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2673 Words
— ¿Cómo te sientes? Dejó escapar el aire por sus labios, y alzó sus dedos sobre su rostro para contemplar sus uñas como si fueran lo más interesante en el mundo. La psicóloga sentada en un sillón rojo a su lado prosiguió a anotar "quien sabe que" en su elegante libreta que a una sola ojeada se veía costosa. Al final dejó caer sus manos con fuerza contra su abdomen y giró la cabeza para mirar a la mujer de cabello n***o y ojos grandes, semi escondidos bajo los anteojos redondos de marco fino dorado sobre el puente de su nariz. —Es una pregunta difícil de responder. Siento muchas cosas, a toda hora, a cada minuto. Sentimientos que no entiendo, y otros que comprendo un poco más. — Habló en voz baja aunque la psicóloga asintió atenta a cada palabra que había logrado escuchar, y acomodó la libreta sobre su regazo dejándole en claro que tenía todo su interés. — Es confuso y abrumador y sea cual sea su causa, siempre llegan a un mismo final. La psicóloga empujó sus anteojos hacia delante por el puente de su nariz y cruzó la pierna sobre la otra. Dalia mojó sus labios y volvió a alzar sus manos para mirar sus uñas. Ahí estaba, la señal de que otra vez se ausentaría de la charla, y no hablaría hasta creerlo conveniente, o hasta salir de los parámetros de la imaginación y los pensamientos de su mente. Pasaron unos minutos, hasta que tras un carraspeó impaciente de la psicóloga la muchacha regreso al mundo real y parpadeó. Está vez tomo una postura diferente y se irguió quedando sentada recta en el sillón familiar gris. — ¿Qué final?— Le preguntó la mujer observándola con sus grandes ojos negros. La muchacha no se sintió cómoda con la intensidad de su mirada y corrió la vista a la cortina gris que cubría el gran ventanal de la habitación. Arrugó la nariz dándose cuenta lo desagradable que le parecía el rojo y el gris combinados, esos colores se intercambiaban en cada cosa que decoraba ese espacio de cuatro paredes. — ¿Dalia? — Desesperación — Respondió con la voz monótona. Eso le causaba verse atrapada en ese lugar con colores tan horrendos que si seguía ahí los vería hasta en sus sueños. — ¿Desesperación?— Repitió la psicóloga atrayendo la mirada de la muchacha. Ella se inclinó hacia delante, apoyando su mentón entre sus manos y resopló. — Debería cambiar los colores de la habitación. No le vendría mal la recomendación de un profesional.  — Comentó con las cejas alzadas y una mueca de lado dándole un último vistazo. La psicóloga miró a su alrededor y se encogió de hombros. — Puedo considerarlo. — Le medio sonrió la mujer, y volvió a colocar sus piernas rectas por el calambre que se le empezaba a formar en la pierna que estaba debajo. — ¿Todos llevan a ese punto? ¿La desesperación? —No. No es desesperación — Afirmó con seriedad. Sus ojos miel viajaron otra vez a la psicóloga y agregó. — Tengo un hueco en el pecho, como si fuera solo un envase vacío. Se volvió más latente con el tiempo, supongo que por todo lo que ha pasado. — ¿Sabes desde cuándo? Dalia esbozo una sonrisa triste, sus ojos reflejaron una melancolía que solía aparecer solo en las noches de soledad. ¿Qué si sabía? Por supuesto que lo recordaba, lo recordaba todo el tiempo, porque jamás había logrado superarlo. Llevó un mechón rebelde que caía sobre su rostro haciéndole cosquillas en la nariz. El silencio fue su única respuesta.        — ¿Qué sabor tiene? — Le preguntó su amigo una vez que ella bebió el primer tragó de Soju. Dalia estiró una pequeña sonrisa decepcionada. — Está amargo.  2011 Dal-Hayal era una ciudad costera. Ubicada al norte de la provincia de Gangwon-do, en Corea del sur, entre las ciudades de Sokcho en su lado sur y Goseong en el extremo norte, contaba con un poco más de treinta mil habitantes y una variedad extensa de maravillas naturales, tales como las playas Chubda, llamadas así por sus frías aguas, situada en el este del mar del j***n y el bosque al oeste de la ciudad que se conectaba con las montañas Sogsag-ineun, otorgadas de esa manera por una vieja leyenda que decía que los espíritus protectores de la naturaleza vivían en las montañas y debatían sobre los castigos que se les daría a los que dañaban su hogar. Al final los que no podían dormir, oían los susurros en la noche, provenientes de las montañas. Sin embargo no solo el lado rural era famosa en la provincia. Su parte urbana contaba con un lujoso centro de altos edificios modernos y costosos vidriados, y los mejores restaurantes con los platillos más famosos en toda Corea del sur por su frescura y minuciosa preparación y elección de ingredientes, como el abadejo asado, el Sundubu o el Sanchaejeongsik. La comida, y los lugares para visitar, eran el principal motivo del alto turismo y fuente de ingresos en los habitantes de Dal-Hayal. Jeong Dalia, una muchacha de diecinueve años y estudiante de segundo año en la universidad de Dal-hayal, veía como el paraíso en la tierra a esa ciudad. Pese a no haber nacido y crecido sus primeros años de la infancia allí, se enorgullecía de los placeres que ofrecía Dal-hayal a que apreciaba como si fuera su ciudad natal. Estaba atada de pies y manos a ese lugar, y más de una vez había confesado querer morir allí, y si era posible, en el acantilado Deudneun-dal (Luna oyente), su lugar favorito, con la vista más celestial y conmovedora que había visto nunca. — ¡Dalia!, ¡deja de fantasear y termina de empacar!