Todos permanecían expectantes debido a la primera acusación en la sala.
- ¿Cómo has dicho? – preguntó el niño.
- Que eres un mentiroso, vamos levanta la carta – señaló su hermana con actitud confiada.
La respiración se tornaba tensa. Algunos intentaban descifrar la cara que ponía el acusado para observar el patrón de su comportamiento para futuras jugadas. Para tener tan corta edad, eran unos genios.
En el pozo reposaban trece cartas que tenían dos opciones. O se iban para la mano de la chica, o a la de su hermano, todo dependía en si había dicho o no la verdad a la hora de afirmar que la última carta era un tres.
- Voltéala – sugirió la pequeña.
- Tranquila, en un instante lo hago.
En un movimiento muy fugaz, volteó el naipe con su mano derecha.
Todos posaron la mirada.
Algunos espectadores se acercaron un poco más al no alcanzar a divisar el número.
Marcos se sorprendió.
Nikolas esbozó una pequeña sonrisa.
Los demás se encontraban inexpresivos.
La carta dibujaba un as de oro.
Lucas perdió la primera ronda, y ahora contaba con diez cartas en su mano.
- ¡Sí! ¡No lo puedo creer! ¡Gané! ¡Gané!
No lo podían creer. La pequeña que había llegado de imprevisto daba la sorpresa al acusar en la primera ronda y aumentar el tamaño de la colección del anfitrión.
- ¡Perdóname hermanito!
- No pasa nada – respondió con indignación.
La nueva ronda inició de nuevo.
Los seis arrojaron de nuevo la misma cantidad de cartas al pozo.
Iniciaba la ronda acusatoria.
- ¡Doce! – indicó Lucas lanzándola fuertemente con su brazo.
Giovanni lo observó con sospecha, pero calló.
- ¡Doce! – repitió el siguiente.
«Según entiendo, han lanzado dos doces, pero puede ser mentira, así que voy a sembrar la duda sobre aquel número, debido a que lo tengo» pensaba Nikolas, quien tenía dos doces y, según eso, las cuatro variantes del número podían ya estar en juego, así que mintió.
- ¡Doce! – afirmó mientras arrojaba un siete de copas.
- ¡Tres! – continuó Miles.
Lucas sabía que el chico había mentido, pero al ser el que tenía más cartas en la mesa, no quería arriesgarse a acumular más, así que lo dejó pasar.
- Nueve – prosiguió el quinto jugador.
- ¡Doce! – gritó la chica.
Todos se voltearon a mirar entre sí. Habían arrojado tres números iguales en la misma ronda y era casi improbable que de nuevo se presentara.
Por más que le haya hecho una acusación, Lucas no pensaba atacar directamente a su hermana, porque sabía lo que significaba, pero estaba seguro que alguien estaría dispuesto a retarla.
Por su parte, Nikolas lo tenía claro. Él tenía en su posesión el doce de bastones y el doce de espadas, y anteriormente habían afirmado tener el de copas y el de oro, así que era prácticamente imposible que la chiquilla hubiera lanzado uno.
- ¡Mentirosa! – la acusó sin piedad el adolescente. Estoy seguro que debajo de esa carta hay otro número al que has dicho.
Varios espectadores se emocionaron con la jugada que acababan de presenciar.
- Hermano – mencionó Sara dirigiéndole la mirada. En este caso ¿Debo levantar la carta? O lo hace uno de ustedes.
- Hmmm, bueno, para más emoción del público podríamos contar con un dealer que se encargue de mostrarnos el valor real de los naipes… así que ¿Quién se ofrece a hacerlo?
Varios chicos empezaron a forcejear y levantar la mano para ser partícipes del gran juego.
No se tomó una decisión hasta que uno de los mejores amigos del chico de la barba delgada irrumpió en la escena.
- Si necesitan a alguien que modere, yo puedo servirles – indicó en voz alta, era un pelo más alto que su compañero del grado octavo.
- Está bien Logan – aceptó el organizador, conocía su nombre porque había jugado varias veces contra él. Serás encargado de mostrarnos el valor de la carta cuando alguien sea acusado y de no permitir que esto se salga de control.
- Está bien – dijo mientras se inclinaba levemente en la mesa para levantar el naipe que había sido lanzado por la chica.
Todos expectantes clavaron de nuevo la mirada en el centro de la mesa.
- ¿Están listos?
La cara de la chica denotaba resignación.
Observó a su hermano.
- Lucas, creo que metí la pata.
- ¿Eh?
Lentamente, Logan utilizando las yemas de los dedos levantó el cartón.
