El día despues del desastre

2007 Words
A la mañana siguiente, todos en Sedona sabían que Enzo Callaghan había sido plantado en el altar y que Freya Sullivan le había dado una paliza a la novia. No figurada. Literal. Las versiones variaban según el nivel de dramatismo del narrador: algunos decían que Freya había usado el ramo como un látigo floral; otros aseguraban que la tiara voló como un búmeran y casi decapitó a una dama de honor. Había quien juraba que Freya gritó “¡Por el poder de Enzo!” antes de lanzarse sobre Lucy como una vengadora con corsé. Lo cierto era que el video ya tenía más de 80,000 reproducciones en Tik.Tok (Sí, alguien lo había grabado) Y que Freya, oficialmente, se había convertido en la mujer más temida del condado. Ella lo descubrió al despertar en casa de su hermana, con pétalos en el cabello, una bolsa de hielo en la rodilla y un mensaje de su madre que decía: “¿Por qué no puedes ser como tu prima Clara? Ella hace yoga.” Freya se incorporó con dificultad, se quitó el corsé como si fuera una serpiente muda y se miró en el espejo. Ojeras. Rímel corrido. Un mechón rebelde que parecía haber sobrevivido a una guerra. —Perfecta para la portada de “Novia del Apocalipsis” —murmuró. Enzo no había llamado. Y Sedona entera parecía haberla convertido en trending topic. Freya se sirvió café, ignoró los siete mensajes de su tía abuela y se sentó en el sofá con la dignidad de una reina destronada. No iba a llorar. No iba a disculparse. Y definitivamente no iba a revisar los comentarios del video viral. Aunque… tal vez solo uno. La animó saber que varias personas estaban del lado de ella, pero no faltó quien tratara de ser diplomático y dijera que la violencia nunca solucionaba nada, otros contaron anécdotas similares y que ojalá hubieran hecho lo mismo. Sin embargo, hubo una mujer que insinuó—con bastante insistencia—que parecía que la mejor amiga del novio se estaba desquitando por otra cosa. Freya bufó y bajó el celular. El video ahora tenía medio millón de reproducciones y algunos se habían aventurado a ser edits bajo el título “La amiga furiosa vs. la novia fugitiva.”La música de fondo era de una película de acción y alguien había hecho un remix con efectos de explosión cada vez que ella lanzaba algo. —Perfecto. Soy un meme en Tik.Tok. En sueño de toda chica. —murmuró, mientras se servía más café. Su hermana entró a la cocina y se detuvo para observarla sonriente. —Adelante, búrlate—dijo —¿Ya viste que te etiquetaron en una cuenta de bodas fallidas? —¿Hay cuentas de eso? —Ahora sí. Freya se dejó caer en la silla. El corsé estaba en el suelo como un animal vencido. —Dios mío… ¿Qué he hecho? —No están malo. Al menos se concentra en ti y dejan a Enzo en paz. En eso tenía razón. Ayer habían hablado un poco, pero todo era demasiado superficial. Enzo no era de los que mostraban sus frustraciones y menos sus sentimientos, difícilmente solo una vez lo había visto molesto y ella tuvo la culpa y, sin embargo, fue necesario llevarlo al límite para que eso sucediera. Freya sabía que pasaría, se retraería, trabajaría el doble, no hablaría con nadie y adoptaría cualquier mascota que se encontrara en el camino. Justo como cuando su padre murió. —¿Cuándo piensas irte a New York? —No puedo irme así. No puedo dejar a Enzo solo con todo esto. Su hermana la miró con cautela. —“Todo esto” ¿incluye el escándalo, la humillación pública? —Incluye que yo soy la única que puede evitar que él se convierta en un ermitaño malhumorado y que adopte a más de 10 perros. —¿Y entonces qué? ¿vas a ser su guardaespaldas emocional? Freya se encogió de hombros. —Voy a quedarme unos días. Ayudar con lo que pueda. He de asegurarme de que no se encierre en sí mismo, se corte el cabello, compre gallinas y sobre todo que escuché audiolibros de autoayuda. —¿Y si él no quiere que te quedes? —Entonces me quedaré más tiempo. Por si acaso. *** El rancho de los Callaghan quedaba bastante retirado del pueblo. Cuando era joven, Freya solía cortar camino por un viejo puente tan estrecho que solo alguien con menos de cincuenta kilos podía cruzar sin miedo. Cinco años y diez kilos después, aquello era impensable. Como no tenía transporte y su hermana se había negado a llevarla alegando un compromiso “importantísimo”, a Freya no le quedó más remedio que recurrir a la bicicleta. Una bicicleta que no montaba desde hacía… sí, justamente cinco años. A los pocos minutos ya estaba maldiciendo su decisión. El dolor en las piernas era insoportable y sentía que en cualquier momento iba a escupir un pulmón. Era casi mediodía, el calor caía a plomo y todavía no había recorrido ni la mitad del camino. Estaba a punto de rendirse cuando una camioneta 4x4 se detuvo junto a ella. —Te ves como el infierno. Freya quiso maldecir en voz alta. En serio, lo quiso. ¿Cuáles eran las probabilidades de encontrarse con Tara Jones en medio del camino? Ninguna. Pero ahí estaba. Y Tara Jones era como un grano en el trasero: incómodo e innecesario. Habían estudiado juntas en el instituto y, por alguna razón, siempre fueron rivales. Tara se burlaba de sus pinturas, decía que estaba perdiendo el tiempo y, en el fondo, Freya sospechaba que su animosidad tenía un nombre: Enzo. Tara parecía convencida de que ninguna otra chica debía acercarse a él. —Innecesario comentario, pero gracias —replicó Freya. Tara sonrió con suficiencia. Estaba demasiado maquillada para un día tan caluroso, llevaba unos pendientes que brillaban con cada movimiento de su cabeza y un vestido que, Freya estaba segura, se completaba con unas ostentosas botas de cuero. Claro: la familia Jones se dedicaba a la exportación de cuero. Tara jamás perdía la oportunidad de recordarlo con su vestuario. —¿Para dónde vas? —Al rancho de los Callaghan. —Justo voy para allá… te llevaría, pero… —la miró de arriba abajo, arrugando la nariz—Estás demasiado sudada y llevo una gran canasta de comida que ocupa todo el espacio. Freya sonrió con la dulzura más falsa que pudo reunir. —Oh, no te preocupes. Me encanta montar bicicleta. Es un excelente cardio. Tara subió el vidrio con un chasquido y aceleró, levantando una nube de polvo que la cubrió por completo. Veinte minutos después, Freya llegó al rancho hecha un desastre. En la entrada de la casa principal, un ejército de platos y canastas se amontonaba en el porche: pasteles de carne, bizcochos, pays de manzana… como si una avalancha de mujeres desesperadas hubiese tenido la misma brillante idea. “Enzo Callaghan está de nuevo en el ruedo y con el corazón roto. Es mi oportunidad”, parecía gritar cada canasta de comida. Freya sabía que nadie respondería en la casa principal, así que tomó el camino hacia el lago. Allí, entre montañas y junto a un riachuelo, se levantaba la pequeña cabaña donde Enzo solía refugiarse. La música sonaba desde adentro. Sin tocar, empujó la puerta trasera con el hombro, el seguro seguía roto, como siempre. Entró sin anunciarse, con la camiseta empapada de sudor y las piernas temblando como gelatina mal refrigerada. —Sabía que ibas a entrar por atrás —dijo Enzo sin voltear, mientras acomodaba unos libros en la estantería— Siempre lo haces cuando estás molesta. —Estoy más que molesta. Estoy al borde de una muerte digna. ¿Tienes agua o debo lamer el riachuelo? Enzo giró, con esa sonrisa ladeada que Freya conocía