Valentina lleva dos horas arreglándose. Lo sé porque llevo exactamente ese tiempo revisando, sin poder concentrarme, los mismos documentos en la sala de estar. Y porque cada tanto escucho pasos, puertas, cajones, el secador. Estoy inquieto. No debería estarlo. No por esto. No por ella.
Me ajusto el esmoquin frente al ventanal. Parezco tranquilo, pero no lo estoy.
Desde que llegamos a Milán, algo en mí cambió. Algo que intento controlar, pero que se escapa cada vez que ella me mira, o sonríe, o dice mi nombre con esa voz suave.
—Basta, Alessandro —me digo. Estás comprometido.
Escucho sus pasos en la escalera y me doy la vuelta.
Y entonces la veo.
Valentina desciende como si el mundo se hubiera detenido para mirarla solo a ella.
El vestido n***o le abraza la cintura y cae con una elegancia que no es de alguien que está “aprendiendo a ser ejecutiva”. No. Esta mujer nació para reinar en un teatro como este.
Se queda quieta en el último peldaño.
Y yo… me quedo sin aire.
Me acerco, incapaz de ocultar lo que me provoca verla así. Extiendo mi mano.
—Te ves increíble —digo, y por primera vez, mi voz no obedece a la prudencia, sino a lo que siento.
Ella sonríe tímida, nerviosa. Una sonrisa que no debería hacerme nada y sin embargo me hace demasiado.
—Tú también te ves increíble —responde.
Tomo su brazo. El contacto es leve, pero recorre mi piel como electricidad contenida.
—¿Lista para una noche inolvidable?
—Me hace falta —susurra.
No lo digo, pero a mí también.
[…]
En el auto intento mantener la compostura. Es ridículo lo difícil que se vuelve cuando está a centímetros de mí, con ese perfume delicado y ese vestido que me hace olvidar que esto no es una cita.
—Supongo que este vestido también lo elegiste tú —dice, jugando con su bolso.
Sonrío.
—¿Lo preguntas como elogio o como crítica?
Ríe. Dios, esa risa.
—Si no me hubiera gustado, no me lo habría puesto.
Me tenso. Siento el pulso subir.
—Entonces puedo decir que tengo buen gusto para escogerte la ropa.
Ella baja la mirada y dice algo que no esperaba.
—Seguro le quedaba mejor a la modelo que lo usó antes.
Niego. Lo digo sin pensar. Sin filtros.
—Te queda mucho mejor.
Cuando me escucha, algo en sus ojos cambia. Y yo también lo siento. La línea que no debo cruzar se vuelve peligrosamente delgada.
—Perdóname… no sé por qué dije eso —murmuro, intentando controlarme.
Pero sí lo sé.
Lo dije porque es verdad.
[…]
La entrada del teatro está llena de luces, gente, flashes. Milán entero parece estar aquí. Bajo y le ofrezco la mano. Cuando la toma, siento cómo tiembla… y cómo me tiemblo yo también.
—¿Esta gente te conoce? —pregunta.
—A ti. Desde que murieron tus padres, todos supieron que existías. —Miro hacia arriba—. Hasta antes de eso, creían que no había heredero.
Ella respira hondo. Sé que este mundo la abruma. Lo veo en su cuello, en sus hombros tensos, en la forma en que aprieta mi brazo buscando apoyo.
Y sí, la acerco un poco más a mí.
No debería. Pero lo hago.
—Tranquila —le digo—. Estoy contigo.
[…]
Dentro, el teatro es una obra maestra. Ella lo mira todo con una mezcla de asombro y vulnerabilidad que me quiebra un poco.
—¿Quieres una copa? —le ofrezco.
—Sí, claro.
Vamos hacia la barra, pero antes de pedir, escucho una voz familiar:
—¡Alessandro Mancini!
Antonio Quiróz. Siempre hablador, siempre efusivo.
—Antonio —respondo, estrechándole la mano—. Qué sorpresa verte aquí.
Él mira a Valentina de arriba abajo, sonriendo.
—Tienes una novia muy guapa, Alessandro.
Ella se sonroja. La garganta se me cierra un segundo.
—No… —me apresuro a aclarar—. No tengo tanta suerte. —Trago saliva—. Ella es la hija de Salvatore Ferrara.
Antonio cambia de color.
—Disculpe, señorita… —balbucea, completamente avergonzado—. Un placer.
Se va rápido, casi huyendo.
Valentina me mira, entre confusa y divertida.
—Bueno… eso fue extraño.
—Sí —admito. Me acomodo el cuello del esmoquin—. Y lo que dije también.
Ella parpadea.
—¿Qué quisiste decir con que “no tenías tanta suerte”? —pregunta, sin decirlo directamente, pero preguntándolo todo.
No sé qué demonios me pasa. Quizá la música del teatro, quizá esta noche, quizá esa manera en la que me mira…
Bajo la voz.
—Nada… cosas que no debería decir.
Valentina entrecierra los ojos, tratando de entender. Y yo trato de no volver a decir lo que siento.
Laura está lejos. El mundo está mirando. Y aun así…
Cuando la miro… todo en mí late distinto.
Algo está cambiando. Y no sé si voy a poder detenerlo.