Lo levantó completamente con vista hacia el público.
La niña volteó su cabeza, no quería ni mirar.
La carta era de oro… el número doce.
El rey de oro.
Significaban doce cartas más para Nikolas.
- ¿Cómo puede ser posible? – gritó desesperado.
Todo el mundo asombrado, observaban cómo la niña se regodeaba en su actuación.
- ¿De qué te ríes maldita niña?
- Es que te hice creer que habías ganado, eso quiere decir que estabas muy seguro de que yo no tenía un doce, probablemente porque tu los tengas.
El adolescente observó las cartas, ahorra que tenía dieciséis en total. Tenía tres doces, los dos que portaba inicialmente y el que acababa de tomar de la pequeña, eso significaba que sus dos compañeros anteriormente habían mentido.
- ¡Significa que ustedes!
- No me digas que fuiste tan ingenuo – le recriminó Giovanni. Estamos en un juego ¿Recuerdas? Y no por ser el más grande de todos significa que tienes asegurada la victoria.
- Tengan en mente que la idea no es ganar, sino no ser el último – pronunció Lucas, sorprendido de la habilidad de su hermana, quién reía descontrolada en su silla.
- ¡Maldita niña! ¡Me las vas a pagar!
- ¡Ey! ¡Nikolas! Respeta, le llevas casi diez años, no tienes porque tratarla de esa manera.
- ¡No me importa! Haré que caigan tú y aquella engreída, no tendré piedad sólo porque son unos chiquillos inmaduros.
- No le pongas atención Lu, está enojado, si me hubiera pasado estaría igual, sólo que… yo no soy tan estúpida.
El salón se descojonó de la risa por completo. Al parecer, la actitud pícara de la pequeña estaba creando admiración a su alrededor.
- ¡Ya verás niñita engreída! – amenazó.
Los hermanos se dirigieron una mirada cómplice.
Se iniciaba una nueva jugada.
Lucas y Nikolas eran los que más tenían cartas en sus manos.
La primera ronda transcurrió con apenas una mentira de la chica, quién había vuelto a afirmar que tenía un doce, arrojando un dos de espadas.
El público estaba expectante y añadiendo cizaña para que los distintos jugadores se vieran tentados a jugársela.
Pasó una segunda ronda en dónde la tensión fue protagonista.
- ¡Siete! – nombró el primer jugador.
- ¿Qué dijiste? – mencionó su hermana con los ojos a medio cerrar, indicando sospecha absoluta.
- Siete.
«¿Qué están haciendo estos dos? De seguro es alguna estrategia para que piensen que está mintiendo» aseguró el adolescente para sí mismo.
- ¡Estoy seguro de que miente! Pero no le haré eso a mí hermanito – sonrió Sara.
- ¿Qué haces? ¡Si me estás acusando deberías ser tú la que pronuncie la palabra, no los demás!
- No tengo interés en que te comas tantas cartas, además, me queda solo una para ganar, así que no me preocupa.
- ¿Entonces por qué nos afirmas eso? – preguntó Marcos intrigado.
- Porque básicamente conozco a mi hermano y sé cuando está mintiendo… y tiene toda la cara de estar haciéndolo.
- ¿Acaso nos vas a decir esto cada vez que pase?
- Sí, mientras esté en juego lo haré.
- Yo confiaré – agregó de nuevo el pequeño Marcos.
- ¿Qué haces Sara? ¡No tienes derecho a hacer eso! – recriminó su hermano.
- Sí, si lo tengo…
- ¡Esperen! – gritó el del bigote prematuro. No sean ingenuos ¿Acaso creen que lo que hacen estos dos es real? ¡Simplemente están actuando para que caigamos en su trampa! ¡Así nos llenarán de cartas y saldrán triunfadores!
- ¿Eso crees grandulón?
- Estoy seguro, pequeña diabla.
- Mentiroso – interrumpió por fin Marcos.
- ¿Qué? – gritaron los espectadores al unísono.
- Sí, acuso a Lucas.
El pequeño, resignado, no tuvo más opción que indicarle al dealer que destapara la carta.
Logan se apresuró a estirar el brazo.
- Y la carta es – tomó una pausa mientras hablaba para agregar más tensión. En efecto, un siete de copas, serían doce cartas que se lleva Lucas.
Nadie pudo ocultar su sorpresa.
¿Había sido capaz Sara de vender a su hermano mayor?
- Menuda asquerosa… mira que vender a su propio hermano – le dijo Nikolas.
- ¿Qué tiene de malo? ¿Acaso no jugamos para divertirnos? – finalizó la única chica en la mesa.