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La Doble Vida de la Esposa del Capo

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Blurb

Para vengar la muerte de su hermano, Camila infiltró la mafia Rossi bajo una identidad falsa y aceptó un matrimonio arreglado con Enzo Rossi, el heredero más despiadado del crimen organizado. Su plan era simple: reunir pruebas, destruirlo desde adentro y desaparecer.

Pero Enzo no es un idiota. Él sabe desde el primer día que su nueva y hermosa esposa guarda un secreto mortal, pero decide seguirle el juego porque la obsesión que siente por ella es más fuerte que la razón. En un juego peligroso de seducción, espionaje y traición, ambos ocultan sus verdaderas intenciones mientras la atracción los consume.

Cuando una tercera fuerza amenaza con destruirlos a ambos, la verdad sale a la luz. Camila no solo descubre que el asesino de su hermano no era Enzo, sino que ahora está embarazada del hombre que juró destruir... y él no piensa dejarla ir.

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LA NOVIA PERFECTA
La catedral de San Vittore se alzaba como un monumento de mármol blanco y sombras doradas, sus vidrieras proyectando fragmentos de luz carmesí sobre el recinto lleno de susurros contenidos. Camila Marchetti caminaba hacia el altar con los pulmones contenidos y una sonrisa que había perfeccionado durante seis meses de infiltración: la de una novia radiante, vulnerable, sometida. Nada más lejano a la verdad. Bajo el corpiño de encaje Alençon, asegurado contra su piel desnuda, descansaba una navaja de cerámica de veintitrés centímetros: invisible a los detectores de metales que había atravesado en la antesala. Sus pantorrillas albergaban un dispositivo de rastreo de doble frecuencia y un micrófono de transmisión directa con su equipo en el Duomo vecino. El velo de tul de Chantilly no era solo una prenda de tradición; era una malla de fibra óptica conectada a lentes de contacto de realidad aumentada insertadas en sus ojos. Ella podía ver el plano térmico de la catedral, localizar a los hombres de seguridad (diecisiete en total), mapear las salidas de emergencia, y registrar cada rostro presente con una precisión que las agencias de inteligencia hubieran envidiado. Camila Marchetti era, efectivamente, muchas cosas. Novia enamorada no era una de ellas. El órgano resonaba con un Marcha de Mendelssohn que parecía un réquiem disfrazado de celebración. Ella avanzaba lentamente, permitiendo que la falda de doscientos metros de seda y encaje se desplegara tras ella como las alas de un ángel caído. Sus ojos grises, helados como el hielo del Ártico, miraban hacia adelante con la precisión de un francotirador. No sonreía. Aún no. Una novia no sonríe en la catedral; ella resplandece de esperanza sagrada. Camila sabía perfectamente cómo resplandecer. Su padre adoptivo la entregaba al altar, un hombre que ella había reclutado para su misión hace apenas tres meses, un actor que pagaba sus deudas de juego a través de esta pequeña traición. Él susurró algo sobre bendiciones mientras le tomaba el brazo. Ella lo ignoró completamente. Su atención estaba fija en la figura que la esperaba de pie junto al sacerdote. Enzo Rossi. El Don de la familia Rossi, los amos del crimen organizado en Milán, los controladores de la cocaína que fluía desde América del Sur, los financiadores de políticos europeos, los operadores en las sombras del dinero ilícito más intrincado jamás tejido. Treinta y nueve años. Físico de atleta de combate: hombros anchos bajo el traje Brioni de tres mil euros, cintura estrecha, caderas que se movían con la fluidez de un depredador. Su cabello era n***o azabache, peinado hacia atrás revelando una frente amplia y una mandíbula cortada como obsidiana. Sus ojos eran castaños oscuros, casi negros en la penumbra de la catedral, con esa cualidad inquietante de los felinos que calculan distancias antes de atacar. Pero fue su sonrisa lo que hizo que el corazón de Camila, ese órgano que ella había entrenado para ser tan firme como acero, diera un pequeño paso fuera de lugar. Enzo sonreía. No con la sonrisa desinteresada de un novio que aguarda a su prometida. No con la calidez estipulada por un matrimonio concertado entre dos familias. Su sonrisa era peligrosa. Era la sonrisa de alguien que sabe un secreto, que ha llegado a una conclusión deliciosa, que está a punto de revelar su victoria en una partida que aún ni él había anunciado que estaban jugando. Fue solo un destello. Un movimiento microscópico de los músculos alrededor de sus ojos que se extendió hacia las comisuras de su boca. Pero Camila lo vio con la claridad de una fotografía a alta velocidad capturada en su memoria. Ella sintió el primer cosquilleo de verdadero peligro. La recepción fue lo que siempre es una boda de la mafia italiana: un teatro de poder, riqueza