¿Qué número es?

1510 Words
La pequeña de siete años se presentaba sonriente. - ¿Qué haces aquí? - ¿Acaso hay algo de malo en querer participar? - Sí… es un juego dónde el perdedor tendrá un castigo muy malo… ¡No puedes estar acá! - ¿Acaso tienes miedo de perder? Los demás presentes empezaron a cuchichear de manera burlona. - No… Sara, éste no es un buen lugar, por favor, si quieres observar hazlo, pero no participes directamente. - No veo un representante de segundo, así que tomaré la iniciativa – mencionó y con su mano arrastró hacia atrás la silla que se encontraba vacía para sentarse. - ¿Acaso no me escuchaste? – insistía Lucas pues no quería ver a su hermana sufriendo las consecuencias de su acto irresponsable. - ¡Iniciemos muchachos! – lo ignoró por completo. El niño resignado, agarró la baraja y la partió a la mitad. Luego, con un movimiento hábil, logró que cayeran en cascadas para que se mezclaran uniformemente. Al hacerlo con todas, volvió a partirla a la mitad, repitió el proceso y las acomodó amontonadas en su mano. Comenzó a repartir de una en una, iniciando por el adolescente de barba escasa. - Una, dos, tres, cuatro, cinco – tras una pausa que duró un instante, observó a Sara. Y seis. Repitió el movimiento cinco veces hasta que las cuarenta y dos cartas fueron repartidas de manera equitativa entre seis. - Para los que aún están dudando, volveré a repetir las reglas del juego. - ¡Ya los sabemos! Hemos hecho esto cientos de veces – interrumpió Marcos impaciente. - Lo sé, pero quizás hay alguien en la mesa que no – se refirió directamente a la pequeña. - ¡Oh! ¿Te preocupas por mí? Está bien… para serte sincero no sé de qué va esto – pronunció con una sonrisa de oreja a oreja. - Primero piensa dónde te estás metiendo… está bien – continuó con su discurso. El juego consiste en que cada uno tendrá un mazo inicial de cinco cartas. Por turnos, cada uno arrojará una de las que tenga boca abajo, pronunciando así un número del uno al doce. Si alguien siente que esa persona mintió al momento de arrojarla, podrá llamarlo mentiroso, y al acusarlo, deberá revisar la carta. Si es el número que afirmó, el acusante deberá tomar toda la baraja que se encuentre en el centro, en el caso de haber mentido, el acusado deberá hacer lo mismo. En la primera ronda no se puede acusar, tienen que esperar a que se acumulen al menos seis cartas para iniciar con el juego. El último en deshacerse de sus naipes… será el perdedor. - ¡Uy me gusta! – musitó la chiquilla. Y el ganador ¿Qué se lleva? - Nada… no hay ningún premio, aquí se castiga al perdedor pequeña, te digo que no tienes ni idea en lo que te estás metiendo, por lo tanto, quién quedé de último tendrá que pasar toda la noche encerrado en los baños… dónde, por cierto, escuché que una niña se aparecía en las horas de la madrugada… De nuevo todos empezaron a susurrar acerca de los rumores que infundía el anfitrión del evento. A esa edad es muy común que se generen mitos y leyendas acerca de lugares tan comunes. Quién no fue traumatizado el cuento de que antes de ser una escuela, todo eel terreno era un tétrico cementerio o incluso un zoológico. Los relatos que mencionaban que en cierto salón algunos estudiantes habían jugado la ouija y habían sido poseídos. Todos estos rumores que alimentaban el morbo y aceleraban nuestro corazón de pequeños. Pues bien, en éste colegio corría el rumor de que la famosa leyenda latina "La pata sola" había asesinado vilmente a una profesora llamada Michelle mientras organizaba el salón de clase. Era un relato que de generación en generación venía causando estragos en las mentes de todos los estudiantes que se acercaban al baño y siendo la protagonista de numerosas bromas propiciadas por los chicos de los cursos más avanzados hacia los pequeños. Supuestamente, una profesora de la jornada de la tarde, se había quedado hasta las ocho de la noche corrigiendo las evaluaciones finales de biología de sus estudiantes. Se encontraba sentada en el escritorio, cuando de pronto un estruendo gigantesco sacudió el ambiente y llamó claramente su atención. El sonido como si un jinete de metal se hubiera caído de un segundo piso sacudió todo el lugar, que para su mala fortuna, se