Al día siguiente:
Despierto antes que ella. No sé en qué momento de la madrugada me quedé dormido, solo sé que amanecer con el cuerpo de Valentina pegado al mío es, fácilmente, el mejor milagro que me ha regalado la vida.
Tengo una mano en su cintura. La otra sobre su espalda, apenas cubierta por la sábana. Y no puedo evitar deslizar los dedos por su piel, suave, caliente… perfecta.
Ella sonríe apenas, todavía entre sueños. Y yo me pierdo.
Cuando finalmente abre los ojos y se gira hacia mí, siento ese puñetazo habitual en el pecho: Estoy enamorado hasta la locura.
—¿Estabas despierta? —le pregunto, fingiendo un tono ofendido.
En realidad, llevo media hora despierto… admirándola.
—Algo así… Quisiera empezar el día de otra manera, pero si alguien te ve salir de mi habitación, se dará cuenta de todo —dice con preocupación infantil, de esas que me derriten.
No puedo evitar reírme. Me acerco más. La abrazo fuerte.
—¿Qué? —protesta, adorable— ¿He dicho algo gracioso?
—Sí —le digo, mirándola como un idiota enamorado—. Es que te ves preciosa recién levantada… y con esa cara de preocupación.
—¡No es gracioso! ¡De verdad podrían enterarse de todo!
—No lo harán —aseguro, porque ya lo resolví. Todo.
—¿Y cómo puedes estar tan seguro? —insiste, mirándome fijamente.
La adoro cuando se pone así.
—Porque me encargué de que todos estén fuera de casa este fin de semana.
Su gesto cambia. La sorpresa pasa a picardía. Es increíble cómo una sola mirada suya puede incendiar mis pensamientos.
—¿Y puedo saber qué hiciste exactamente? —pregunta mientras enreda una pierna alrededor de la mía, consciente o inconsciente de lo peligroso que es eso para mi autocontrol.
—Les di franco a todos. Eliza les avisó después del mensaje que le envié anoche.
—¿Y cuál fue el motivo? —pregunta, provocándome más.
—Que estaríamos trabajando en lo de la rueda de prensa. Y que no queríamos interrupciones.
Sus labios se curvan en una risa irresistible.
—¿Y de verdad crees que te creyeron ese cuento?
—No tengo idea —admito riendo—. Pero como les pagué las vacaciones… no creo que se quejen demasiado. El punto, princesa, es que tú y yo podemos hacer lo que queramos este fin de semana.
—Me gusta mucho ese plan… —murmura acercándose, y mi cordura se tambalea—. ¿Te he dicho que eres increíblemente guapo?
Su comentario me atraviesa. La beso despacio, disfrutándola como si fuera la primera vez.
—Tú eres mucho más guapa… Y si me lo preguntas, deberías ser la imagen de la próxima campaña. Eres perfecta.
—Eso fue solo un halago, ¿verdad? —dice alarmada.
—No —respondo sin titubear—. Pero no tienes que pensarlo ahora.
Mis labios encuentran su cuello. Siento su respiración acelerarse. Sus dedos se hunden en mi cabello.
—Ahora solo quiero disfrutarte un poco más… —susurro contra su piel.
—Alex… —dice sobre mis labios.
—Dime, princesa.
—Muero de amor por ti.
La miro. Me mira. Y el mundo se detiene.
—Y yo por ti… —le digo bajito—. Te has convertido en el centro de todo mi universo, Valentina Ferrara.
[…]
Más tarde…
Preparo el desayuno. Sí, yo: Alessandro Mancini, experto en finanzas, estrategias legales y… aparentemente, hacer que la mujer que amo sonría desde la cama.
Ella me espera envuelta en la sábana y en esa mirada que me desarma.
—No puedes ser tan perfecto —dice cuando dejo la bandeja sobre la cama—. Eres apuesto, sexy, romántico, inteligente… y además cocinas. ¿Cuál es tu defecto?
Me río. Me encanta verla así: curiosa, enamorada, completamente mía.
—Tengo un humor de perros cuando me enfado… pero no creo poder enojarme nunca contigo —admito mientras me siento a su lado—. ¿Y tú? ¿Cuál es tu defecto?
—Lo insegura que soy…
—¿Insegura, tú? —repito sorprendido.
—Sí… A veces no me creo las cosas buenas que me pasan. Como tú, por ejemplo.
Sus palabras golpean suave. Hermoso. Y profundo.
Tomo su mano.
—Pues deberías creerte más. Quizás no puedas verlo, pero eres maravillosa en todos los sentidos. Tu padre tenía mucha fe en ti… y yo también la tengo.
Ella suspira.
—¿Siempre serás así conmigo?
—Siempre —respondo sin pensarlo—. Pero ahora… come.
Tenemos dos días para nosotros.
Ella ríe.
—No vamos a quedarnos todo el fin de semana en la cama, ¿verdad?
—No necesariamente —respondo divertido—. Podemos disfrutar de la piscina, de la cancha de tenis… de lo que quieras.
—Lo de la cama tampoco me desagrada —admite.
—Siempre se puede improvisar —respondo, y su sonrisa confirma que entendió perfectamente.
Sé que este será uno de los mejores fines de semana de mi vida. Porque todo lo que implica tenerla cerca…es exactamente lo que siempre deseé sin saberlo.