Pleasure
Camino por el pasillo con la misma cadencia de siempre, observado una vez más el mismo tramo, las mismas luces bajas en color rojo y escuchando los mismos gemidos ahogados que se filtran por debajo de las puertas y logran crisparme los pelos de la nuca.
Estoy a tiempo y solo espero que ella ya esté esperando por mí. La puntualidad es algo que me tomo en serio y mi conejita lo aprendió en el encuentro anterior.
Después de la amenaza, fijamos algunos… acuerdos. La puntualidad fue uno de ellos. Esta noche tengo ganas de fijar otros más.
Cuando estoy a pocos pasos de la puerta, ya puedo sentir en mi piel su presencia. No es una intuición romántica ni una fantasía de mierda barata. Es una opresión en el pecho que logra recorrer todo mi cuerpo cuando algo me pertenece por elección y no por fuerza. Ella aceptó y eso me da un enorme derecho sobre todo su ser.
Detrás de esa puerta soy su dueño. Su amo. Y ella es mi sumisa, aunque… en algunos momentos se le olvida.
«Altanera de mierda».
Quito el seguro con la tarjeta magnética. Ella posee una igual que le entregué la última vez.
Cuando abro la puerta, su hermoso cuerpo es lo primero que buscan mis ojos y cuando lo encuentro, no tardo en escrutarlo. Mi conejita está usando una lencería de cuero que se ajusta como una segunda piel diseñada para resistir y no complacer.
Cruzo el umbral recorriendo con mirada lasciva su esbelta silueta. Esta vez viste una falda corta, bastante corta, combinada con un top que aprieta sus deliciosas tetas. Las tiras de cuero que adornan todo su abdomen marcado ya puedo imaginarme cortándolas una a una con mi cuchillo.
Cierro la puerta con la misma cadencia con la que he recorrido el pasillo y me detengo guardando las manos en mis bolsillos.
Ladeo la cabeza y no oculto para nada la mirada sádica con que empiezo a verla.
Su cabello cae en suaves hondas y es inevitable que no me imagine en posiciones bastante peculiares mientras tiro de él.
Ella se ve exquisita. Se ve letal y bastante sensual, pero no es su ropa lo que me altera el sistema, ni las botas de punta fina que se carga. Tampoco su cabello, que tanto me fascina, o ese labial rojo cereza que tanto me encanta. Nada de eso, aunque añade un plus al demonio que despierta en mí la muy hija de puta.
Lo que me altera es su maldita mirada, porque en sus ojos no hay miedo, tampoco curiosidad. En sus malditos ojos hay morbo, malicia y ese atisbo de diversión que me exaspera más de lo que me gustaría admitir.
Se mantiene serena mirándome de la misma manera. El antifaz n***o de conejita me saca una leve sonrisa.
«Parece que alguien aprendió».
El duelo de miradas podría durar días y la verdad no me quejaría. Pero hoy no vine con ganas de competir a ver quién baja primero la mirada; hoy vine con ganas de jugar algo más interesante.
Me quito el saco con calma y lo dejo sobre el sofá de cuero que está a un lado sin apartar los ojos de los suyos. Empiezo a remangar las mangas de la camisa como si fuera un ritual que solo yo entiendo. Pero no solo yo comprendo cada uno de mis gestos, sino que ella también.
Comprende que hoy no vine a perder el tiempo, sino a… algo más. El roce de la tela contra mis antebrazos despierta una necesidad que me arde bajo la piel.
Mira cómo te observa. Castígala por eso.
Sonrío apenas, acercándome a donde está sentada. No me apresuro; la espera es una forma de demonio que me gusta invocar. Cuando me detengo frente a ella, la miro desde arriba con una devoción enferma, casi religiosa, que carece de ternura. Es algo más oscuro y visceral.
—Tu insana necesidad por la puntualidad me hace pensar que realmente lo que te preocupa es defraudarme —dice, rompiendo el silencio con un tonito suave, pero insolente.
—Empiezas a pensar demasiado.
La sonrisa ladina que se dibuja en sus labios podría considerarse una amistosa e incluso relajada, pero en sus ojos me demuestra todo lo contrario.
Le cuesta no darme réplica. Ya veremos hasta dónde llega.
—Y aun así aquí estoy. Sentada desde hace quince minutos antes de la hora pautada esperándote como me lo pediste, ¿no?
«Como lo pactamos. Por cada impuntualidad, un castigo, y lo sabes, cariño».
Extiendo la mano hacia su cabello; el impulso de tocarlo me puede. Deslizo los dedos acariciándolo con calma; no me apuro. Solo es una caricia mínima, indiferente, sin importancia.
De todos los fetiches que puedo tener, jamás creí que el cabello de una mujer entraría en mi lista. Ahora no hay un día en que no desee tocarlo, olerlo y tirar de él hasta arrancárselo de ser necesario.
El cuero cruje cuando su cuerpo reacciona acomodándose en la silla ante esta caricia mínima.
—¿Esto también va dentro de lo acordado en nuestro último encuentro? —inquiere, con una sonrisa apenas insinuada en la comisura de los labios—. Porque yo no recuerdo haber autorizado caricias.
Me detengo.
—No las autoricé, pero las estoy ejecutando.
Exhala.
—Vaya, entonces hoy vienes generoso.
Bajo un poco las manos hasta que mis nudillos rozan su sien. La sensación me enciende de una forma que no tiene nada de amabilidad, porque las malditas ganas de tomarla por el cuello y privarla de respirar por solo hablar me están carcomiendo por dentro.
Hazlo. Se lo merece por cómo te está mirando.
—No confundas mis fetiches con generosidad —espeto—. Si estuviera siendo generoso, ya sabrías lo que se siente cuando dejo de pensar.
«Sería una completa miseria para ella».
Mi conejita se endereza un poco más sobre la silla sin apartar mi mano. Al contrario, la desgraciada se inclina sobre ella buscando sentir más el contacto.
Ella solo está jugando.
—Me intriga esa versión tuya… la que dices que no piensa. Me encantaría conocerla.
«Dudo que quieras realmente conocer mi locura».
—Te intriga porque aún no la has provocado lo suficiente. —Mi mano vuelve a moverse—. Y porque eres lo bastante lista como para no hacerlo.
Me conoce. Sabe lo que soy por fuera y por dentro. No es idiota y entiende que todo se puede ir a la mierda de un momento a otro.
El silencio vuelve a caer entre los dos, cargado, denso y lleno de tensión. Me inclino apenas, lo justo para que mi aliento le roce la mejilla.
—Hoy no vengo a complacerte, conejita —le susurro al oído—. Hoy vengo a jugar.
Sonrío como el maldito que soy al darme cuenta de que su respiración cambia un poco y, aunque mantiene la cautela, mis palabras han causado algo en ella. Han despertado ese lado morboso que se guarda muy bien la desgraciada detrás de la capa de la hija perfecta y preparada que muestra allá afuera.
—¿Y si digo que no?
—Te castigo —respondo, dejando de acariciarle el cabello—. Y lo haré con toda la intención de hacerte llorar.
Me enderezo bajo su intensa mirada.
—Tú y yo tenemos un trato y por cada no…
—Me darás un latigazo, lo sé.
—No actúes como si no lo desearas. —Le guiño el ojo—. Ambos sabemos que lo quieres, solo que no te atreves porque sabes que las marcas generarían preguntas. Y si eso sucede, conocerán tu secretito. A mí me da lo mismo, lo sabes. Pero tú…
—¿Cuál es el juego?
Ensancho la sonrisa por el tono en su voz. La he obstinado y eso realmente me fascina.
—Privación.
Permanezco frente a ella, erguido, observándola sin hacer nada más. Ya no la estoy tocando, ya no estoy cerca. La privación comienza así, con la ausencia. Con el espacio donde ella espera que ocurra algo y no ocurre nada. Y es en ese vacío donde el poder empieza a inclinarse de mi lado.
Yo soy amo y ella es mi sumisa.
Yo ordeno y ella obedece.
Yo decido cuándo tocar y ella solo debe aguantar.
—De rodillas.
No levanto la voz, porque no hace falta. Simplemente retrocedo para darle espacio.
El cuero cruje cuando obedece. Mi conejita se mueve sin dramatismo manteniéndome la mirada y eso me encanta. Se arrodilla frente a mí con la espalda recta y las manos apoyadas en los muslos. No intentar tocarme; sabe que aún no puede hacerlo. Tampoco inclina la cabeza como las típicas sumisas. Ella mantiene la dignidad como un arma y eso… maldita sea, me encanta.
Sus ojos brillan expectantes a través del antifaz.