— El grito de su madre se oyó por el pasillo, y la muchacha quien segundos antes se encontraba apoyada en el marco de la ventana de su habitación, se sobresaltó y su codo se deslizó hacia delante golpeándose con el borde del marco de madera. —Auch. — se quejó frotándose el codo con violencia en medio de una mueca. — Ella grita tanto. Tomó las últimas prendas que quedaban sobre la cama, y las doblo con cuidado para evitar arrugas en la tela. El toque en su puerta le hizo alzar la mirada y sin darle tiempo a responder, su madre entró con el ceño fruncido y los cabellos parados por haber corrido por toda la casa. La había estado escuchando desde antes que se levantara, como daba vueltas por todo su hogar dándole una y mil órdenes a su padre. Al contrario de Dalia, su madre parecía un torbellino de emociones chispeantes y alterados, sin embargo fue inevitable que la chica no sintiera de pronto los nervios y la ansiedad por regresar a la universidad. Sus pensamientos que antes estaban viajando por el acantilado, y el deseo de ir allí, fueron suplantados por una ola de presión. — ¡Deja de mirarme así, me pones nerviosa!—Le reprochó Dalia, pero fue demasiado tarde, su mirada había surgido efecto y por causa de ello ahora miraba su maleta con pegatinas de lobos con nervios, preguntándose si no se olvidaba nada importante. Contó con sus dedos las prendas y libros que había guardado, eran siete remeras manga larga, cinco manga corta, tres shorts iguales pero de distintos colores, tres jeans, dos blusas, cuatro pullovers, tres vestidos, dos abrigos de lana, dos tapados largos y dos pares de zapatillas extras. En eso, abrió los ojos exaltada y se inclinó a contar sus libros, estaban ordenados en alfabeto y eran todos sobre información de lobos, su habitad, sus características, tipos, comportamiento, todo sobre ellos. Se espantó al ver que le faltaba uno. Corrió a la estantería de libros, y paso su dedo por ellos buscando el que le faltaba, cuando lo encontró, formó una sonrisa y lo agarró delicadamente para suspirar. Se sintió más tranquila cuando lo acomodó entre sus libros. —Deberías estar lista hace diez minutos y ¡Mira ese cabello todo despeinado!—La peli azul formó una mueca y se alejó de su madre encogiendo su hombro. Vio entonces su lobo de felpa sobre la cama y se mordió los labios. Rápidamente lo guardo en su maleta y su madre suspiró. —No puedes llevarlo. Dalia la ignoró y chequeó la hora de su reloj y se apresuró a peinarse con los dedos. Su madre le apartó las manos de un manotazo y la peinó acomodando los cabellos de un lado a otro para formar una línea recta y perfecta sobre el centro de su cabeza. Con apuro se estiró hacia la mesita de luz y tomó una hebilla de perlas en forma de triángulo alargado, lo abrochó en el costado de su cabeza y sonrió satisfecha. —El azul queda hermoso con esa hebilla de perlas. — La alago. Dalia sonrió y miró para arriba. Se había teñido el cabello en las vacaciones porque ya estaba harta de su aburrido color n***o. Después de ver a una chica en el parque cerca de su casa con el cabello azul, se decidió a abandonar el n***o que tanto la había acompañado. Le había puesto nerviosa el cambio los días anteriores al cambio, tanto así que su madre le había regañado más de una vez que dejara de repiquetear con el pie. —Gracias mamá, pero debemos irnos. Llegaré tarde a tomar el tren. —Dijo mirando otra vez el reloj de su muñeca. —Tienes razón, le avisaré a tu papá, ya prepara tus últimas cosas ¿sí? En dos minutos salimos. Dalia asintió, y se inclinó a cerrar su maleta. Vio la chaqueta de mezclilla al lado de ella, y debatió si llevarla en el brazo o colocársela. Eran principios de marzo y la primavera apenas se asomaba, pese a que en la mañana de ese lunes había amanecido con frio, no parecía estar tan fresco en ese momento. Finalmente optó por no ponérsela y bajo la maleta celeste de arriba de la cama, para extender la manija, giró la cabeza hacía el espejo de cuerpo complejo que estaba a su izquierda y se examinó rápidamente para chequear que su vestimenta se veía bien. Empezaba su segundo año de literatura y había decidido cambiar su ropa colorida y estilo tierno que había usado todo el curso anterior, por algo más serio. El estilo minimalista le había causado gran interés, considerando que además de elegante y coqueto era simple y sencillo de combinar; ese día llevaba unos shorts de tela color blanco con un una hebilla