Cuarto encuentro Parte II

3092 Words
Mantengo la vela inclinada sobre su piel, observando cómo la cera sigue reuniéndose lentamente en el borde. La pequeña llama tiembla apenas, proyectando sutiles sombras que recorren su cuerpo inmóvil atado sobre el sofá. Mi conejita mantiene la respiración controlada, pero su abdomen aún conserva el leve rastro de reacción que provocaron las primeras gotas. La condenada no se mueve, solo me mira. Inclino la muñeca y la cuarta gota se desprende con lentitud, cayendo a unos centímetros más arriba, solo en la línea que separa su vientre del esternón. La piel se contrae bajo el impacto del calor y su pecho se eleva con una inhalación que no logra contener del todo. La reacción es leve, pero suficiente. Mis ojos se mantienen en el punto exacto donde la cera comienza a endurecerse. —Cuatro. No levanto la mirada porque me gusta observar las reacciones pequeñas, las que su cuerpo no puede esconder, aunque lo intente. Cuando finalmente levanto la mirada y vuelvo a sus ojos, encuentro el exquisito desafío latente en ese par de perlas preciosas. Mírala, con su maldita altanera aún intacta. La quinta gota tarda más en formarse. La dejo colgar unos segundos antes de mover la mano y, cuando la dejo caer, lo hago en el costado de su abdomen, cerca de una de las costillas. Su cuerpo se tensa contra las correas del sofá y sus muñecas tiran apenas de los sujetadores de cuero. No es resistencia, es el reflejo. —Cinco. Le mantengo la mirada durante un segundo y luego, dejo que una sonrisa lenta se forme en mis labios. —¿Recuerdas los mandamientos de nuestro pacto, conejita? La pregunta queda suspendida en medio de los dos mientras la cera sigue acumulándose en el borde de la vela. Sus ojos se entornan apenas; no me responde de inmediato porque a la muy cabrona le gusta hacerme esperar. —Los recuerdo… —suspira—. Son cláusulas, no mandamientos. No estamos en una secta y tú no eres mi Dios. «Soy un demonio y eso es peor». Su voz sale tranquila, demasiado apacible para alguien que está atada, desnuda y marcada por cinco gotas de cera caliente. —¿Serías tan amable de citar el tercer mandamiento, cariño? —Estás demente. Dejo caer la sexta gota justo en el ombligo y su reacción es inmediata. Se retuerce, tragándose el jadeo, en medio de una entornada de ojos que me prende, me la pone dura. Cuando mi conejita abre los ojos, el fuego en ellos es extraordinario. —Se incluirán terceros siempre y cuando haya un acuerdo mutuo. —Deja salir otro suspiro curvando la boca con una sonrisa pícara—. ¿Ese es mi obsequio especial, Dim? «Hija de puta, no me llames así si quieres seguir con una vida normal». La forma en que lo dice causa que algo dentro de mí se tense, se estremezca con fuerza. —Como la insaciable de mierda que eres, sé que no te negarás, pero aun así… necesito oírlo de ti —digo con calma, acercando la mano hasta detenerla en medio de sus tetas—. ¿Estás de acuerdo con el obsequio? Si lo aceptas, no solo nos mirará, sino que también se unirá. La habitación se queda en silencio durante un instante que parece extenderse más de lo necesario. Su pecho sube y baja; me mantiene la mirada. En nuestro encuentro anterior invité a mi amigo para que observara cómo me la follaba. El desgraciado no la tocó, no se acercó, solo se sentó a mirar cómo mi conejita gimoteaba extasiada mientras mi v***a entraba y salía de ella. Pero mi amigo no tiene ganas de ser un simple espectador. En aquel encuentro me pidió compartirla y se fue con la promesa de que así sería. —Si crees no soportarnos, lo entenderé —suspiro—. Ninguna ha podido hasta ahora. Todas salen llorando. Su mirada cambia, se vuelve filosa y una chispa diferente destella en esos ojos azul aguamarina. —Así me compartas con tres hombres tan sádicos como tú… no me verás llorar, Dimitri Romanov. Algo me azota la columna, me estremece. El aire de la habitación se vuelve más pesado, mis dedos se tensan alrededor de la vela y siento como algo oscuro y visceral se enciende dentro de mí al escuchar mi nombre en su boca otra vez, escupido con ese tono que mezcla desafío y provocación. Aprieto la mandíbula sin poderlo evitar y, antes de que abra la boca para decirme algo más, le muestro una sonrisa lenta y maliciosa. —Eso