Me muevo despacio hasta quedar justo delante de ella y desde arriba la contemplo. Se ve exquisita. La imagen que observo incluso me parece obscena por lo que promete y niega al mismo tiempo. Tenerla de rodillas ante mí me hace pensar en cómo se verá con mi v***a en la boca mientras le sostengo ese cabello que tanto me fascina.
Aún no hemos llegado a eso, pero ansío el momento de follarle esa boquita contestona que se carga.
—Baja la cabeza.
La mirada se le enciende, por rabia, por morbo, por lo que sea que esté pensando, pero obedece.
Me quito los guantes de cuero al tiempo que camino hacia la mesa que está de fondo llena con los objetos que ordené traer. Cuando los dejo caer, me giro para volver a ella, que sigue quieta esperándome.
Mis ojos se van a su cabello y me relamo como un maldito depravado. La fascinación que tengo por él me hace hervir las palmas por la maldita necesidad de agarrarlo con fuerza y tirar con ganas.
Así de rodillas, le llega hasta las nalgas. El día en que se lo corte, juro que la mato.
Empiezo a rodear su cuerpo despacio, midiendo cada paso. Me encanta verla quieta, no lo niego. Pero más me encanta cuando reacciona.
—Dime —hablo desde su espalda—, ¿qué es lo primero que sientes en el cuerpo cuando te privo?
—Ganas de compensar. Mi cuerpo se adelanta por sí solo.
—Explícate.
—Mi pulso se acelera. Empiezo a respirar más rápido e incluso siento como mi cuerpo se tensa.
Me inclino lo justo para que sienta mi presencia, pero no la toco.
—Interesante… —susurro cerca del oído, apoyando dos dedos sobre su hombro, dándole una sutil caricia que le eriza la piel—. Ahora, harás todo lo contrario. No vas a compensar ni a adelantarte. Vas a controlar tu pulso y procurar no moverte. ¿Te quedó claro?
—Sí.
—Quiero creer que se te olvidó una de las reglas por la misma anticipación que sientes en este instante, conejita.
—Sí, mi amo.
Sonrío satisfecho. Encantado.
Afinco los dedos en su hombro, marcando el punto donde la estoy tocando. Mi conejita se mantiene quieta. Un toque no le hace nada, no le causa ningún daño. Pero por dentro… ella ya ha imaginado que tanto puedo hacerle con los dedos.
Dejo de ejercer presión y comienzo a trazar círculos en su piel con parsimonia.
—¿Qué parte de tu cuerpo está pidiendo atención?
—Las manos.
—Ahora vuelve a responder, esta vez sin mentirme.
—Mi coño.
—Buena chica.
Intensifico la caricia, juego con su cordura deslizando los dedos entre el hombro y la curva del cuello.
—¿Qué harías si te autorizo moverte ahora mismo?
—No puedo.
—Puedes, pero sabes que no debes.
Se queda en silencio. Se deja torturar porque la desgraciada está fantaseando con mis dedos. De eso no hay dudas.
—Guiaría esos dos dedos a mi coño —dice finalmente controlando el tono de voz—. Te incitaría a masturbarme.
—¿Y si no quiero tocarte, conejita?
—Entonces me frustraría.
—¿Y si la frustración es el punto de este juego? —inquiero cerca del hombro, para que sienta la calidez de mi aliento.
Sus hombros se elevan un poco debido a la respiración profunda que acaba de hacer.
—Entonces aguanto, mi amo.
—Eso ya lo veremos.
Me enderezo a su espalda dando un paso atrás sin dejar de observarla.
—Comenzaremos a jugar, ¿estás lista para oír las reglas?
—Sí, mi amo.
«Cuando se comporta así, me vuelve loco».
—Yo toco, tú aguantas sin buscar alivio. Yo pregunto, tú respondes. Fácil para alguien tan preparada como tú, ¿verdad?
—Demasiado.
La altanería con que lo dice me saca una risa baja. Pero no es tan fácil esta vez, porque en el juego de hoy hay una pequeña cláusula que le haré saber.
Termino de rodearla y me detengo frente a su atenta mirada.
—Si fallas, paro —añado con firmeza—. No porque me enfade, sino porque precisamente hoy no tengo la paciencia suficiente para tus sandeces, ¿entiendes?
La condenada me regala una sonrisa sádica y maliciosa que me punza en la v***a.
—Sí, mi amo. —Lo dice con descaro y joder, ¿no se cansa de provocarme?
—¿Qué te excita más ahora mismo?
—Que me mires justo así, como lo estás haciendo, amo mío.
Enséñale que ese tonito le traerá problemas.
—¿Y qué te desespera?
—Que me mires y no hagas una mierda.
Abofetéala por insolente.
Aprieto los dientes dejando sus palabras suspendidas entre los dos. Ella sigue creyendo que puede seguir empujándome sin pagar el precio y eso me saca una sonrisa bastante divertida.
—Aprendes rápido, felicidades.
El odio en la mirada me exalta.
—Dime lo que piensas justo ahora. —Ladeo la cabeza.
—Pienso que eres un grandísimo cabrón.
Me río sin poderlo evitar.
—Ahora respóndeme con la verdad.
—Quiero moverme —admite muy tranquila—. Quiero romper la regla.
—¿Y qué te priva? ¿La regla en sí o el orgullo? Sé sincera de una vez.
—El orgullo. —Una sonrisa tira de la comisura de sus labios—. Mi maldito orgullo no te dará el gusto, mi amo.
—Entonces es ahí donde voy a jugar.
La sonrisa desaparece y la mirada se le enciende calentándome la sangre que corre en mis venas. Se está contendiendo para no hacerlo, para no mandarme a la mierda y terminar perdiendo.
Me aparto de su presencia y camino hacia la mesa con la misma calma con la que entré a la habitación y cuando llego, lo primero que hago es pasar los dedos por cada uno de los juguetes, sin prisa, pensando en cuál elegir para seguir con el juego.
Termino escogiendo la fusta. Sostengo el mango de cuero con fuerza, mirándolo con suma atención. No está hecho para castigar a lo bruto, sino para marcar presencia. Para educar el cuerpo sin destruirlo.
Eso lo hacemos con las manos.
Con una leve sonrisa en los labios, regreso hacia ella hasta detenerme a su lado, tan cerca que mi presencia vuelve a invadir su espacio personal. Mi conejita alza la mirada, observándome expectante, actuando como si le importara menos la fusta que sostengo.
—Si te mueves, pierdes.
Empiezo a mover la fusta cerca de su cara solo para generar anticipación.
—Si reaccionas, pierdes.
—Ya te entendí —sisea, con la voz más tensa que antes.
«Pobre conejita. Ya está llegando a su nivel de tolerancia».
Llevo la fusta a su hombro, el mismo que toqué hace unos minutos. No la azoto, tampoco presiono, solo dejo que el cuero se deslice por su piel. Y entonces su respiración cambia. Mi conejita tensa la mandíbula porque ella entiende muy bien que solo quiero exasperarla.
Deslizo el cuero lentamente por su brazo, siguiendo la línea hasta llegar al antebrazo en un movimiento lento que explora con cadencia su piel.
Esto no es una caricia, es provocación.
Me inclino manteniéndole la mirada, guiando la fusta ahora por el muslo donde tiene apoyada la mano. Mi conejita lleva una pequeña falda de tachones y puedo asegurar que debajo no tiene un carajo más que su coño empapado y, como la curiosidad me puede, guío el juguete hasta en medio de sus piernas, ejerciendo presión sin bajar la mirada.
Las pupilas de sus ojos se dilatan, se expanden dejándome ver el deseo que por dentro la está consumiendo.
Afinco sobre el cuero haciéndola sentir en el coño el objeto.
—¿Qué parte de tu cuerpo quiere adelantarse?
—Mis caderas —responde en voz baja—. Quiero moverlas contra la fusta, mi amo.
—¿Te excita saber si voy a usarla para eso o para castigarte?
—¿Me vería muy avariciosa si respondo que ambas? —ronronea.
«Insaciable de mierda».
Muevo la fusta con toda la intención de hacer a un lado la poca telita de la falda y cuando vuelvo a presionar, esta vez en su coño, sonrío al sentir la facilidad con la que se desliza.
Nos mantenemos la mirada; puedo ver cómo el deseo intenso explota en sus ojos.
—Si abres la boca —le advierto—, paro.
Sus labios tiemblan, pero no se separan.
Empiezo a desliar la fusta con cadencia, disfrutando del color rojizo que empieza a teñir sus mejillas. De arriba hacia abajo lo muevo, no presiono ni la lastimo. Solo le acaricio el coño con el juguete, deleitándome en sus ojos encendidos.
No detengo el movimiento cadente de la mi mano. Tampoco acelero porque el juego no está en llevarla rápido al límite, sino mantenerla ahí el mayor tiempo posible.
Mi conejita se queda quieta, no está inmóvil por sumisión ciega, sino por fuerza de voluntad. Sus caderas quieren traicionarla; lo siento en la tensión que se le acumula en los muslos y lo veo en la forma en la que clava sus dedos contra la piel de sus propias piernas para no perder.
«Joder, que ganas tengo de follarla con esto».
Sigo deslizando con paciencia. Subo y bajo dejando a veces que el contacto dure un segundo más de lo necesario solo por diversión. Y aunque su respiración ya no es pareja, mi conejita no jadea, no gime, pero inhala y exhala más rápido de lo que debería.
—Estás empapada… —susurro bajando la mirada—. Y no hemos empezado, cariño.
—Me excitas sin darme permiso a responder a tocarte siquiera. Merezco al menos demostrarlo de esta manera, ¿no?
Afinco un poco, sintiendo como la punta se adentra en ella y enseguida se tensa.
—No te atrevas a cerrar las piernas.
Empujo un poco más, viendo cómo el rojo de sus mejillas ahora se expande. El cuello junto con el pecho se torna de un rojo que la delata.
Fóllala con la fusta.
Maldita sea, podría hacerlo, pero eso sería terminar demasiado rápido el juego. Y como apenas estamos empezando y dejarla con las ganas es mi especialidad, saco la fusta de un tirón y con la misma rapidez me levanto.
Mi conejita levanta la cabeza, no me dice un carajo, pero en sus ojos se refleja la duda.
—Si crees que te voy a follar con la fusta, estás muy equivocada —declaro, mirándola con una sádica sonrisa—. Hoy no hay orgasmos para ti, conejita.
Permanece de rodillas unos segundos más. La muy desgraciada sonríe aceptando la negativa. Asiente, se relame el labio y, sin nada que pueda hacer, se levanta bajo mi atenta mirada.
—No lo creo, mi amo.
El cambio es inmediato. Brutal. No hay advertencia ni vacilación en su mirada. Mi conejita deja de jugar a ser sumisa en el monumento exacto en el que su cuerpo se desplaza en un movimiento que realmente no espero.
Da un paso, mete la cadera y sostiene mi muñeca. Todo ocurre en un parpadeo; mi espalda impacta contra el suelo en un golpe seco que me arranca el aire de los pulmones.
«¿En serio me ha dado un barrido de cadera la hija de puta? ¡Esto es jugar sucio!».
—Maldita…
Alcanzo a soltar, pero no porque no pueda seguir hablando. El ataque ha sido sucio e inesperado. Creo que habíamos quedado en no usar la fuerza bruta, pero al parecer a la muy cabrona le importa una mierda enseñarme sus habilidades aprendidas en nuestros encuentros.
Me quedo callado, porque la condenada está a horcajadas sobre mí, inmovilizándome con mi propio cuchillo afincado en mi garganta.
—Este es el juego ahora —sentencia y yo, como un maldito enfermo, sonrío—. Si te mueves, te la corto.
«Tan amable la señorita».
Complacido por su manera tan peculiar de demostrarme cuánto la obstino, llevo las manos detrás de la cabeza. Si va a jugar con sangre de por medio, quiero ver cuánta está dispuesta a derramar.
—¿Y cómo se llama tu juego?
Mi conejita ladea la cabeza, afincando la punta del cuchillo en mi piel.
—Privación.
«Maldita enferma del carajo. Me encanta».
Empieza a moverse sobre mí en un balanceo lento, casi cruel. Su cadera traza un ritmo ejerciendo fricción sobre mi v***a. El maldito roce descarado se vuelve insoportable, tanto así que debo apretar los dientes para no perder.
Lo de ella no es frenesí. Lo de ella es intención.
Cada balanceo es una decisión consciente de hacerme sentir sin nada que pueda tomar. Podría apartarle la mano, podría aplicar otra maniobra y someterla contra el suelo, pero soy un maldito demente.
No quiero siquiera moverme.
El roce de su coño contra mi v***a dura escondida dentro del pantalón me hace apretar los dientes. La muy hija de puta sabe exactamente lo que está haciendo. Se está complaciendo a sí misma para provocarme, para sacarse lo que le negué.