demasiado bien. No llegaba a los ojos, pero igual le revolvía el estómago. —Hay agua en el refrigerador. Y toallas. Aunque no sé si una toalla pueda con eso. —¿Con qué? ¿Con mi sudor o con mi presencia? —Con lo que sea que traigas hoy. —Deshidratación, eso es lo que traigo hoy. Freya se acercó al refrigerador, sacó una botella y, al mismo tiempo, tomó una toalla para secarse el cuello empapado. —Me gusta que lo que has hecho con la cabaña. —Lo dijo por decir, pero lo decía en serio. —Gracias. Me tomó todo un verano. La cabaña había sido antes un embarcadero de botes que llevaba años abandonado. Enzo y ella pasaban allí las tardes calurosas, nadando, pescando y sin demasiadas palabras que pesaran. Freya se dejó caer en el sofá como si fuera una víctima de guerra. —Pensé que, a estar alturas, ya estarías en Nueva York—dijo, con un deje que intentaba ser casual. Freya apenas percibió el matiz de su voz. No había reproche, pero tampoco alegría. —Bueno…no podía irme…—Titubeó—tengo cosas que hacer aquí y Enzo se sentó frente a ella, más serio. —Estoy bien, Freya. Ella negó con la cabeza. —Hace menos de 48 horas ibas a casarte con la mujer que creías ibas a pasar el resto de tu vida. No estás bien Enzo. Ninguna persona cuerda lo estaría. Silencio. De esos que no incomodan, pero tampoco consuelan. Enzo se levantó y le dio la espalda. No iba a hablar, al menos no de eso. Freya carraspeó, porque el silencio empezaba a alargarse demasiado. —¿Tienes algo de comer? —preguntó—Si me muero aquí, quiero que al menos sea con dignidad y carbohidratos. Enzo arqueó una ceja, pero la miró. —Hay pan, queso… y creo que algo que podría haber sido jamón en otra vida. —Perfecto —dijo ella, arrastrándose hasta la cocina— Con mi talento, podemos convertirlo en un manjar de posguerra. Sacó un sartén con tanta confianza que se le resbaló de las manos y casi fue a parar al suelo. Enzo la miró en silencio, con esa paciencia que irritaba y enternecía a la vez. —¿Estás segura de que sabes lo que haces? —preguntó. —Soy artista. Lo mío es la improvisación. El olor a pan tostándose llenó la cabaña. Freya se giró hacia él, con el cabello pegado a la frente por el sudor y la toalla aun colgándole del cuello. Él la observó concentrado, así que Freya atacó: —¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —dijo, dándole la vuelta al pan con una espátula que parecía un arma letal en sus manos—Que Lucy ni siquiera tuvo la decencia de enfrentarte. Mandar un papel arrugado… por favor. Enzo bajó la mirada. —Tal vez pensó que era lo mejor. —¿Dejarte como estatua en el altar? —Freya bufó— Sí, súper elegante. Él no respondió. Solo se sentó en la mesa, observándola batallar con el queso derretido. Freya se dio por vencida y colocó dos platos frente a él con un gesto triunfal. —Voilà. La alta cocina de Sullivan. No acepto críticas, pero sí aplausos. Enzo dio el primer bocado. No dijo nada. —¿Qué? ¿Está horrible? —preguntó ella, insegura. —No. Está bien. —Él levantó la vista y por primera vez en dos días sonrió de verdad, pequeña pero genuina— Es lo primero que como desde el sábado. Freya tragó saliva. Esa sonrisa la desarmaba más que cualquier reproche. Bajó la voz. —Entonces come más. Y si quieres, también puedo preparar postre… aunque eso implicaría quemar galletas. Él soltó una risa breve, casi incrédula. —Dios, te extrañaba. Las palabras cayeron entre ellos con más peso que el silencio. Freya se quedó quieta apretando el borde del plato. Quiso responder con un chiste, pero la garganta no le obedeció. Así que solo alzó la espátula y dijo: —Y yo extrañaba quemarte la cena.
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