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El Imperio Olvidado del Millonario

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Blurb

Durante tres años, Nora vivió en la pobreza junto a su esposo, Gabriel, un hombre dulce que sufrió un grave accidente y no recordaba su pasado. A pesar de las dificultades, eran felices esperando a su primer hijo. Pero una noche, Gabriel desapareció sin dejar rastro.

Cuando Nora finalmente lo encuentra meses después, la realidad la golpea con fuerza: él no es un hombre común, sino Gabriel Vance, el implacable heredero de un imperio billonario. Tras someterse a una cirugía experimental, recuperó sus recuerdos antiguos... pero borró por completo los tres años que pasó con Nora.

Ahora, Gabriel la ve como una simple oportunista que intenta chantajearlo con un hijo. Para no perder a su bebé, Nora acepta trabajar como su asistente personal, soportando su frialdad mientras intenta sobrevivir en el mundo de la alta sociedad. Pero a medida que la memoria de Gabriel empieza a traicionarlo con sueños llenos de pasión, descubre que la mujer que está destruyendo es la única que realmente amó.

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EL REENCUENTRO EN LA NOCHE OSCURA
El vestido de seda color champagne le quedaba perfecto, aunque le costó tres semanas de ahorros comprarlo de segunda mano en una tienda de consignación. Nora se miró en el espejo del baño público —porque eso era lo que era su vida ahora, baños públicos con luces fluorescentes— y ajustó el collar de perlas falsas que había heredado de su abuela. A los tres meses de embarazo, su cuerpo seguía siendo traidor, ocultando la verdad bajo capas de tela cuidadosamente elegida. No era la primera vez que asistía a un evento de los Vance. Durante esos tres años —esos tres años mágicos, robados, imposibles de creer ahora— había estado en docenas de galas, cenas, eventos beneficiosos donde su nombre era pronunciado como parte de la dinastía. La Sra. Gabriel Vance. Incluso entonces, le parecía un título que no le pertenecía, una coronilla de cristal que se podría romper con un soplo. Pero eso fue antes. Antes de que desapareciera. Antes de que los médicos dijeran que probablemente no despertaría. Antes de que ella se quedara sin dinero, sin apoyo, sin nada. Y ahora, llevaba tres meses yendo a estos eventos con la desesperación de quien busca un rostro en la multitud. Tres meses entrando con tarjetas falsificadas, colgándose de brazos de hombres que apenas la conocían, sonriendo cuando su corazón se desmorona. Esta noche era diferente. Marcus, el asistente de Gabriel desde antes del accidente, le había susurrado el secreto mientras caminaban por el vestíbulo del Hotel Ashford: “Estará aquí. He confirmado personalmente la lista. Acaba de llegar esta tarde desde su casa de recuperación en Connecticut.” Nora había sentido que las piernas casi no la sostenían. Gabriel. Vivo. Despierto. Recordando. “¿Está…?” No pudo terminar la pregunta. Marcus había apartado la mirada, incómodo. “Los médicos dicen que ha recuperado la memoria. Sus circuitos cerebrales se han reorganizado. Está… es el Gabriel de antes del accidente.” Del accidente. La frase eufemística que usaban para describir la noche en que su mundo se detuvo. Cuando salió de la oficina y su auto fue golpeado por un taxi en la intersección de Fifth Avenue. Cuando pasó tres meses en coma. Cuando despertó siendo un fantasma del hombre que amaba. Pero no su fantasma. Un Gabriel que no la reconocía. Que la buscaba en su teléfono y no encontraba nada porque él mismo, en esa neblina de confusión post-coma, le había hablado con crueldad. ”¿Quién eres? ¿Cómo entraste en mi cuarto de hospital?” Y cuando ella intentó explicar, él había pulsado el botón de enfermería. Había pedido que la sacaran. Eso fue hace casi un año. Nora respiró profundo en el espejo del baño y se colocó una mano en el vientre, sintiendo el pequeño bulto que todavía podía ocultar bajo la seda. “Aguanta un poco más, pequeño,” susurró. “Vamos a arreglar esto.” No sabía exactamente qué significaba “arreglar”. No era como si pudiera simplemente