encontraba desolado. Ni siquiera el guardia de seguridad se encontraba cerca al lugar. Decidió ir a ver, armada con una regla de metal de apenas treinta centímetros, lo cuál no es muy inteligente si las sospechas era que un ladrón había irrumpido en el centro educativo. Al notar que el ruido provenía del baño, se asomó con cierto miedo al lugar. Cada paso que daba hacía que sus piernas temblaran. Al estar a menos de dos metros del lugar, un estruendo volvió a sacudir el lugar. Justo cuando por su mente recorrió el pensamiento de girar su cuerpo y salir corriendo del lugar, pero apenas dirigió su mirada hacia atrás, la sombra de una mujer se asomaba. Quedó petrificada. La sombra danzaba hacia adelante, saltando en un solo pie, no de alegría, sino porque era la única extremidad funcional que tenía. La izquierda se encargaba de darle movimiento a esa figura que poco a poco salía a la luz. Una mujer, con el cabello destruído, muy acabada, con el torso desnudo. De aproximadamente unos 50 años, posaba con sus dos brazos en la espalda. Las caras de las mujeres quedaron frente a frente. El aliento de la pata sola era horroroso. Petrificada, no pudo hacer absolutamente nada cuando el demonio alzó sus brazos con un cuchillo y la apuñaló aproximadamente diez veces... o eso es lo que se cree, debido a que el relato ha sido modificado a lo largo del tiempo, llegando a narrar cifras de hasta 21 puñaladas. Volviendo a la realidad, el pequeño miraba a todos fijamente en la mesa. - Ya saben lo que pasó en el baño, así que quién quiera retirarse, debe hablar ahora y dejarle el cupo a alguien que si tenga la valentía para jugar. Nadie movió un solo dedo para infortunio de Lucas. Esperaba con el corazón en la mano que su hermana recapacitara y aceptara que estaba cometiendo un grave error. El orden de ubicación era el siguiente: En la cabeza de la mesa se encontraba el anfitrión. A su derecha se ubicaba Giovanni quién observaba desconfiado a su alrededor, seguido por Nikolas. Al lado del chico mayor, se encontraba Miles quién reclamaba a Marcos que no le fisgoneara las cartas, que lo estaba observando. Por último, pero no menos importante, estaba la pequeña Sara, lista para batallar contra el que fuera, sin importar que se acabara de enterar de las reglas del juego. Todos voltearon sus barajas y algunos gestos indicaron que estaban inconformes con los números recibidos. Era una estrategia común para dar a entender que tenían un mal mazo de cartas, pero a la hora de la verdad, tenían herramientas para realizar un gran juego. Lucas inició la ronda soltando un siete a la mitad de la mesa. - ¡Siete! – afirmó seguro de sí mismo. Posteriormente, Giovanni agarró la carta que tenía en la mitad. - ¡Nueve! – mintió, debido a que el valor que tenía la carta era un as de bastones. El turno fue para Nikolas. - ¡Doce! – dijo, dejando ver en su rostro que estaba seguro de que ganaría. - ¡Uno! – dijo el pequeño afroamericano. - ¡Tres! – indicaba Marcos, quién disimuladamente había intentado descubrir sin éxito qué cartas tenía la persona a la izquierda. - ¿Entonces tengo que botarla yo? – preguntó la hermana de Lucas, aún confundida. - Sara, de verdad ¿Por qué haces esto? ¡Ni siquiera sabes jugar! ¿Qué haces aquí perdiendo el tiempo? Sabes de sobra que no me gusta que te involucres en mis asuntos, pero ahora me parece descabellado que estés aquí, simplemente no tienes la capacidad para jugar, entiéndelo de una vez. - Pregunté si la arrojo ahora – respondió la niña con un tono que denotaba seriedad. - ¡Sí hazlo! – mencionó Nikolas. Vamos Lucas, no seas tan duro con ella, si quiere jugar está bien, no tiene nada de malo. - ¿Cómo que no? ¡No dejaré que mi hermana pase una noche completa en encerrada aquí en el colegio! - ¿Y quién no dice que serás tú el perdedor? – interrumpía de nuevo la pequeña con ímpetu. - Así es muchacho ¿Por qué asumes que perderá? – volvía a la carga el chico mayor. - Está bien… continuemos. La chica afirmó haber arrojado un diez cuando en realidad su carta mostraba un cinco de copas. - ¡Voy con tres! – afirmó Lucas. - ¡Mentiroso! – acusó Sara. La ronda de muerte súbita había comenzado.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD