LVII Se cruzaron las miradas, tan parecidas, tan del color de los árboles en su momento más fresco. Algo alejado, extendió su mano y una más pequeñita se estiró también. Era ese algo en la sangre, ese llamado de los lazos que ellos ya tenían, que nadie iba a romper jamás. Jerom dio unos pasos más, estaba aterrado. Había esperado mucho por aquel momento y no solo con Amy, con sus tres esposas anteriores, también lo soñó y lo anheló. Cuando estuvo muy cerca, el más pequeño se refugió en el corpiño de su madre, pero casi de inmediato volvió a mirar al extraño al que sonrió. Abrió sus brazos para por fin sellar esa conexión única que solo podía tener con su padre. Jerom lo tomó en sus brazos y sintió que su alma revivía, que todo el dolor que siempre llevaba encima, se mermaba un poco. Ese

