El sonido del teléfono rompe el silencio con fuerza. Mi cuerpo pegado al de Harold se sobresalta y creo ser la primera en abrir los ojos porque este hombre sigue rodeándome la cintura con fuerza con una respiración bastante profunda contra mi nuca.
No quiero levantarme; mi cuerpo pesa. Creo que no tenemos ni una hora de habernos dormido. Hasta hace nada estuvimos cogiendo, por eso mi primera reacción es esconder el rostro en la almohada y fingir que no escucho el maldito sonido, pero es inútil.
El teléfono vuelve a sonar.
—Carajo… —murmuro contra la almohada con la voz ronca por el sueño y la molestia.
Intento apartarme para alcanzar el maldito teléfono, pero el brazo de Harold se tensa instintivamente, reteniéndome contra él que, aun dormido, se niega a dejarme ir.
—Harold… —Protesto, lo empujo con el codo—. O te levantas a responder la puta llamada o estrello el teléfono contra la pared.
Lo escucho gruñir, claramente molesto por mi vocabulario, y cuando entierra su rostro en mi cuello, extiendo la mano hacia la mesita de noche para estampar el teléfono de verdad.
Ya lo hice una vez y sabe que no miento en mis palabras.
Pero no me deja. Harold actúa rápido y, casi aplastándome contra el colchón, alcanza el teléfono como puede. Antes de volver a tumbarse en la cama, me deja un beso en la cabeza que me hace gruñir como perro rabioso. No hay nada que me obstine más que me besen la cabeza como si fuese un bebé.
«Puede que me guste llevarme a la boca cosas… una en especial, pero hasta ahí».
—Más vale que sea importante… —masculla, aún medio dormido.
Abro los ojos lentamente, moviendo la cabeza para ver la hora en el reloj digital que tengo sobre la mesita de noche.
«Cuatro de la mañana, ¿es en serio?».
—¿Quién te llama a esta hora siendo domingo? —me quejo entre dientes, pasando las manos por la cara.
Cuando me volteo en espera de una respuesta, Harold ya está respondiendo y puedo notar cómo sus facciones cambian. Su cuerpo se tensa y deja de ser el novio pasional para convertirse por completo en el coronel Leclerc.
Eso me pone en alerta.
Su voz firme no admite errores y que apenas escuche el murmullo lejano de la otra persona en la línea me jode. Quiero saber que está pasando, porque es notorio que algo ha sucedido para que Harold ponga esa cara y hable con esa firmeza impasible que lo caracteriza.
Me incorporo lentamente, apoyándome en un codo mientras lo observo. Su expresión se endurece cada segundo, sus ojos van perdiendo rastro de sueño.
—¿Estás seguro? —pregunta con la mandíbula apretada—. Entendido. En veinte minutos estaremos ahí.
Cuelga la llamada levantándose de la cama.
—¿Qué sucede?
—Tienes diez minutos, vístete —dice sin rodeos—. Debemos irnos.
Me levanto de la cama de inmediato, ignorando el frío del aire que recorre mi cuerpo desnudo, y camino hacia el baño con pasos apresurados para lavarme el rostro y los dientes con el detrás. No nos toma dos minutos cuando salimos con el rostro más despierto.
Como alma que lleva el diablo, camino hacia el vestidor con Harold detrás de mí pisándome los talones.
—¿Qué pasó? —inquiero cuando alcanzo mi pantalón.
—En la Central nos explicarán, pero hubo un enfrentamiento. Una masacre, más bien.
«Carajo».
Cuando me subo el pantalón, Harold se me acerca con la camiseta en la mano y siendo tan rápido como yo, me ayuda a ponérmela. Le guiño el ojo como agradecimiento y me apresuro a acomodarla dentro del pantalón al tiempo que camino hacia donde están mis botas y el arma guardada en la funda.
Cuando me siento para sujetar las trenzas, Harold ya tiene el pantalón y la camiseta puesta. Ahora tiene muchas prendas de esas en mi vestidor. Al igual que botas y ropa interior. Él no deja de decirme que no sabe en qué momento invadió mi espacio, pero yo sí lo sé. Lo recuerdo muy bien y es algo que tengo presente cada día de mi vida desde que empezamos con esta dinámica más… íntima.
—Launice... —Levanto la mirada cuando me llama—. No tengo calcetines limpios.
Enarco la ceja.
—¿Y eso es mi problema?
—Ayer en la mañana me dijiste que lavarías.
—Claro, mi ropa. —Me levanto del diván conteniendo las ganas de reír—. ¿Tenía que lavar la tuya?
Harold se lleva las manos a la cintura, mirándome como si no creyera lo que le acabo de decir.
—Puedo prestarte un par —sonrío con malicia—. Creo que sí te quedarán.
—No voy a ponerme calcetines de colores, Launice. —Niega, echa la cabeza hacia atrás.
—Tenemos diez minutos, coronel. —Camino hacia la gaveta donde guardo mis hermosos calcetines y saco un par—. O se pone unos calcetines de arcoíris o no se pone un carajo, pero tenemos diez minutos. Muévase.
