Valentina está sentada a mi lado, tan cerca que cada tanto nuestras piernas se rozan. Intento concentrarme en la soprano, en la historia, en la música… pero es inútil.
Lo que realmente me altera no está en el escenario. Está justo aquí, respirando a unos centímetros, con ese vestido n***o que la transforma en algo que no esperaba ver nunca: una mujer capaz de hacerme perder la compostura sin siquiera intentarlo.
La miro de reojo.
El problema es que ella también me está mirando.
Nuestros ojos se cruzan y, como dos idiotas, desviamos la mirada casi al mismo tiempo. Me pasa por primera vez en muchos años. Me pasa con ella.
Qué ironía: vine a esta ópera para darle un momento de distracción. Y soy yo el que no está pudiendo pensar con claridad.
Intento mantener distancia, pero mis rodillas vuelven a tocar las suyas. Es accidental. Quiero creer que sí. Pero cuando ella levanta la mirada, cuando sus pestañas tiemblan apenas, sé que ambos sentimos ese contacto.
—Lo siento —susurro.
Retira la pierna… aunque no del todo.
Me estoy metiendo en un terreno peligroso. Lo sé. Laura está en otra ciudad, confiando en mí. Salvatore me encargó proteger a su hija, no complicarle la vida.
Pero cuando vuelvo a verla…
Dios.
Valentina no es lo que imaginé. No es frágil, ni ingenua, ni la niña apartada que muchos suponen. Es inteligente, sensible, transparente. Y ese vestido… ese maldito vestido…
Dejo escapar aire por la nariz, intentando recomponerme.
—¿Sucede algo? —le pregunto en voz baja cuando noto que respira agitada.
Quiero que me diga la verdad. Quiero saber qué piensa, qué siente, qué teme.
Pero ella solo responde:
—No, todo en orden.
Mentira. Lo sé. Lo siento.
Y aun así, respeto su silencio.
[…]
La función termina, pero no podría repetir un solo detalle de la obra. El 90% de mi atención estuvo puesto en ella. En no tocarla más de la cuenta. En no mirarla demasiado. En no… imaginar cosas que no debería imaginar.
Cuando nos ponemos de pie, ella parece lejos, perdida en sus pensamientos. Tengo que pasar mi mano frente a sus ojos.
—Valentina, ¿me escuchas?
Parpadea y vuelve a mí.
—Sí… perdón.
Sonrío. No sé si de alivio o de algo peor.
—Te invito a cenar. ¿Vamos?
Acepta enseguida. Y sin pensarlo, sin medirlo, tomo su mano.
Su mano.
La suya dentro de la mía.
Joder…
La siento temblar, pero no la suelto. Ni en el pasillo. Ni en el ascensor lleno de gente. Ni cuando la recepcionista del restaurante me mira como si yo fuera su próxima fantasía nocturna.
—Un tavolo per due, per favore —digo, sin soltar la mano de Valentina.
La recepcionista intenta coquetear. Me da igual. Hoy, aquí… solo la siento a ella.
Nos acompañan a la mesa. Le corro la silla. Me da las gracias con una voz que parece acariciar cada parte de mí que intento mantener bajo control.
Cuando me siento, la tengo enfrente. Perfecta. Peligrosa.
—¿Vino? ¿Champagne? —pregunto.
—Champagne —dice, y sé que está nerviosa por el tono suave, casi tímido que usa.
Ordeno en italiano. Ella se estremece. Lo noto. Tampoco digo nada.
—A ver, Valentina… —empiezo, intentando aligerar la tensión que, si pudiera verse, llenaría toda la habitación— ¿a cuántos chicos dejaste llorando en San Francisco?
La pregunta es estúpida. O quizá demasiado honesta. Quiero saber sobre ella. Quiero saber si alguien la quiso. Si alguien la vio realmente.
Ella abre los ojos sorprendida, y luego… se ruboriza.
Me preparo para una respuesta coqueta, o para algo que me ponga los celos en la garganta.
Pero dice:
—Que yo sepa… a ninguno.
Y el mundo se detiene.
La observo, realmente la observo. Una mujer como ella, tan preciosa, tan auténtica, tan llena de vida… ¿y nadie la vio? Nadie la buscó. Nadie la valoró.
Nadie le rompió el corazón.
No sé qué siento exactamente, pero sé qué nombre NO tiene:
No es lástima.
Es otra cosa. Algo mucho más peligroso.
—Hmm… —murmuro, inclinándome apenas hacia adelante—. Entonces los hombres de tu ciudad no sabían lo que tenían enfrente.
Ella baja la mirada. Y sonríe.
Esa sonrisa… Esa maldita sonrisa…
Me voy a arrepentir de esta noche. Lo sé. Pero por primera vez desde que llegamos a Italia, estoy disfrutando de algo. De alguien.
De Ella.
Y eso… me da miedo. Mucho más del que estoy dispuesto a admitir.