aparecer ante Gabriel y esperar que él sintiera algo. Los médicos habían sido claros: la amnesia posaccidente era completa. Los tres años entre su matrimonio fugaz en Vegas y el coma se habían evaporado de su mente como humo. Pero su cuerpo recordaría. Eso era lo que Nora se había permitido creer en las noches oscuras cuando se tocaba el vientre con las manos temblorosas. Que aunque su mente no lo recordara, su alma lo haría. Que cuando lo viera, algo en él se despertaría. Salió del baño y se dirigió hacia el salón de baile. La orquesta tocaba Debussy. Las mujeres lucían diamantes que costaban más que todo lo que Nora poseía. Los hombres en esmoquin se movían entre las multitudes con la elegancia de depredadores satisfechos. El mundo del dinero. El mundo que una vez creyó que era el suyo. Nora se movió entre los asistentes como un fantasma, sonriendo cuando era necesario, desapareciendo cuando podía. Sus ojos escaneaban constantemente la sala, buscando. Y entonces lo vio. Estaba cerca de la ventana que daba a Central Park, conversando con dos hombres mayores que reían mientras él hablaba. Gabriel. Su Gabriel. Excepto que no era suyo. No más. El cabello n***o, brillante bajo las luces de araña. Los ojos de ese azul imposible, gélido y calculador. La quijada cuadrada, la boca que una vez la había besado como si fuera agua en el desierto. Ahora esa boca formaba una sonrisa cortés que no alcanzaba sus ojos. Nora sintió que el aire se le escapaba del pecho. Llevaba casi un año desde que lo había visto en persona. Un año de viajes a su casa de recuperación, donde él la había echado. Un año de cartas que él nunca leyó. Un año de pagar a privados para seguir sus movimientos públicos, leyendo noticias sobre él, viendo fotos de eventos en los que asistía con mujeres impecables. Nunca se había permitido creer que lo vería. No así. No en la vida real, con la piel y la respiración y el magnetismo que los reflejos del teléfono no podían capturar. Algo dentro de ella se rompió y se recompuso en un solo latido. Se movió hacia él. No fue un movimiento consciente. Su cuerpo simplemente decidió que después de un año de espera, de dolor, de cargar sola, necesitaba estar cerca de él. Necesitaba tocarlo. Necesitaba que él viera que ella seguía existiendo. Se detuvo a tres metros. Los hombres con los que hablaba Gabriel no la notaron. Pero Gabriel sí. Sus ojos se levantaron, y por un momento —un momento glorioso, imposible— ella creyó verlo. Lo vio en la forma en que su cuerpo se tensó. La forma en que sus pupilas se dilataron. La forma en que, por una fracción de segundo, algo cruzó su rostro. Algo que parecía… reconocimiento. Luego fue como ver una puerta cerrarse. Sus facciones se endurecieron. Sus ojos se tornaron aún más fríos, como zafiros bajo hielo. Frunció ligeramente el ceño, como si estuviera tratando de recordar dónde había visto antes a una chica insignificante en un vestido de segunda mano. “¿Nora?” La voz de Marcus, detrás de ella, fue como una descarga eléctrica. Se había acercado sin que ella lo notara. “¿Qué estás haciendo aquí?” Su tono era urgente, asustado. Pero era demasiado tarde. Gabriel se había disculpado con los hombres con los que hablaba y se dirigía directamente hacia ellos. Su caminar era líquido, predatorios, seguro de sí mismo en una forma que hacía que el corazón de Nora galopara salvajemente. “Marcus.” Su voz era como terciopelo sobre vidrio. “Esperaba encontrarte aquí. Necesitamos hablar sobre los reportes de la división de Singapur.” No la miraba. O mejor dicho, la miraba con el tipo de atención que se le daría a un mueble mal colocado. “Señor, esto es—” comenzó Marcus. “¿Y tú eres?” Gabriel finalmente la observó. Sus ojos hicieron un rápido escaneo de su rostro, de su vestido, como si estuviera evaluando a una cámara de seguridad. “No estoy seguro de habernos conocido. Tengo una muy buena memoria para las caras, especialmente las de las mujeres que intenta mi asistente colarse furtivamente en mis eventos.” El mundo de Nora se inclinó. “Gabriel, yo—” “Disculpa, ¿nos conocemos?” Su sonrisa fue un instrumento de tortura. Perfecta. Fría. “Porque