ya lo veremos. Inclino la vela y la séptima gota cae en medio de sus tetas, estremeciéndola por completo. Seguramente por su cuerpo recorre la excitación y en el mío también. Maldita sea, estoy empalmado. Pero junto con el morbo delicioso que me cargo, el desafío que ella ha despertado en mí también corre por mis venas. Eso solo hace que tenga aún más ganas de romperla. Deslizo la mano sin romper el contacto visual y cuando inclino la vela, la octava gota no tarda en desprenderse, cayendo justo sobre su pezón endurecido. La reacción es inmediata. Las correas del sofá crujen cuando su cuerpo se retuerce de manera involuntaria. Intenta cerrar las piernas, pero apenas puede rozar las rodillas. Mi conejita tiene el rostro rojo, las pupilas dilatadas y la respiración totalmente descontrolada. Vuelvo a dejar caer otra gota y la miro. Separa los labios apenas, pero su pecho sube y baja más rápido ahora. Sus ojos siguen siendo los mismos. Desafiantes. Altaneros. Pero sus pupilas están tan dilatadas por la excitación que intenta mantener a raya, que ocupan casi todo el iris del ojo. Eso solo empeora las cosas. —Nueve. —Mmm… Siento como algo oscuro me recorre el pecho ante ese jadeo. El calor de la vela no se compara con el que empieza a extenderse por mis venas. La forma en que su cuerpo responde sin dejar de mirarme de esa manera… me provoca una mezcla peligrosa de irritación y fascinación. Hermoso lienzo listo para marcar. Muevo la mano y la bajo con cuidado de no derramar la gota antes de tiempo y la detengo justo en su momento de Venus, acercándola para que sienta el calor de la pequeña llama en su piel. Cuando dejo caer la gota, su cuerpo se sacude contra el sofá y su respiración se vuelve irregular. —¡Ahh! —Diez. —Dejo caer otra, pero en su coño empapado—. Once. Esto es un juego, pero también algo más primitivo. Me relamo como el maldito depravado obsceno que soy, me sacio con la vista reproduciendo su gemido en mi cabecita una y otra vez como una sinfonía. —Quedan cinco, conejita —digo, enderezándome mientras veo cómo su cuerpo termina de revolcarse—. ¿Sigues conmigo o ya te perdí en el éxtasis del clímax? —Me burlo. Trueno el cuello manteniendo la vela derecha. No quiero desperdiciar ni una gota. Mis ojos recorren su cuerpo que intenta mantener el control, pero le cuesta. Quiere hacerse la dura, la que no le excita lo que estamos jugando, pero sus mismos instintos la delatan. Podría apostar y salir ganando al decir que ella ahí por dentro está gimoteando, gimiendo en sus pensamientos y que esos movimientos son solo para estimular el fuego que late y quema en medio de sus piernas. Mi sangre se calienta al verla, porque hay algo profundamente retorcido en observar cómo su control empieza a resquebrajarse sin que deje de mirarme de esa manera. Su piel está enrojecida y las marcas de las gotas sobresalen como pequeñas huellas. El contraste me provoca un morbo difícil de ignorar. Mi conejita está ardiendo en llamas y, maldita sea… yo también. El calor sube por mi pecho, baja al mismo tiempo y se instala con fuerza en la parte más carnal de mi cuerpo. Mi v***a palpita; está desesperada por atención. Está dura. Está firme. Está lista para enterrarse dentro de ese hermoso coñito enrojecido. Verlo es fascinante. Verla a ella es obsceno. Apreciar este momento, en mi habitación, bajo mis términos, es exactamente lo que quería desde la última vez. Inclino una vez más y la décima gota cae sobre su centro, sacándole un gemido más desgarrador que el anterior. —Deja…, deja caer el resto de una maldita vez… —dice jadeando, retorciéndose sobre el sofá. Despego los ojos de su coño buscando sus ojos. —¿Impaciente, conejita? —Me relamo los labios cuando ella asiente—. Si eso deseas… Inclino la vela y la cera caliente destila en un hilo rojo y humeante que, al hacer contacto con su piel, la descontrola por completo. —¡Oh, mierda! —jadea. Mi conejita se retuerce sin intentar ocultar lo que siente. Intenta cerrar las piernas, pero el hilo rojo sigue cayendo en su monte de Venus y cuando las abre, cae en medio de su hinchado clítoris. Trata de acariciarse, pero el cuero en las muñecas no se lo permite y, sin poder hacer más que gemir y retorcerse, la condenada levanta la pelvis, acercando