UNA REALIDAD DISTINTA

895 Words
Termino de acomodarme la camisa justo cuando alguien golpea la puerta de la oficina. La adrenalina todavía me corre por la sangre. Acabamos de cometer la locura más deliciosa de mi vida… en su escritorio. Y el simple sonido de esos golpes hace que el corazón me estalle. Valentina responde: —¡Pase! Me escondo lo justo y necesario en el baño, fingiendo revisar el botiquín. Ridículo, pero necesario. La puerta se abre y escucho la voz de Matteo. Perfecto. Justo lo que necesitábamos. —Buenos días, señorita Ferrara —saluda él. Me acerco a la puerta entreabierta del baño para poder verlo. No debería. Pero lo hago igual. Lo observo mirarla con una seriedad que no le creo. La mira demasiado. Valentina le responde: —Buenos días, Mateo, ¿te puedo ayudar en algo? —¿Puedo sentarme? Me gustaría hablar un momento con usted. Ya estoy frunciendo el ceño. ¿Hablar de qué? ¿Y por qué esa urgencia repentina? Valentina lo deja pasar y ambos se sientan en las sillas frente al escritorio. Yo escucho todo. Y cada palabra que él dice me gusta menos. —Señorita Ferrara, creo que va siendo hora de que convoquemos una rueda de prensa para que las cosas se tranquilicen un poco. Rueda de prensa. Justo ahora. Justo después de tenerla desnuda entre mis brazos. Fantástico. —¿De qué cosas hablas? —pregunta ella. Es mi cue. Salgo del baño. —Gracias por el medicamento para el dolor de cabeza —digo como si fuera un excelente actor de telenovela barata. Miro a Matteo con total calma—. Perdón, no sabía que estabas aquí… solo buscaba una pastilla en el botiquín. Mentira. Una mentira patética. Pero la alternativa es que descubra que estuve enterrado entre las piernas de mi novia hace cinco minutos. Valentina lo apoya: —Justamente Matteo me estaba comentando algo de una rueda de prensa. La mirada de Matteo pasa sobre mí como si intentara atar cabos. Suerte con eso. —¿Rueda de prensa? —le pregunto directo. Matteo abre un folder y nos muestra portadas de revistas y titulares de periódicos. Veo el nombre de ella repetido, en mayúsculas, como si fuera una celebridad escurridiza. —Hablan de la misteriosa heredera del imperio “Salvatore Ferrara”. Valentina hojea los recortes. Yo observo su reacción. Ansiedad. Miedo. Confusión. Duele verla así. —Creí que tendríamos más tiempo para esto —digo. Matteo responde: —Ya ve que no. Esto genera incertidumbre entre proveedores, clientes… incluso bancos. Veo a Valentina tragar saliva. Esto la está golpeando fuerte, demasiado rápido. —¿Tú qué opinas, Alessandro? —me pregunta. La miro. Y el instinto protector se me despierta entero. —No tenemos muchas opciones —explico—. No queremos que las acciones de la empresa caigan. La muerte de tu padre ya fue un golpe duro. Ahora hay que demostrar certezas. Ella respira hondo. Decide. —Prepara todo para el lunes. Haré lo que deba hacer para que esto siga funcionando. Ahí está. La princesa valiente que me enamoró. —Así lo haré, señorita Ferrara —responde Matteo, se levanta y sale. Y cuando la puerta se cierra detrás de él… Valentina se desmorona un poco. —No estaba preparada para esto —dice, llevándose las manos a la cabeza. Me acerco sin pensar. Coloco mis manos sobre sus hombros y empiezo a masajearla despacio. —Todo irá bien, princesa. Tenemos la semana y el fin de semana para preparar una estrategia infalible —le murmuro. Ella suspira. La siento temblar. —Toda mi vida se volverá pública, ¿entiendes? Hasta ahora vivía en el anonimato. Y ahora todo parece caerse a pedazos… ¿y si esta no es la vida que quiero para mí? Mi corazón se retuerce. Giro su silla hacia mí, obligándola a mirarme. Me agacho frente a ella, al nivel de sus ojos. —Estoy aquí contigo, ¿sí? —le digo suave, firme, seguro—. No tengas miedo. Sé que es un cambio muy difícil… pero verás que poco a poco todo mejorará. Ella se abalanza hacia mí, rodeándome la cintura con sus brazos. Hundiendo su rostro en mi pecho. Mis manos bajan instintivamente a su cabello. —Te amo —me dice. Dios. Cada vez que lo dice… me desarma por completo. —Y yo a ti —respondo, sintiendo cómo mi voz se vuelve más grave de lo normal. La abrazo fuerte. Y entonces ella… Ella hace algo que me mata: Se pega más, demasiado. Demasiado para lo que acabamos de prometer. —Oye… —le digo sobre su cabello—, si me sigues abrazando así juro que voy a olvidarme de lo que acabamos de decir y voy a volver a hacerte el amor ahora mismo… Ella levanta la cara y sonríe. —Creo que me haría muy bien para calmarme —dice entre risas. Su voz. Su boca. Su cuerpo tan cerca. Estoy al borde del desastre. —Mejor en casa —contesto, riendo—. Ya hemos tentado a la suerte hoy. Ella asiente, resignada, tentadora. —Va… ahora pongámonos a trabajar en todo esto. Sí. Trabajo. Concentración. Profesionalismo. Y con ella sentada así, con ese vestido, con ese cuello, con esa mirada… Será un milagro si logro pensar en algo que no sea volver a tocarla.
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