Me prende que me use para satisfacerse; podría pasar el día entero así. Pero me jode que lo haya logrado jugando sucio, porque habíamos acordado que la fuerza bruta no aplicaría en esta habitación roja.
«Allá afuera nos podemos matar si le da la puta gana».
El cuchillo sigue afincado en mi garganta, recordándome que esta vez no mando yo, pero la dejo. Rompo el contacto solo para ver sus exquisitas tetas apretadas en el cuero. Me relamo, deseo morderlas, chuparlas hasta que chille la desgraciada. Me pierdo en ellas viéndolas rebotar y cuando escucho el suspiro bajo que deja salir, levanto la mirada.
Lo que veo me deja sin aliento.
La morbosa de mierda tiene los ojos cerrados, como si el mundo se hubiera reducido a la fricción que ella misma está imponiendo. Tiene los labios entreabiertos, soltando suspiros bajos que realmente son gemidos contenidos. El cabello le cae hacia adelante con algunos mechones pegados en la frente por la leve capa de sudor que ya tiene.
Una de sus manos está apoyada en mi pecho, apretando la tela de mi camisa, anclándose a mí, mientras que la otra sigue sujetando el cuchillo que no deja de deslizarse en mi cuerpo cada vez que la maldita se mueve.
«Vamos, regálame un gemido claro, cariño».
Cuando abre los ojos al fin y los clava en los míos, no hay desafío, sino algo más oscuro. Y me encanta. Me fascina de una manera enferma.
Cuando aumenta el ritmo, lo siento en todo el cuerpo. Mi conejita empieza a gimotear con urgencia sobre mi v***a con la boca abierta y los ojos fijos en los míos.
La forma en que se mueve, en cómo poco a poco su respiración se vuelve más irregular, me calienta. Su exquisito cuerpo ha comenzado a traicionarla y ya no puede hacer nada más que continuar.
Con la mirada oscurecida, mi conejita me empieza a montar en busca de su propio placer.
—Mírate… —murmuro con la voz áspera—. Tan concentrada en lo que te está quemando, que ya olvidaste por qué empezaste a jugar.
No responde. La condenada gime, gimotea porque está perdida en el placer que la envuelve. La excitación la está consumiendo y cuando al fin me regala un gemido más alto, no aguanto más.
Saco la mano detrás de mi cabeza y con un movimiento rápido le sujeto la que empuña el cuchillo en mi garganta, afincándolo con más fuerza. Lo hundo, obligándola a sentir la presión, sintiendo como mi piel arde y la sangre sale deslizándose con lentitud por mi cuello.
—Si me vas a montar, hazlo con saña, cariño.
La sorpresa le cruza los ojos solo un segundo antes de que algo dentro de ella estalle. Con una sádica sonrisa empieza a montarme, a complacerse a sí misma deslizando su coño empapado sobre mi v***a escondida.
Rebota sobre mí sin contenerse. Sus movimientos son deliciosamente crueles, erráticos, desesperados. Su cuerpo se mueve por puro impulso, guiado solo por ese fuego que la está quemando. Parte de su cabello golpea su rostro, el cuello, y sus preciosas tetas rebotan bajo el cuero igual que ella sobre mí. Pero es su carita la que me encanta.
Con la boca abierta y el gesto extasiado, mi conejita gime sin parar. Ya no hay juego, tampoco control. Ella está en el punto exacto en el que deja de controlarse y se entrega a lo que provocó.
Sigue sosteniendo el cuchillo contra mi garganta, pero con la muñeca tensa bajo la mía porque quiere soltarlo. No la dejo.
—Hijo de puta, tienes el cuello lleno de sangre… —dice sin aliento—. ¡Suéltame la mano! —jadea totalmente prendida—. ¡Joder!
Su cuerpo entero se sacude y el grito ahogado que brota de su boca me azota con fuego. Un gemido gutural y cargado se le escapa de los labios, atravesándome el cuerpo entero.
El orgasmo la azota con fuerza y es cuando le suelto la muñeca y de un movimiento rápido la someto contra el suelo quedando ahora yo sobre ella.
—¡Cabrón de…!
—Ahora me toca a mí, conejita. —Le pongo el cuchillo en la garganta—. Y más te vale escuchar atentamente lo que te voy a decir, porque será la nueva dinámica entre los dos a partir de hoy.