Al día siguiente.
El día más largo del mundo. Reuniones, informes, áreas operativas, empleados que preguntan, decisiones que tomar… Y mientras todo eso sucede, mientras ella trabaja duro, mientras demuestra una y otra vez que nació para este imperio…
Yo solo puedo pensar en ella.
En su manera de fruncir el ceño cuando se concentra. En su voz cuando intenta pronunciar términos en italiano. En lo perfecta que se ve incluso cuando está agotada.
Cuando entramos a la casa, lo primero que hace es quitarse los tacones y caminar descalza por el salón como si el piso la reconociera. Y yo… la observo.
—Te ves exhausta —le digo, cerrando la puerta detrás de nosotros.
—Lo estoy, solo quiero meterme en la bañera y relajarme…
La escucho. La siento. Y la deseo.
No puedo evitarlo: rodeo su cintura por detrás y la acerco a mí. Su espalda choca con mi pecho y su sonrisa aparece, suave, preciosa.
—Podemos relajarnos juntos si quieres —le susurro, y la piel se me eriza de solo decirlo.
Ella ríe nerviosa.
—Que nos van a ver y esto se supone que es un secreto.
—Es viernes —murmuro contra su oído—. Hoy todos tienen la noche libre… Eso significa que podemos besarnos donde queramos.
Sonríe y es mi perdición.
—Eso suena muy bien…
—Y se pondrá mejor si quieres —agrego, sabiendo perfectamente qué efecto tienen esas palabras en ella.
—¿Subimos? —pregunta.
No respondo. La abrazo más fuerte y camino con ella hacia la escalera.
Significa sí. Un sí tan grande como esta maldita mansión.
Cuando llegamos al segundo piso, no puedo evitar decírselo:
—Estoy muy orgulloso de ti, ¿lo sabes?
Ella me mira, confundida.
—¿Puedo saber por qué?
—Has aprendido todo el funcionamiento de la empresa en tiempo récord. A muchos les lleva meses, incluso años.
Me mira como si no creyera merecerlo.
—Tampoco soy una experta… solo sé lo necesario para defenderme. Pero no quiero hablar más de trabajo.
Entonces gira dentro de mis brazos. Quedamos frente a frente. Sus ojos verdes brillan aun cansados.
—En realidad yo tampoco —admito.
Le aparto el cabello del hombro, acaricio su mejilla… Y la beso. Valentina y yo nos besamos como si el mundo hubiera terminado. Ojalá terminara aquí.
—Quiero disfrutarte —confieso con desespero.
—Y yo a ti… —susurra entre mis labios.
—Anoche moría por venir a tu habitación —confieso, riendo bajo—. Odié que Eliza estuviera con insomnio.
Ella ríe.
—Esto de mantener lo nuestro en secreto se está complicando muchísimo…
—Lo sé —digo, aunque me cueste—. Pero por ahora es lo mejor.
—Ya sé… ahora no hables más de eso… solo bésame.
Y lo hago. La beso sin mesura, sin pausa, con urgencia. Mis manos recorren su cuerpo, memorizando cada curva, cada sonido que provoca en mí.
El vestido desaparece. Mi saco también. Mi camiseta. Su ropa interior. Mi pantalón.
No sé quién empezó a desvestir a quién. Solo sé que cuando la tomo por la cintura y la levanto, sus piernas se enredan alrededor de mí como si siempre hubieran pertenecido ahí.
—Te amo —me dice entre besos, su boca rozando mi cuello.
—Yo también te amo —respondo, completamente perdido en ella.
La llevo a la cama sin dejar de besarla. Su espalda toca el colchón, y me inclino sobre ella como si fuera un rezo.
Paso de sus labios a su cuello. De su cuello a su torso. De su torso a sus pechos.
El sonido que hace cuando la toco…Ese pequeño gemido… Me enciende más que cualquier palabra.
—Me fascinas… —le digo, besándola más, saboreando su piel, sintiendo cómo tiembla.
Bajo aún más. Ella gime, se arquea, me jala del cabello. Su cuerpo vibra bajo mi lengua, bajo mis dedos, bajo mi nombre.
Estoy a punto de perder la cabeza.
Subo a besarla con desesperación. Y cuando siento su mano bajando mi bóxer, sé que ya no hay vuelta atrás.
—Entra en mí ya… —exige.
La mirada que me lanza…Me destruye.
Dejo caer mi bóxer al suelo, tomo su rostro con las manos y la beso mientras me acomodo entre sus piernas.
Y de un solo movimiento… entro en ella.
Ella grita mi nombre. Yo gimo contra su cuello. Y el mundo desaparece.
—Me enloqueces… —le digo jadeando mientras me muevo dentro de ella, cada vez más profundo, más rápido, más perdido.
—Y tú a mí…
El sonido de su voz quebrándose, su cuerpo aferrándose al mío, mis manos recorriendo su piel…
Es demasiado. Todo es demasiado.
La cama golpea suavemente la pared con nuestros movimientos. No sé cuántos minutos pasan. Solo sé que los dos caemos juntos. En el mismo instante. En el mismo incendio.
Cuando por fin nuestras respiraciones logran estabilizarse, me apoyo sobre mis antebrazos para mirarla. Está preciosa. Desordenada. Exhausta. Brillante.
—Te amo demasiado… y admito que me da un poco de miedo —me dice, tocando mi rostro.
Me acerco, rozo su nariz con la mía.
—Los dos tenemos miedo —susurro—. Pero el amor funciona así… es para valientes. Y ambos lo somos por vivir esto a pesar del miedo.
Toco su mejilla. Bajo la mirada a sus labios. Me pierdo.
—Princesa… no quiero soltarte nunca. Estoy muy enamorado de ti.
Ella sonríe.
—Y yo de ti.
Y me besa. Y cada beso suyo es una promesa. Y cada promesa suya es exactamente la vida que quiero.
Con ella. Solo con ella.