circular que se ajustaba a su cintura y una camisa subida a los codos color marrón claro. El único inconveniente en su atuendo simple, pera su cabello azul que parecía desentonar con cualquier cosa que use, sin embargo no le molestaba, de alguna forma le gustaba resaltar. Antes usaba ropa colorida y cabello n***o, y ahora cabello azul con ropa de tonos simples. Prestó total atención a la hebilla que su madre le había puesto, y frunció el ceño cuando la vio ligeramente inclinada hacia abajo, la desabrochó y la acomodó para que quedara perfectamente recta. Le sonrió al espejo y tomó la maleta para marcharse de la habitación. Una vez llegaron a la estación de tren, Dalia se detuvo a despedir a sus padres. —Come bien y no te olvides de acostarte temprano. —Ya deja de molestar a nuestra hija. —La regaño su esposo. — Estudia mucho ¿Si? Dalia soltó una breve risa y asintió fervientemente. —Siempre me acuesto a las diez. Su madre le guiño un ojo y dándole un apretón cariñoso en el hombro de la peli azul, negó. —Confiamos en ti, recuérdalo. — ¡Cuídense, los quiero!— Se despidió la muchacha. Ingresó a la estación y en su boleto se fijó el horario, el tren llegaba en cinco minutos y hacía un recorrido de media hora hasta llegar a la universidad. Al contrario de otros estudiantes que venían de lejos, como Hana Kim, una de sus compañeras de cuarto que viajaba desde Sokcho y hacía un recorrido de alrededor de dos horas, ella podría considerarse afortunada en vivir tan cerca. Algunos estudiantes que vivían en la ciudad como ella, no se preocupaban en alojarse en los dormitorios de la universidad, sin embargo, ella disfrutaba de la comodidad y la libertad de estudiar cuanto pudiera, sin preocuparse por llegar tarde a las clases, o ver las peleas mañaneras y absurdas de sus padres. —El próximo tren llegará en un minuto. —La voz de una mujer sonó por los altavoces y Dalia se apresuró a llegar al andén. Con la maleta al lado, observó la dirección por la que llegaría el tren y suspiró, estaba tan emocionada como nerviosa. Los nuevos comienzos siempre le causaban una sensación no sabría si decir placentera o desagradable, de incertidumbre. Muchas veces le daban tal impresión positiva que saltaba de un lado a otro para que llegará y otras le atemorizaba tanto que no lograba controlar sus impulsos de huir y esconderse en su cuarto. Por eso siempre recordaba las palabras de su padre; sin concentración no hay control, por lo cual trataba siempre de tener concentración sobre sí misma. El tren finalmente llegó a la estación, y Dalia esperó quieta tras la franja amarilla, junto a una ronda de gente a que las puertas se abran. Se adentró y buscó un asiento vacío al lado de la ventana con su mirada, cuando lo encontró no muy lejos de su posición, sonrió de lado. Antes de sentarse sacó el teléfono del bolsillo delantero de sus shorts para evitar incomodidades e ir revisando su galeria para pasar el tiempo. Sus dedos se deslizaban hacia abajo en un movimiento casi monótono, viendo fotos de lobos que solía descargar y actualizar de forma constante. En eso, una llamada entrante se vio por la pantalla, Dalia contestó sin más viendo que se trataba de su compañero de cuarto y amiga, Hana. — ¿Hola? — ¡Dalia! —Su voz se escuchó extremadamente aguda y alta, por lo tanto alejó su teléfono de la oreja e inhalo y exhalo una vez antes de volver acercar su oído. —Ay qué bueno que respondes. — ¿Qué sucede? —Escucha, la Unión de estudiantes me dio la tarea de recibir en la estación a los nuevos ingresados. Pero no voy a llegar a tiempo, ¿Puedes hacerme el favor e ir a buscarlos? Hana se escuchaba preocupada. Ella era m*****o de la Unión de estudiantes, un grupo de ocho integrantes encargados de administrar los clubes de la universidad, el ingreso de los nuevos alumnos, y entre otras actividades de la universidad. Dalia alzó su muñeca y miró su reloj, hizo una mueca y titubeó. Le gustaba hacer favores a la gente que quería, aunque eso conllevará cosas que siempre deseaba eludir. — ¿A qué hora debo estar ahí?—Su tono de voz salió tan nerviosa que se dio un pequeño pellizco en el muslo. —Dentro de veinte minutos, ¿Puedes llegar? —Llegaré a la misma estación dentro de quince, mándame la lista de estudiantes, los esperaré en la salida de la estación. —Logró controlarse y suspiró. — Me salvaste la vida, ahora mismo te mando la lista. Gracias amiga. —No te salve la vida, pero me alegra ayudarte—Le dijo Dalia a lo que Hana rio al otro lado de la línea. —Bien, bien. Bueno debo colgar, nos vemos en un rato. —Bueno. Cortó la llamada, y su teléfono al segundo vibró notificando la llegada de un mensaje. Entró y vio la lista de ingresantes nuevos, leyó rápidamente los nombres y contó un total de seis estudiantes. No eran tantos, pero tampoco eran pocos. Dalia guardo el teléfono, y miró por la ventanilla, esperaba poder llegar a tiempo a recogerlos.   
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