más el coño a la vela. «Loca de mierda, ¿acaso quiere quemarse de verdad?». Levanto la vela con calma, observando cómo su cuerpo es consumido por el primer orgasmo de la noche. Sus ojos me buscan y en ellos hay fuego puro. Sigo moviendo la vela con parsimonia, dejando caer finos hilos de cera que pintan su delicada piel. Cada contacto le arranca una reacción distinta, un gemido diferente, un tirón, una contracción y jadeos desenfrenados que ya no se esfuerza en controlar. La escena frente a mí es demasiado… perfecta. —Mírate… —murmuro en voz baja—. Ya te estás quemando… Sigo derramando cera mientras su cuerpo se retuerce en el sofá, tirando con fuerza las correas, abriendo y cerrando las piernas. O eso intenta. Mi sonrisa se ensancha. Me sacio con ganas mientras observo el efecto de cada hilo de calor que dejo caer. —Y todavía faltan unas cuantas cosas por probar esta noche, conejita. Sus jadeos llenan la habitación. Brotan deliberados desde lo más profundo de su ser. Mi conejita gime con sensualidad, entorna los ojos y se deja llevar por el placer del dolor y del ardor que le causa la cera caliente que sigo derramando por toda su piel. Estoy por volver a su coño cuando dos toques en la puerta me detienen. Pero a ella no. Mi conejita sigue jadeando, con el pecho subiendo y bajando de forma irregular, las piernas temblorosas y el cuerpo todavía vibrando por el orgasmo que la acaba de atravesar. Sonrío alejándome de ella. Dejo sobre la mesa la vela apagándola con la yema de mis dedos. Ya no me interesa pintar todo su cuerpo con cera. Ahora tengo algo más interesante que hacer. —Tu obsequio ha llegado —le digo, aunque no sé si me escucha porque está perdida en ella misma. Sigue removiéndose tirando de las correas mientras intenta recomponerse. Me inclino sobre ella y esta vez no me tomo demasiado tiempo liberándola. Mis dedos trabajan rápido soltando cada seguro. Cuando la libero, sus brazos apenas caen hacia los lados antes de que me acerque a los tobillos y haga lo mimos. Y cuando lo hago, no le doy tiempo a procesar lo que sucederá. La sostengo por la cintura y la acomodo boca abajo sobre el sofá conmigo arriba. Ella empina el culo en respuesta y las ganas que tengo de azotarlo me carcomen. Hazlo. Le doy una estocada aun con el pantalón puesto para que sienta lo dura que la tengo. —No te muevas —susurro en su oído y la condenada más se retuerce—. Quieta. Llevo una mano por debajo, colándola hacia su teta derecha, mientras la otra la deslizo desde su vientre hasta llegar a su cuello, obligándola a mirar hacia la puerta mientras ejerzo un poco de presión. —Cabrón… —Gime, empieza a restregarme el culo—. ¿Tan egoísta eres que no me dejas disfrutar mi orgasmo? Pellizco el pezón y más se restriega. —Aún no… —siseo, le lamo el lóbulo de la oreja—. Pasa, hermano —le digo a él elevando un poco más el tono de voz—. Te estamos esperando. El calor de su cuerpo me enciende. Sus suspiros me vuelven loco. Cuando las puertas se abren, ambos miramos al mismo tiempo para ver a Yael Abramov cruzar el umbral con la misma presencia dominante que siempre arrastra consigo. La expresión peligrosa en la cara de mi amigo me satisface; ambos compartimos las mismas peculiaridades. Una sonrisa sádica se dibuja en sus labios al ver la posición en la que tengo sometida a mi conejita. Mi amigo sabe lo que tiene que hacer. Los dos nos conocemos demasiado bien. Con él puedo compartir cualquier cosa. Cualquier presa. Por eso, cuando empieza a desnudarse frente a la mirada lasciva de mi conejita, yo sonrío con deleite mientras le doy estocadas fuertes aun con el pantalón. Esto es lo que nos gusta. Jamás nos hemos limitado desde el primer día que nos hicimos hermanos. Los dos somos unos pecadores de mierda con gustos similares y un morbo visceral cuando algo nos provoca. Nos conocemos desde hace demasiado tiempo como para sabernos nuestros más sucios secretos. Entre los dos nunca ha existido el pudor, ni la competencia cuando se trata de disfrutar de la misma mujer. Nos conocimos compartiendo en el Pleasure. Nos hicimos amigos en los siguientes encuentros. Nos volvimos hermanos en la Brava. Yael, que ya está totalmente desnudo, avanza con su v***a más que lista hacia donde estamos. Sus ojos