y dominio disimulado. El salón de baile del Hotel Four Seasons había sido transformado en un jardín de blancura: flores de lirio blanco, velas en escaleras de cristal, champagne que costaba más que el salario anual de un profesor universitario. Trescientos invitados. Ministros, jueces, empresarios de fachada, y los capos de las otras familias, todos sonriendo, todos calculando, todos esperando ver si esta unión traería guerra o paz. Camila había memorizado la genealogía completa de la mafia lombardía. Sabía quién había hablado con quién en los últimos seis meses. Sabía dónde estaba guardada cada arma en la habitación, dónde estaban ubicadas las cámaras de vigilancia, y exactamente a qué velocidad tendría que moverse para matar a la mayoría de los presentes sin que la alcanzaran con una bala. Era un ejercicio mental que hacía con la rutina de cepillarse los dientes. El primer baile fue necesario. Enzo tomó su mano —su toque fue firme, quizás un grado más de presión de lo que la cortesía requería— y la llevó al centro de la pista. La orquesta comenzó la música. Un vals lento. Perfecto para conversación íntima disfrazada de tradición. —Eres hermosa —dijo Enzo, sus labios rozando casi su oído. Su acento italiano era puro, casi anticuado, como si sus abuelos hubieran congelado el idioma en ámbar hace cincuenta años y él lo hablara con devoción religiosa. —Gracias —respondió Camila, aunque era mentira. El vestido necesitaba ser desabrochado desde atrás, y ella no tenía la flexibilidad de un contorsionista, incluso con su entrenamiento. —Un honor. —Enzo giró con ella, su mano en su cintura moviéndose apenas, casi inexorablemente, hacia la curva de su cadera. —¿Escucho eso? ¿Es esto un honor para ti, Camila? ¿O es una misión? El mundo giró ligeramente. Camila mantuvo su expresión: ojos bajos, sonrisa tímida, perfil perfecto de una novia enamorada. Pero dentro de ella, en ese espacio privado donde vivía la verdadera Camila —la entrenada, la letal, la impulsada por la venganza— cada nervio se puso en estado de alerta. —Es un honor y una bendición —respondió con un tono que sugería que no había escuchado la palabra “misión” en su pregunta. Técnica: responder al diez por ciento de lo dicho, forzar al otro a esclarecer si quiere ir más profundo. —Mi familia y yo estamos honrados con esta unión. Tu familia, tu imperio… todo es… Hizo una pausa dramática, permitiendo que los destellos de las luces del salón jugaran en sus ojos. —…impresionante. Enzo rió. No fue una risa de diversión genuina. Fue el sonido de alguien que había escuchado una respuesta que confirmaba exactamente lo que esperaba escuchar. Una risa de reconocimiento. —¿Sabes qué es impresionante, bella mia? —Sus labios rozaron el lóbulo de su oreja. Su mano en su cintura presionó más. —Que alguien como tú se tome la molestia de convertirse en alguien como esta. Giró su cabeza ligeramente, sus ojos encontrando los de ella. Completamente negros. Sin fondo. —¿Cuántos años de entrenamiento, te pregunto? ¿Seis? ¿Ocho? Camila no permitió que su corazón acelerara. Había entrenado para esto. Había entrenado su cuerpo para no sudar, su rostro para no blanquearse, su voz para no temblar, bajo cualquier circunstancia excepto la que, aparentemente, estaba ocurriendo ahora. —No sé de qué hablas —susurró, haciendo que sus mejillas se tiñeran de rubor (falso, aplicado vía microcápsulas de pigmento activables por presión). —No. —Enzo bajó su cabeza, su nariz rozando su mejilla. Su aliento olía a champagne y algo más oscuro: tabaco de un cigarro raro que ella había identificado como Davidoff de cinco mil pesos cada uno. —Supongo que no sabes. La música continuó. Continuaron danzando. Pero en ese momento, Camila comprendió con una claridad que rozaba la desolación que algo había salido mal. O perfectamente bien. Dependía del punto de vista. Enzo Rossi no era la presa ingenua que sus asesores la habían pintado. Enzo Rossi, de alguna manera, la sabía. O al menos, sospechaba lo suficiente para estar jugando con ella como un gato que ha atrapado un pajarito de brillantes plumas y quiere ver cuánto tiempo puede hacer que cante. La noche llegó con la inevitabilidad de un veredicto. Los invitados se fueron. La familia se retiró. Los criados apagaron las luces en las alas públicas de la mansión Rossi, un palacio del siglo diecisiete en Via Montenapoleone que ocupaba media cuadra y que contenía más arte robado que la mayoría de los museos europeos. Camila fue escoltada a las habitaciones privadas del Don por una doncella, una mujer de sesenta y tantos años con ojos que habían visto demasiadas cosas para sorprenderse. La habitación matrimonial era un ejercicio de opulencia controlada: paredes de terciopelo burdeos, suelo de mármol gris, y una cama de caoba que parecía más un trono que un lugar de descanso. Flores blancas llenaban