Vincent sintió que se le subía la sangre a la cabeza, la ira se apoderó de él, como un fuego que se propagaba por su cuerpo, la idea de que la empresa que él por tantos años manejó hasta con los ojos vendados, antes de trabajar junto a Sarah en Doinel, se la estaba heredando a Bastián y una niña que ni sabe lo que estaban dejando en sus manos, lo llenó de una furia descontrolada que tuvo que contener para no armar un escándalo. La magnitud de la herencia de Leana lo dejó atónito. — ¡Esto es ridículo! —protestó Vincent, levantándose de su asiento, su voz llena de furia, como si estuviera a punto de explotar. —¿Cómo puede una niña recibir tanto? ¡Incluso más de lo que sus propios hijos recibieron! —su ira se desbordaba, como una cascada que se precipitaba po

