman, entrelazando sus dedos. Y eso, pareció ser suficiente para calmar a Roman de momento.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD