El bar empezaba a vaciarse, y la música se volvió un susurro detrás del tintinear de los vasos. Enzo se inclinó un poco más cerca de ella, lo suficiente para que Freya sintiera el calor de su cuerpo, el olor de su perfume y el leve roce de su brazo al moverse. —Deberíamos irnos—dijo ella, bajando la voz. —¿Por qué? —Porque si nos quedamos un minuto más, me vas a tener que cargar hasta el hotel. —Oh, entonces definitivamente deberíamos quedarnos. Freya lo miró con fingida molestia, pero la sonrisa le traicionó. Se levantó… y un segundo después se tambaleó. Enzo la sostuvo enseguida, con un reflejo que parecía demasiado natural. —Wow. ¿Estás bien? Freya asintió, divertida. —Creo que las margaritas me están pasando factura. —Te lo advertí —respondió él, ya sin tono burlón. Le rodeó l

