Han pasado más de tres semanas desde que comencé a actuar como Casandra frente a mi familia, y sorprendentemente no ha sido tan difícil como temía. Los conozco demasiado bien; sé qué esperan de ella y cómo reaccionar en cada situación.
Cassio, por ejemplo, está acostumbrado a que Casandra sea su sombra. Siempre lo acompaña con lealtad inquebrantable, habla poco pero con firmeza, y no teme discutir con él si lo considera necesario. Actuar así no es complicado, porque siempre ha sido evidente que ella es su favorita.
Con Lisa, en cambio, el desafío es mayor. Mi hermana es el alma de la casa, siempre amorosa y paciente, incluso cuando Casandra, según su costumbre, la trata con indiferencia. Pero he aprendido a imitar esa frialdad calculada, esa manera de responder con un simple "sí" o "no" sin dejar entrever demasiado. Aunque a veces, en los momentos más inesperados, me duele hacerlo porque veo cuánto la ama Lisa, aunque Cassy nunca lo diga en voz alta.
Con los niños, es distinto. Sé que Casandra es juguetona con ellos, que los abraza y bromea como si fuera una de sus compañeras de travesuras. Por suerte, mi conexión con Elian y Ciro ha sido lo suficientemente fuerte como para que ellos no noten la diferencia. Ellos ríen con mis bromas y me buscan para contarme sus pequeñas aventuras, como siempre lo han hecho.
Mi hermano Damián y su mujer Valentina viven lejos, así que su presencia no es un problema. Las pocas veces que hemos hablado por videollamada, han sido charlas rápidas donde me limito a asentir y a dejar que ellos dominen la conversación. Es mucho más fácil mantener el papel a distancia.
Sin embargo, mantener esta fachada día tras día comienza a pesarme. A veces, cuando estoy sola en mi habitación, me miro al espejo y me pregunto cuánto tiempo más podré seguir siendo alguien que no soy. Me pregunto si Cassy estaría orgullosa de lo bien que he interpretado su papel o si se sentiría traicionada al verme ocupar su lugar.
Pero no tengo tiempo para esos pensamientos. Cada día es una nueva prueba, un nuevo escenario en el que debo actuar como si todo estuviera bajo control. Porque si fallo, no solo arriesgo mi vida, sino la de toda mi familia.
En este momento estamos en el avión, cruzando el Atlántico rumbo a Grecia, donde se llevará a cabo la boda. Cassio y Lisa están sentados al frente, conversando en voz baja, mientras yo me esfuerzo por mantener una expresión neutral.
El pueblo natal de Nikolaos, donde será la ceremonia, se llama Kardamyli, un lugar pintoresco a orillas del mar, rodeado de montañas y con calles empedradas que parecen sacadas de otro siglo. Aunque nunca lo he visitado, Lisa me habló de él con entusiasmo mientras preparábamos todo para el viaje.Es un lugar mágico.
Yo, en cambio, solo siento un nudo en el estómago. Kardamyli puede ser hermoso, pero para mí será una jaula dorada.
—¿Estás nerviosa? —pregunta Lisa de repente, girándose hacia mí con una sonrisa cálida.
—Un poco —respondo, tratando de sonar despreocupada.
—Es normal —dice, tomando mi mano—. Pero todo saldrá bien. Nikolaos es un buen hombre, y Cassio se ha asegurado de que estés protegida.
Protegida. Esa palabra me retumba en la cabeza. Cassio siempre ha prometido protegernos, pero su concepto de protección implica alianzas, sacrificios y un mundo que yo siempre quise evitar.
El avión comienza a descender, y puedo ver las islas griegas a través de la ventana. El mar Egeo se extiende como un espejo azul brillante, salpicado de pequeñas embarcaciones. Lisa me aprieta la mano con entusiasmo.
—Mira, Camila. ¿No es hermoso?
—Sí, lo es —respondo, aunque mi mente está en otra parte.
Cuando aterrizamos, una comitiva nos espera en el aeropuerto. Hombres con trajes oscuros y miradas serias, claramente parte de la seguridad de Nikolaos, se acercan a recibirnos. Uno de ellos, un hombre alto y corpulento con una barba bien cuidada, se presenta como Andreas, la mano derecha de Nikolaos.
—Bienvenidos a Grecia —dice en un inglés impecable, inclinando ligeramente la cabeza—. Todo está preparado para su llegada.
Cassio asiente con frialdad, mientras Lisa sonríe con cortesía. Yo me limito a seguirlos, sintiendo el peso de cada paso.
Al subir a los autos negros que nos llevarán a Kardamyli, miro por la ventana y trato de grabar cada detalle del paisaje. Puede que sea la última vez que me sienta libre.
Nos dirigimos a la mansión de los Keples, un lugar que parece sacado de un sueño, o tal vez de una pesadilla, dependiendo de cómo lo mires. El edificio es enorme, con una fachada imponente de piedra blanca y jardines que parecen diseñados para intimidar tanto como para impresionar.
Lisa camina delante de mí, sujetando de la mano a Elian y Ciro, quienes parecen fascinados por todo. Yo, en cambio, siento cómo el aire se hace más pesado con cada paso que doy hacia esta nueva vida que no pedí.
Un hombre mayor se acerca para recibirnos. Su postura es rígida y autoritaria, con un porte que deja claro que no es cualquiera. Tiene el cabello entrecano, una barba corta y bien cuidada, y unos ojos oscuros que parecen capaces de ver a través de ti. Omaris, recuerdo su nombre. Él es como un padre para Nikolaos, el hombre que se encargó de su educación y lo moldeó en lo que es hoy.
—Bienvenidos a la mansión de los Keples —dice en un inglés formal, inclinando ligeramente la cabeza hacia Cassio y Lisa.
—Gracias, Omaris —responde Cassio con su habitual tono frío y controlado.
Omaris asiente y, tras un breve intercambio de palabras con Cassio, se retira para supervisar algo más. Entonces, lo vi.
Bajando lentamente las escaleras, como si supiera que todos los ojos estaban sobre él, apareció Nikolaos. Su presencia llenó el enorme vestíbulo de una manera casi palpable.
Tiene el cabello oscuro, perfectamente peinado hacia atrás, y unos ojos tan negros como la noche, que parecen guardar secretos que nadie más podría soportar. Lleva una barba corta, bien recortada, que resalta su mandíbula fuerte, y su traje, impecable, se ajusta perfectamente a su figura.
Mi corazón dio un vuelco, no porque estuviera nerviosa por el encuentro, sino porque, maldita sea, tengo que admitirlo: es sexy. Esa seguridad en sí mismo, esa mirada que parece prometer tanto peligro como placer... No puedo evitar que mi mente divague por un instante, hasta que me doy cuenta de lo que estoy pensando.
¿Cómo puedo pensar que mi futuro esposo es sexy? ¡Estoy loca!
Nikolaos se detiene al pie de las escaleras y nos observa a todos con una sonrisa que no llega a sus ojos.
—Bienvenidos a mi hogar —dice en un tono profundo y controlado, que parece vibrar en el aire. Luego, su mirada se fija en mí, y por un instante, siento que todo el mundo se detiene.
—Casandra —dice, pronunciando mi supuesto nombre como si lo probara en sus labios—. Es un placer verte nuevamente.
Trago saliva, obligándome a mantener la compostura.
—El placer es mío —respondo, extendiendo mi mano hacia él.
Nikolaos no la toma de inmediato. En lugar de eso, su mirada se clava en mí, estudiándome, como si pudiera detectar cada una de las mentiras que he estado contando desde que asumí el lugar de mi hermana. Finalmente, toma mi mano y la besa suavemente, pero hay algo en su gesto que me pone los nervios de punta.
—Espero que esta sea una estancia... memorable para ti —dice, con un tono que podría ser tanto una promesa como una amenaza.