El padre de Giorgia era un hombre de palabra y honor, por ello, cuando Giorgia estrechó su mano con él, sabía que de algún modo, el trato era realmente oficial.
Al salir de su oficina, se empeñó en saber todo lo posible de aquel completo desconocido, observando su fotografía una y otra vez al analizar cada parte de él mientras caminaba de regreso a su habitación. Una vez allí, examinó los documentos que llevaban su nombre.
Sobre su escritorio buscó un bolígrafo y una hoja de papel, lugar donde escribiría Bruno Caruso y comenzaría un esquema con los puntos más importantes.
Bruno Caruso era el único hijo del gran Caruso, el enemigo de su familia, y el mismo que se estaba robando el negocio de su padre.
Estaba soltero de algún modo, pero siempre hacia presencia con alguna mujer diferente.
A pesar de ser la mano derecha de su padre y mayor confidente, Bruno era considerado un verdadero caos en las calles de España.
No era discreto, amable ni educado. Conocía el alcance que tenía su padre, y era la excusa perfecta para saber que era libre de hacer lo que quisiera sin ser tocado por la ley o por alguien más.
Tenía una estatura promedio, quizás un poco alto junto a la pequeña Giorgia, media un metro ochenta y cinco con exactitud. Tenía tatuajes en su pecho, espalda y brazos, lo único que estaba libre de tatuajes era su rostro y piernas, usaba el cabello largo, tenía un semblante frío, llevaba barba y tenía una mirada oscura, profunda y aterradora. Amaba meterse en problemas, poniendo en práctica su pasatiempo favorito, el boxeo y la agresión, no era nada pacífico, ni amable, y muchas veces, se le había encontrado hasta arriba de drogas, lo que realmente lo hacía parecer un caso perdido.
Giorgia se dió por vencida inmediatamente al leer todo aquello, Bruno probablemente era el joven más aterrador que había conocido, y dado el historial que tenía, entendía que eran dos mundos totalmente diferentes e incapaces de encontrarse en un mismo punto.
En el fondo de aquel archivo, encontró una fotografía más, Bruno iba si camiseta, mostrando sus tatuajes mientras boxeaba en lo que parecía ser, un lugar de mala muerte. Notó sus brazos, sus pectorales y cada uno de aquellos tatuajes que antes había sido narrado en el documento. Notó una vez más aquella mirada fría y perdida, la misma que la haría estremecer inclusive a la distancia.
No se imaginaba conociéndolo, y temía que aquello fuese tan grande para ella que no lograra cumplirle a su padre.
Pero aún así, estando sorprendida ante todo lo que leía y veía, Giorgia no se rindió.
Bruno, al igual que el resto de todos los hombres tenía un prototipo de mujer con la cual mayormente se involucraba, todas eran de estatura baja, pelinegras o castañas, odiaba las rubias y el exceso de maquillaje, odiaba las uñas postizas, pestañas exageradas y la ropa holgada. Para ser un hombre problemática, alcohólico y realmente un caso perdido, su compañía siempre era bastante específica.
En ese punto Giorgia entendió porqué su padre la había elegido, era estatura mediana, cabello castaño, tez pálida, no usaba maquillaje y se acercaba extrañamente demasiado a los gustos que Bruno podía tener, considerando entonces que quizás la misión no estaba del todo perdida.
Siempre iba a un mismo bar, el único donde después de tantas peleas le dejaban entrar. Estaba a una hora de su casa, en el centro de la ciudad, iba allí cada fin de semana sin falta, siempre una chica y un carro diferente. Excedía la cuenta y era mandado a casa con un alto nivel de alcoholismo, pero aún así, no sé detenía.
Su padre, aún así conociendo el verdadero caso perdido que podía llegar a ser, jamás lo dejó de lado, siempre cubría sus pasos, arreglaba sus desastres y lo protegía. Era su único hijo, el verdadero heredero de todo lo que había construido.
Así que, Giorgia tuvo una idea apenas leyó aquella información, notando en el calendario que era sábado por la tarde, y que era con exactitud, el día que Bruno Caruso se presentaba en aquel bar.
Al observar lo tarde que era no dudó ni un instante en convertirse en la mujer que Bruno se empeñaría en tener.
Usó un vestido n***o ajustado a su cuerpo, dejaba ver su pecho, resaltaba su cintura y sus piernas, usó tacones para estilizar, pero no para verse demasiado alta. Arregló su cabello, no lo alisó, solo lo despeinó. Cubrió sus ojeras, peinó sus cejas y solo pintó sus labios, colocando un brillo ligero que llamaría la atención de manera atractiva.
Al caminar hacia el espejo no pudo evitar reír, se sentía un agente de la DEA encubierto de aquel modo, no solo por el plan que había elaborado, si no, por aquella vestimenta que para ella simplemente era un disfraz.
Leyendo una vez más sus apuntes, la puerta fue tocada tres veces, terminando por ser abierta cuando ella tomaba una ligera cartera llamativa para llevar de compañía, lugar donde había metido su identificación, dinero en efectivo y una arma de bolsillo.
Se trataba de Lorenzo, su hermano mayor, quién no tardó en quedar boquiabierto y confundido ante su nueva vestimenta, acercándose a ella en silencio mientras señalaba una y otra vez lo que llevaba puesto.
—¿Pero qué demonios...? —preguntó en un hilo de voz.
Giorgia sonrió posando para él. —¿Cómo me veo? —cuestionó ella para él.
—¿Dónde crees que vas? Giorgia, tu nunca vas de fiesta, siquiera usas vestidos ajustados o carteras llamativas. —observó. —¿Qué es todo ésto? Apenas y te reconocí.
Ella evitó sus preguntas, haciéndose realmente la distraída mientras arreglaba su pintalabios en el espejo y caminaba intentando salir de allí.
—No, no, ni lo pienses. —dijo firme al detener su paso. —¿Dónde crees que vas vestida así? ¿Qué es todo ésto, Giorgia? No me digas que... Papá. —balbuceó al cerrar sus ojos. —¿Se trata del estúpido plan de papá para atacar a los Caruso? Es muy arriesgado, es absurdo. Bruno no debe saber siquiera dónde está parado. —avisó. —E irte así, de ese modo, es realmente innecesario.
—Haría lo que fuera para que nuestro padre me tome en cuenta como lo hace contigo, si debo infiltrarme a través de Bruno lo haré. —dijo Giorgia firme. —Solo déjame ir.
—No vayas, no lo hagas, Giorgia. Leíste su historial, ese hombre es un enfermo, un desquiciado, puede hacerte daño, puede descubrirte. —avisó.
—No lo hará, Lorenzo. Déjame trabajar. —y salió de allí.