grises no dejan de observar a la conejita mientras se magrea la v***a con pequeñas caricias. —¿Esta es la insolente que me compartirás hoy? Sádico de mierda. Por supuesto que sabe quién es ella. —Esta es la mujer que te vas a follar duro y fuerte —escupe con descaro ella. El silencio que sigue dura apenas un latido y es roto por la risa vibrante de mi amigo. Y eso basta. La tensión en la habitación explota de golpe, casi palpable. Los vellos de la nuca se me crispan ante la risita maliciosa que ella también deja salir. Mi mirada se cruza con la de Yael y ambos sonreímos al mismo tiempo. Maldita conejita. Me alejo de su cuerpo para sacar mi v***a y es mi amigo quien la levanta del sofá por debajo de los brazos. Sus piernas se aferran a la cadera de Yael y, cuando me acerco, la sostengo por la cintura, acomodándola entre los dos. Puedo enterrarme en su coño, pero mi amigo sabe la fascinación que ha despertado en mí el cabello de esta mujer. Por eso la deja de espaldas a mí, por eso me deja partirle el culo cuando es algo que a él le fascina demasiado. Incluso, más que un coño empapado. Lo primero que hago es aspirar el aroma a cereza que desprende su cabello. Lo segundo: lo que he deseado desde que se lo soltó, es enrollarlo en una de mis manos sin tirar. Aún no. Me acerco a su oreja y la muerdo un poco antes de hablar. —Ya veremos si aún te quedan ganas de reír —susurro y me entierro en su culo con fuerza. El grito que deja salir inunda la habitación y detrás de él viene un gemido ahogado cuando Yael le mete la v***a en el coño. Mi amigo la sostiene por las piernas mientras mi mano sigue firme en su cintura, guiando el movimiento de su cuerpo entre nosotros. La respiración de mi conejita es irregular, cargada, para nada contenida. Deja caer la cabeza hacia atrás un instante hasta recostarla en mi hombro, mientras sus uñas se entierran en los hombros de Yael. El ritmo entre los tres empieza a cambiar, se vuelve más constante, más rápido. La tensión que antes era un juego medido ahora comienza a transformarse en algo más carnal y primitivo. Mis estocadas son firmes, profundas. Las de mi amigo no se quedan atrás. Ambos entramos y salimos de ella sin detenernos; la embestimos con fuerza, le arrancamos el aliento con cada arremetida animal. Sus jadeos se vuelven más altos. Se intensifican con cada embestida. Sostengo su cabello con firmeza en mi puño y tiro con fuerza, acercándome a sus labios rojos. Mismos labios que quedan entreabiertos cerca de los míos. Durante un segundo, en medio de cada penetrada, me concentro en ellos, me deleito en lo perfectos que son y, cuando la perra me sonríe en medio de un gimoteo desmedido, la beso. Mis labios se estrellan contra los suyos con hambre, con ansias. Los devoro y ella responde al instante, aferrándose a mi boca con la misma hambre visceral. Sus gemidos ahogados se mezclan con mis gruñidos extasiados. El beso se vuelve salvaje, explosivo y termina envolviéndonos a los tres, porque en cuanto se separa para agarrar aire, Yael no le da tiempo a hacerlo. La besa como un maldito poseso y es cuando yo le suelto el cabello y llevo la mano a su cintura para sostenerla y seguir enterándome dentro de ella. Mis dedos aprietan, sigo el timo. Mi amigo deja de besarla y ella echa la cabeza atrás, perdida en la bruma del placer. Gimotea. Grita. Jadea con ganas. Los tres nos unimos, nos volvemos uno solo. La habitación se llena de nuestros cuerpos chocando, de nuestras respiraciones y gemidos. El contacto de su piel contra la nuestra, el calor que emana de su cuerpo, la forma en que responde a cada impulso… todo me desquicia y más duro le doy en el culo. —¡Oh, hijo de puta…! —Jadea, no puede hablar porque más es lo que gimotea en medio de un llanto que realmente no es de dolor, sino de crudo placer—. Más te vale que me vuelvan mierda como es. —Eso no se lo dices al cabrón, conejita. —Se burla Yael y ella por supuesto que lo manda al carajo aun sumergida en el placer. Salgo de su culo y en un rápido movimiento le meto la v***a en el coño empapado que se está tragando la v***a de mi amigo. —No. —La embisto con fuerza y ella grita en respuesta—. Porque el cabrón no le puede hacer lo que yo.
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