El aire frío de la madrugada me golpea el rostro apenas salgo del galpón, pero no es suficiente para bajarme la temperatura. La sangre me sigue hirviendo debajo de la piel, corriéndome por las venas como veneno, y cada paso que doy suena más fuerte de lo normal en mis oídos. Endemoniada y sin detenerme, cruzo la cinta policial, alejándome lo más que puedo hasta detenerme cerca de una de las últimas camionetas estacionadas. Le doy una patada a la puerta, maldigo con los dientes apretados, empezando a respirar hondo para calmarme. Pero no sirve de una mierda. Me paso el dorso de la mano por la boca y vuelvo a escupir sangre al suelo, sin saber siquiera si es mía o del bastardo al que acabo de reventarle la cara a golpes. Cierro los ojos un segundo, intentando ordenar lo que acabo de pa