Sostengo una de sus muñecas y levanto la mano para dejarle el par en la palma con una gran sonrisa en los labios.
—Acepté que invadieras mi vestidor con tus cosas, pero no esperes a que te lave la ropa, Harold. Soy tu prometida, no tu sirvienta.
Me hago a un lado y salgo del vestidor enrollándome el cabello para sujetarlo con el fāzān.
—¿Será que cuando seas mi esposa, sí me lavarás los calcetines? —pregunta desde el vestidor con diversión—. ¿O acaso vas a dividir la ropa como hoy?
Me volteo ajustando el fāzān con una sonrisa en los labios más grande todavía.
—¿Qué te hace pensar que te lavaré la ropa estando casados? —Frunce los labios—. Mi amor, no sé si lo has olvidado, pero ni mi ropa lavo. Lo hace mi madre, por eso le llevo la cesta a su casa cuando está llena, ¿lo recuerdas?
—Sé perfectamente que no lavas tu ropa, bebé. —Empieza a ajustarse los cordones de las botas—. Yo mismo te he llevado a casa de mis suegros. Es solo que pensé que… —Niega, se ríe entre dientes y yo enarco la ceja—. Olvídalo.
—Ni una mierda, dilo. —Sigue negando—. Harold.
—Por un momento pensé que serías la esposa tradicional, es todo…
«Esto tiene que ser una puta broma».
Suelto una gran carcajada que no le hace nada de gracia. Me acerco hacia donde está, entro de nuevo al vestidor y cuando llego frente a él, le sostengo el mentón con cuidado y lentamente le levanto el rostro para que me vea a los ojos.
—Mi coronel, ¿qué le hace pensar que yo seré una esposa tradicional? —inquiero cerca de sus labios, pero no lo beso—. Dígame que no lo ha dicho en serio…
—Soñar no cuesta nada, supongo —responde, con la mirada perdida en mis labios.
A veces me digo que soy una grandísima perra por lo que hago, pero luego dice pendejadas como estas y no me arrepiento nadita de mis acciones.
—¿Ya te dije que te amo?
—Hace como una hora, cuando me estabas follando, ¿por qué?
—¿Te cuesta mucho decir “cuando me estabas haciendo el amor, mi amor”?
Le muestro un puchero que lo hace reír.
—Que yo sepa —murmuro—, me estabas partiendo en dos en medio de unas declaraciones bastante subidas de tono, mi coronel. Eso es delicioso, pero no romántico. Así que…
—Es tu culpa, me vuelves loco…
Sostiene mi rostro en sus manos y me besa con una intensidad a la que correspondo igual.
El edificio de la Central se alza ante nosotros con solemnidad. Harold le muestra su identificación al guardia, que nos saluda con respeto y rápidamente acelera cuando nos permiten el paso.
Llegar a su lugar de aparcamiento no le toma ni cinco minutos y cuando apaga el motor del auto, abro la puerta tan rápido como él.
La tensión y urgencia emanan de los dos.
Recibir una llamada en la madrugada de un domingo no es tan común como en los otros días de la semana. Todos saben que Harold descansa los domingos y, si se requiere su presencia, es porque lo que sea que haya pasado le compete. Y, por ende, me compete a mí y a todo el equipo que seguramente ya está en la sala de operaciones esperándolo.
He reconocido algunos de sus autos al entrar.
El camino hacia la sala de operaciones jamás se me había hecho tan corto como hoy. Cuando entramos, están todos los miembros del equipo sentados y, al darse cuenta de la presencia de Harold, no dudan en levantarse para saludar al coronel como sebe ser.
Todos tienen la misma expresión de mierda que se tiene cuando sabes que el sol no ha salido y el día ya ha comenzado con un desastre.
Leila se sienta alcanzado su vaso de café con una cara de sueño que me saca una leve sonrisa.
—Informe —ordena Harol deteniéndose en la cabecera de la mesa.
El agente Meléndez se acerca a la enorme pantalla para responder con esa eficiencia que lo caracteriza.
—Hace menos de treinta minutos la estación de policía recibió múltiples llamadas desde un sector de Queens —empieza, señalando en el mapa la zona—. Reportaron disparos, explosiones menores, gritos… lo típico cuando dos bandos deciden resolver sus diferencias a lo grande.
Cruzo los brazos sobre mi pecho con la mirada en los puntos estratégicos resaltados en la pantalla.
—¿Qué bandos? —pregunto, adelantándome.
—La Bratva Romanov contra el cartel de Oscar Gallego —responde y las maldiciones se hacen presentes en la sala.
«Maldita sea».
Aprieto los dientes, no reacciono. Mantengo los ojos en la pantalla sintiendo su mirada sobre mí, la tensión que emana de él calando bajo mi piel, pero no me nuevo.
—Fue una masacre —continúa Meléndez—. No hay otra forma de describirlo, pero véanlo ustedes mismos.
Cambia la imagen y nos muestra las grabaciones captadas por las cámaras de seguridad de los uniformes de los policías. Todos vemos en silencio el desastre que hay en el suelo, nada nuevo para nosotros ver cuerpos inertes sobre un charco de sangre, pero cuando la cámara muestra cabeza de Oskar Gallego empalada en medio del galpón, Harol maldice golpeando la mesa con fuerza con la palma de la mano.
—¡Carajo!
Todos nos quedamos callados.
—Oskar era nuestro —escupe, señalando la imagen pausada con rabia contenida—. ¡Era un maldito hilo directo hacia El Cuervo!
—¿Quién más está en escena? —Soy quien se atreve a abrir la boca.
—Hasta ahora, la policía local —responde Meléndez y yo asiento—. Fueron los primeros en llegar por las llamadas del vecindario y ellos llamaron a la Central. Leila fue quien respondió; era su turno.
Volteo a verla y ella levanta el vaso de café.
—Nos vamos ahora —ordena tajante Harold—. Este es nuestro caso —su mirada recorre a todos en la mesa—, y si alguien más cree que puede meter las manos en él… se equivoca.
El silencio es absoluto.
—Tienen cinco minutos para prepararse —finaliza y todo el equipo reacciona de inmediato—. Ahora son cuatro.
Los pasos apresurados no tardan en escucharse en la sala junto al murmullo de todos por lo cabreado que está el coronel. En menos de dos minutos la sala queda vacía; todos salen a prepararse con sus equipos y armas, dejándonos solos en un silencio bastante tenso.
No tengo que preguntarle para saber qué es exactamente lo que está pensando y lo que lo tiene cabreado. Puede que Harold sepa mis lazos con la Bratva, pero no significa que lo aplauda. Tiene sus límites y este es uno de ellos.
Que jodan la investigación; es el más sagrado de todos.
—Sé lo que hacen —dice, con la voz cargada de una tensión apenas contenida—. Sé lo que representan para ti y tu familia… —Avanza hacia mí—. Y aun así lo acepté porque te amo, porque entiendo perfectamente la historia detrás de esa unión en el pasado y porque respeto demasiado a tu padre como para levantar juicio por lo que hizo hace años por su mejor amigo. —Se detiene frente a mí con los brazos cruzados—. Lo sé y lo tolero, pero eso no le da derecho a la familia de tu prima masacrar a diestra y siniestra en esta ciudad, Launice.
Lo miro sin pestañear.
—La Bratva no trafica drogas.
—Eso también lo sé.
—Entonces debes entender que lo que ocurre es una batalla por territorio —declaro en voz baja con dureza—. La Bratva lidera Nueva York y el maldito Cuervo y sus sicarios quieren adueñarse de lo que por años ha sido de ellos. ¿Cómo esperas que respondan?
Una sonrisa sin gracia aparece en sus labios.
—¿La unión formal de tu prima con su líder acaso te nubló el buen juicio, bebé? ¿Has mandado al carajo tus ideales al fin?
Aprieto los dientes fulminándolo con la mirada.
—Di lo que tenga que decir y ya, coronel —exijo tranquila—. No me joda con preguntas pasivas.
Su expresión cambia, se endurece. La mirada se le enciende de la rabia porque le jode que en la Central me pase por el forro el nivel de superioridad que nos diferencia, pero me importa una mierda.
Está hablando de mi familia y por ellos soy capaz de cualquier cosa. Saco uñas y dientes cuando se trata de Becky. Que hable toda la mierda que quiera de los Romanov, pero si no tiene nada bueno que decir de mis primos, que se calle entonces.
Harold rompe el duelo de miradas y se gira, acercándose al tablero donde está absolutamente todo sobre el caso. Cuando señala la fotografía del difunto Oskar, lo hace con rabia.
—Este hombre era nuestro. —Golpea la imagen con el dedo una y otra vez—. Nuestro, Launice.
El sonido seco de su dedo contra el tablero resuena constante en toda la sala.
—¡Y ahora Dimitri Romanov lo ha masacrado como si fuera un maldito cordero en Navidad! —Golpea el tablero con el puño—. ¿Sabes toda la información que perdimos con su muerte?
Le sostengo la mirada, pero no le respondo. Harold me observa con una mirada bastante impasible que a otro podría hacer temblar, pero no a mí.
¿Me afecta lo que hizo Dimitri? No me afecta, me jode demasiado la locura que ha cometido con no sé qué intención, pero estoy segura de que no fueron buenas. Ese cabrón sabe que estamos detrás del Cuervo, sabe que estoy llevando el caso. No me interesa que el pajarraco los esté jodiendo; que lo mate si le da la puta gana cuando logre dar con él, pero me venga a joder la investigación de esta manera… carajo. Eso me desquicia y ahora quiero matarlo.
«Maldito seas, Romanov».
—Lo sé muy bien —respondo al fin.
—Entonces actúe en consecuencia, agente Roger.
Es todo lo que me dice, porque en silencio se la vuelta y empieza a caminar hacia la salida, pero antes de cruzar las puertas se detiene mirándome por encima del hombro.
—Tres minutos para que se prepare, agente. Esté o no esté lista, me iré. —dictamina en la puerta y sin más, se va.
«Ay, por favor».
—Las mierdas que uno aguanta —escupo, cambiando hacia la salida para prepararme.