Enzo sintió que había envejecido diez años en un solo instante. Él y su madre se apresuraron a llevar a Freya a la clínica. Durante todo el trayecto, Freya mantenía los ojos entreabiertos, respirando de forma irregular, como si cada bocanada de aire fuese un esfuerzo monumental. —Freya, mírame —le pidió Enzo, apretándole la mano con más fuerza de la necesaria—. Quédate conmigo, ¿sí? No te duermas. Ella intentó sonreír, pero solo consiguió un gesto débil. —No estoy… no estoy durmiendo —murmuró, con la voz más frágil de lo que él jamás le había escuchado. Carol, desde el asiento delantero, seguía dándoles instrucciones mientras hablaba por teléfono con la clínica. —Ya nos esperan en urgencias —anunció sin volver la vista, aunque su tono delataba el miedo— Enzo, mantéenla despierta. Pre