no te reconozco. Y soy el tipo de hombre que recuerda a las mujeres que ha conocido.” Nora sintió las miradas de los asistentes cercanos posándose sobre ellos. Estaban creando una escena. Ella podía verlo en la forma en que otros giraban la cabeza, en los susurros que comenzaban. “Fuimos marido y mujer,” logró susurrar. Gabriel parpadeó. Por un momento —una eternidad aplastada en un nanosegundo— ella vio algo en él. Una grieta. Un destello de confusión, de algo que podría haber sido dolor. Luego fue reemplazado por desprecio puro. “Ah,” dijo lentamente, como si comprendiera algo infinitamente deprimible. “Eres esa chica. La que estuvo en el hospital afirmando ser mi esposa.” Las palabras fueron puñaladas. Precisas. Mortales. “Gabriel, no fui—” “Seguridad,” llamó, levantando un dedo. Dos hombres corpulentos en trajes negros aparecieron instantáneamente. “Esta mujer está molestando a los invitados. Por favor, retírala del edificio. Con discreción, pero retírala.” Nora sintió que las manos de los guardias la tomaban de los brazos. No fue violento, pero fue inevitable. Como la marea llevándote hacia el mar. “Gabriel, espera—” “Señorita,” dijo él, sin mirarla de nuevo, su atención ya girando de vuelta a Marcus como si ella fuera humo, “no vuelvas a intentar aproximarte a mí o mis propiedades. Mis abogados serán menos gentiles que yo.” Nora fue arrastrada hacia atrás, a través de la multitud de ojos curiosos, hacia la escalera de mármol, hacia las puertas de cristal. El aire nocturno de Nueva York fue como un bofetón cuando la empujaron afuera. Se tambaleó en los escalones, incapaz de mantener el equilibrio, sus tacones resbalando en el mármol. Una de sus manos se extendió instintivamente, protegiéndose el vientre, cuando tropezó. “¡Nora!” Se giró a través de las lágrimas y vio a Marcus saliendo del edificio, los ojos llenos de culpa. “Lo siento,” dijo él, acercándose. “Yo no sabía que vendrías. No pensé… no esperaba que él reaccionara de esa forma.” Nora se enderezó, reuniendo el poco dignidad que le quedaba. Su vestido de segunda mano estaba manchado. Su maquillaje corría. Su bebé no nato estaba assustado dentro de ella; podía sentir los pequeños espasmos de pánico. “¿Él cree que fui una oportunista?” preguntó, su voz rota. “Durante el coma, cuando despertó inicialmente sin memoria… hubo una enfermera. Trabajaba en el hospital. Fue arrestada por intentar vender fotos de él a los tabloides. Afirmaba que eran amigos. Gabriel lo malinterpretó como un intento de manipulación, y cuando tú apareciste…”) Marcus no terminó, pero no era necesario. Gabriel la había puesto en la misma categoría que una criminal. Un depredador que intentaba usar su amnesia para extraer dinero. Ella, que había vendido todo lo que poseía para pagarse a sí misma en su cuidado. Que había trabajado en tres empleos mientras recuperarse. Que lo había amado como si fuera el aire que necesitaba para respirar. Un chillido de llanta cuando un taxi se detuvo ante ella. Probablemente Marcus. Probablemente pidiéndole a Dios que no la dejara colapsar en la calle. Nora se metió en el vehículo, sus manos protegiéndose el vientre. “¿A dónde?” preguntó el conductor. “Lejos,” susurró ella. “Llévame lo más lejos posible de aquí.” Mientras el taxi se alejaba del Hotel Ashford, Nora miró hacia atrás una única vez. Vio la silueta de Gabriel en las ventanas del piso treinta, observando las luces de la ciudad. Tan cerca. Tan inalcanzable. Su bebé se movió dentro de ella, un recordatorio de que no estaba sola. Pero mientras apoyaba la frente contra la ventana fría, dejando que las lágrimas corrieran sin contención, nunca se había sentido más abandonada. “Lo siento, cariño,” susurró a su vientre. “Lo siento. Voy a arreglarlo. No sé cómo, pero voy a arreglarlo. Te lo prometo.” Pero la promesa sonaba hueca, incluso en la oscuridad del taxi. Gabriel Vance, el hombre que una vez la había amado con una pasión que parecía capaz de quemar ciudades enteras, acababa de echarla como si fuera basura. Y lo peor era que ni siquiera sabía quién era ella.

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