LOCO POR TI

904 Words
Nunca pensé que podía enamorarme más de lo que ya estoy… hasta que la veo intentando sacar en tenis. Dios santo. Está tan concentrada, tan frustrada, tan preciosa golpeando el aire, que por un momento olvido que se supone que debo enseñarle. Y entonces se da cuenta de que me estoy riendo. —¡¿Por qué no me enseñas a sacar en vez de seguir riéndote de mí?! —se queja, dejando caer la raqueta y poniéndose con las manos en la cintura. Ahí está. Mi perdición en forma humana. —Con lo bella que te ves intentándolo… —respondo, negando con la cabeza. La verdad es que estoy disfrutando más de verla que de jugar. Verla vestida de blanco, con ese conjunto deportivo que no deja nada a la imaginación… es una prueba a la que ningún santo sobreviviría. Yo menos. —¿Entonces me enseñarás a sacar? —dice, retándome. Es imposible no sonreír. Recojo su raqueta y me paro detrás de ella. Mi cuerpo se amolda al suyo como si hubieran nacido para encajar. Su perfume, su respiración, su piel… todo me envuelve. —Sí, te enseñaré a jugar —le murmuro al oído. Y siento el escalofrío que la recorre. Si ella supiera lo que me cuesta no perder el control… —Guíame… —dice, y juro por Dios que esa palabra en su boca no es inocente. La tomo de las manos. Ajusto su postura. Corrijo su agarre. Y cuando la sujeto por la espalda para alinearla, siento cómo su respiración se agita. —Sube ambos brazos a la vez y apunta al cuadro que quieres sacar —le explico junto a su oído—. Me alejaré… inténtalo. Se concentra. Respira. Y saca. Un saque perfecto. —¡Sí! ¡Me ha salido! —grita, y antes de procesarlo ya está corriendo hacia mí. La levanto sin pensarlo, con sus piernas alrededor de mi cintura, riendo como si el mundo fuera perfecto. —¡Gracias! —dice, y acercar sus labios a los míos es lo más natural del universo. —Ha sido un placer, princesa… La forma en que me mira… La forma en que me desea sin decirlo… Estoy perdido. Sus dedos se enredan en mi cabello y mis manos ya no saben dónde sostener tanta tentación. —¿Hay algo que tú no sepas hacer? —me provoca. —De seguro muchas cosas… —respondo. Ella niega, dulce y devastadora. —Lo dudo… eres bueno en todo… Y me besa. Me besa como si el mundo ardiera. Mi boca se hunde en la suya con hambre, con necesidad, con ese deseo que solo ella despierta. Camino con ella pegada a mi cuerpo, sin romper el beso, como si fuera parte de mí. La siento recorrerme la espalda y querer quitarme la camiseta. No puede, porque le gano en altura y se frustra, lo que me parece adorablemente sexy. La llevo a una reposera junto a la piscina y me siento con ella sobre mí. Su cuerpo se acomoda perfecto, como si así hubiese sido siempre. Mis manos recorren su espalda y, sin detener el beso, le quito el sujetador deportivo. Ver sus pechos desnudos rozando mi torso me deja sin aire. Ella me quita la camiseta. Yo pierdo la cabeza. —Te amo —le digo, con los dedos ya rozando su pantalón corto. Ella se levanta un poco para ayudarme a quitarle la ropa. Luego me quita la mía. Quedamos desnudos bajo el sol, rodeados de ese jardín enorme… Y no puedo recordar un lugar más perfecto en mi vida. La sensación de su cuerpo sobre el mío es un castigo y un cielo al mismo tiempo. Su sexo roza el mío, lento, provocador, y los gemidos que se me escapan son imposibles de esconder. —Me estás volviendo loco… —susurro entre besos, mordiéndole el lóbulo. Y mis manos suben a sus pechos. El sonido que hace me incendia. —Es eso exactamente lo que quiero… —responde. Dios. La tomo de la cintura, sujeto mi erección y la guío dentro de ella. La escucho gritar de placer. Esa reacción… esa entrega… Me rompe entero. —Muévete así… —le indico, marcando el ritmo. Ella me sigue, me supera, me devora. Su cuerpo sube y baja sobre el mío con una manera de amar tan honesta que me deja sin defensa alguna. —Mmmm… —jadea, mientras aumento el ritmo. Yo la sostengo, la admiro, la deseo con una intensidad que jamás creí posible. Nuestras miradas se encuentran. Y verla así —feliz, libre, mía— es una visión que se quedará conmigo para siempre. De pronto su cuerpo tiembla. La siento perderse. La oigo gemir mi nombre. —No te detengas —me suplica, abrazándose a mí. Como si pudiera hacerlo. Aumento apenas el movimiento, y esta vez ambos caemos juntos. Un clímax brutal, íntimo, perfecto. Apenas podemos respirar. No quiero soltarla. Ella sonríe contra mi hombro. —Sí que eres un buen maestro, eh… Río, todavía sin aire. —Y tú una alumna excelente… aunque en esta materia yo también estoy aprendiendo contigo. —¿De qué hablas? —pregunta. La miro, acariciando su espalda desnuda, sosteniéndola como si fuera lo más valioso que tengo. —De que jamás había sentido tanto amor haciendo el amor… —confieso. Y es la verdad más grande que he dicho en mi vida.
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