Valentina está sentada a mi lado, tan cerca que cada tanto nuestras piernas se rozan. Intento concentrarme en la soprano, en la historia, en la música… pero es inútil. Lo que realmente me altera no está en el escenario. Está justo aquí, respirando a unos centímetros, con ese vestido n***o que la transforma en algo que no esperaba ver nunca: una mujer capaz de hacerme perder la compostura sin siquiera intentarlo. La miro de reojo. El problema es que ella también me está mirando. Nuestros ojos se cruzan y, como dos idiotas, desviamos la mirada casi al mismo tiempo. Me pasa por primera vez en muchos años. Me pasa con ella. Qué ironía: vine a esta ópera para darle un momento de distracción. Y soy yo el que no está pudiendo pensar con claridad. Intento mantener distancia, pero mis rodilla

