XXXIV Deslizó por su hombro esa tira del vestido, tan delgada y brillante. Su nariz estaba muy ocupada en la nuca de la dama, que se contoneaba al compás de sus caricias, y llegaban ya a la cremallera muy corta de la parte trasera. —Eres una diosa… —susurraba el excitado hombre viendo caer aquella prenda. Ante él, las perfectas y hermosas curvas de una piel un poco dorada, que no tenía nada en sus pechos que la cubriera, solo unas pequeñas pantaletas que hacían más incitante el momento. ¿Qué función cumplían esas pequeñas telas? No las de cubrir o proteger, eso quedaba claro. —¿Te gusta esto que ves? —susurró ella muy coqueta, abriendo la camisa del desesperado amante. —Voy a ser paciente y comeré cada pedazo para disfrutarlo mejor… Cuando su camisa cayó al suelo, ella estaba muy cer