todos los rincones. Champagne en cubetas de plata. Pétalos de rosa en las escaleras. Camila se movió por la habitación con la elegancia que le habían enseñado, señalando dónde la doncella debía colocar sus maletas, corriendo las cortinas con un gesto de delicadeza, todo el tiempo inspeccionando. Las cámaras de vigilancia estaban en la esquina superior derecha, camufladas en cornisas de escayola. La cerradura de la puerta era de tecnología de acceso biométrico de primera generación; vulnerable a un dispositivo que ella tenía, discretamente escondido en el interior de su tiara. Las ventanas daban a un jardín que ella había memorizado desde fotografías aéreas. Una salida potencial, si era necesaria. Siempre había una salida. La doncella se fue. Camila permanecía de pie, aún con su vestido de novia, esperando. Su mente funcionaba como un servidor de computadora: procesando datos, asignando probabilidades, construyendo escenarios de supervivencia. La puerta se abrió. Enzo entró sin tocar. No llevaba la chaqueta del esmoquin. Su camisa blanca estaba abierta en el cuello, revelando un pecho musculoso y, para su sorpresa, un escapulario de oro con una pequeña cruz de diamantes. Un hombre religioso, entonces. O alguien que quería que otros creyeran que lo era. Él cerró la puerta tras él sin apartar los ojos de ella. —¿Necesitas ayuda con el vestido? —preguntó, su voz una seda cortante. —Puedo arreglármelas —respondió Camila, aunque era mentira. El vestido necesitaba ser desabrochado desde atrás, y ella no tenía la flexibilidad de un contorsionista, incluso con su entrenamiento. Enzo caminó hacia ella lentamente. Sus pies no hacían sonido en el mármol. Era el movimiento de alguien que había aprendido a desaparecer en multitudes, a aparecer detrás de objetivos, a existir en los márgenes de la percepción hasta el momento exacto en que decidía ser visto. Se detuvo detrás de ella. —Date la vuelta —ordenó. Camila obedeció. Su entrenamiento decía que siempre debía tener una salida clara, que nunca debía permitir que un potencial adversario estuviera fuera de su línea de visión. Su entrenamiento decía que debía tomar el cuchillo de cerámica de su corpiño y terminar esto ahora, de una manera rápida, de una manera final. Su cuerpo no le permitió obedecer ninguno de esos mandatos. Las manos de Enzo encontraron la cremallera de su vestido. La bajó lentamente. La tela blanca se desplegó, revelando su espalda desnuda, sin marca, sin cicatriz, tan perfectamente entrenada que no había ni un gramo de grasa entre la piel y el músculo. Él no hizo ningún comentario. Sus dedos rozaron la columna vertebral de ella, una caricia que fue casi inocente en su delicadeza. Casi. —Tengo una pregunta para ti —dijo Enzo, sus labios encontrando el hueco en la base de su cuello. Camila esperó. Su cuerpo estaba en estado de suspensión, lista para reaccionar en un microsegundo si era necesario, pero por ahora, simplemente esperando. —¿Cuántos objetivos has eliminado? El mundo se detuvo. El vestido cayó al suelo en un charco de seda blanca. Ella estaba prácticamente desnuda frente a él, el cuchillo de cerámica visible ahora contra su piel, la verdadera Camila expuesta. Ella se giró para enfrentarlo. Sus ojos se encontraron. En los suyos, él no vio miedo. No vio sumisión. Vio exactamente lo que era: una infiltrada letal, una mujer entrenada para destruir, una enemiga que había estado viviendo bajo su techo, durmiendo bajo su mismo cielo, mintiéndole cada segundo desde que la había conocido. Y él… sonreía. —Porque —continuó Enzo, sus manos tomando los costados de su rostro—, si realmente crees que no sé exactamente quién eres, exactamente de dónde vienes, y exactamente qué planes traías cuando aceptaste este matrimonio… entonces, amore, probablemente debería preocuparme de que seas tan ingenua. “Pero no lo soy.” Dijo esto último con sus ojos, no con sus palabras. Sus ojos hablaban de cálculos completados, de decisiones tomadas, de un juego iniciado meses atrás cuyas reglas solo él parecía conocer completamente. “Y ni tampoco lo eres.” Luego la besó. El beso fue la cosa más peligrosa que Camila había experimentado en su vida entera. No fue la promesa de seguridad o romance que un matrimonio debería ser. Fue una declaración de guerra disfrazada de pasión. Fue un hombre que la había cazado y capturado, demostrando su victoria con la posesión de su boca. Fue adrenalina y toxicidad y la sensación de estar jugando ajedrez con alguien cuya mente era un laberinto del cual no había salida. Cuando se separaron, Enzo le susurró contra los labios: —Bienvenida a tu verdadera misión, sposa mia. —¿Cuál es? —logró preguntar ella. Enzo sonrió, esos dientes perfectos revelados en lo que podría haber sido una sonrisa de amor en cualquier otro contexto. —Descubrirlo.

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