—¡Giorgia! ¡Giorgia no vayas, espera! —gritó Lorenzo corriendo tras de ella.
Giorgia caminó escaleras abajo, allí, junto a la puerta, su padre la observaba fijamente.
—¡Detén todo ésto, es una estupidez! ¡La pones en riesgo! —gritó Lorenzo con frustración corriendo tras de ella y alzando los brazos hacia su padre en reclamo. —Haré lo que quieras, haré lo que quieras... —repitió Lorenzo. —No hagas que ella sea parte de ésto, padre. Giorgia solo tiene diecinueve años, no entiende la maldad de lo que hay allí fuera. —insistió.
—Tu hermana es capaz de esto y mucho más, déjala que me permita observar de todo su potencial. —dijo firme y sin temblar.
Giorgia no hizo más que arreglar su vestimenta un poco más, cuidar su cabello y sin decirle ni una sola palabra más a su hermano, tocó el hombro de su padre y salió de allí.
Caminar sobre el pavimento se le hizo un poco complicado al principio, era la primera vez en mucho tiempo que Giorgia vestía tan elegante y costosa, pero estaba segura que se mantenía firme ante su misión, aunque se sintiera extraña y completamente ajena a lo que ella realmente era.
Aún así, ante las advertencias de un hermano que posiblemente la protegía del hombre más cínico del país, ella solo se mantuvo firme intentando alcanzar lo que su padre quería.
Porque era así, durante años ella habia luchado sobre la mínima atención de su padre, fallando en el intento todas las veces posible. Siendo evitada cada que algo realmente importaba e ignorada cada que intentaba ser parte.
Su padre se mantenía firme ante sus ideales, y siempre, cada que podía, le recordaba a Giorgia que las mujeres no estaban hechas, ni listas para tomar el mando de un mundo lleno de maldad y hombres despiadados.
Ella opinaba completamente lo contrario a él, sabía que una gran mujer llena de poder, habilidades e inteligencia era totalmente imparable, y era justo en lo que se quería convertir, solo necesitaba que alguien más que ella misma, creyera en eso.
Fue así que durante el trayecto, Giorgia observó la fotografía de Bruno en su bolso de mano una y otra vez, observando sus facciones, aquella mirada y esos tatuajes que se robaban la atención a simple vista.
Ordenó al chófer la dirección, y le pidió claramente que luego de dejarla, se marchara sin pensar en lo que sucedería.
Al llegar, lo primero que notaría sería la cantidad incalculable de personas que rodeaban el lugar, el ruido inminente y las luces que salían al fondo del lugar.
Intentó acercarse, pero inmediatamente pedirían su identificación, la misma que por obvias razones demostraba que Giorgia solo llevaba diecinueve años de vida, algo que no era suficiente para entrar en aquella discoteca.
Por más que intentó, no le dejaron pasar, haciéndola a un lado mientras el resto de personas encontraban en aquel lugar.
Sentía que ya había fallado, al igual que sentía un poco de impotencia, pero aún así, y doliendo sus pies, Giorgia no se rindió.
Giorgia ajustó un poco más su vestimenta, esperando coquetear con el de seguridad para obtener la entrada al sitio, pero en ese preciso momento, el automóvil que conduciría Bruno Caruso se estacionaria en el lugar con mucha fuerza y nada de control.
Al principio tres chicas bajaron del automóvil, pecho operado, piernas largas, castañas, pelinegras, fiesteras natas. Después, Bruno apagaría el automóvil, bajando de él con gafas de sol que bajaría lentamente de su rostro, mientras el contacto visual que lograría con él la haría estremecer sin previo aviso.
Llevaba una camiseta abotonada en blanco, sus primeros tres botones abiertos, dejando ver sus pectorales definidos y algunos tatuajes, su cabello iba despeinado, pantalón n***o rasgado y ajustado, mientras un gran reloj cubría su muñeca.
La observó inmediatamente y Giorgia no tuvo miedo, en su lugar, sintió que había logrado el objetivo que finalmente tenía, llamar su atención.
Él no se acercó a hablarle, era exactamente lo que ella esperaba, pero en su lugar, Bruno Caruso habló con seguridad, el mismo que le diría que aquella chica que esperaba junto a la puerta solo tenía diecinueve años, y por ende, no la podía dejar pasar.
Bruno de algún modo le convenció, y sin conocerla siquiera, autorizó su entrada.
Era la primera vez en los diecinueve años de Giorgia que entraba en un sitio así, el ruido de la música era lo suficientemente alto para distraerla, las luces apagadas y aquellas de colores yendo de un lado a otro, lo suficiente como para marearla un poco y sacarla de sí.
Comenzó a buscar a su objetivo por todo el lugar, pero finalmente fallaba en el intento.
Cuando se daba por rendida y desistía del plan, un hombre de seguridad apareció a su lado una vez más.
Tocó su hombro y gritó a su lado; —¡El señor Caruso la necesita! —avisó.
Ella lo miró en blanco, lo había logrado, Bruno Caruso la había notado.
—¡No se de quien me habla! —gritó ella indiferente.
Así mismo, entre la multitud, aquel seguridad señaló las alturas, la segunda planta para ser exactos, lugar donde Bruno estaba rodeado de muchas mujeres, las mismas que habían llegado con él y otras que posiblemente ya lo esperaban en el bar, mientras estaba sentado, oyendo la música, manteniendo la calma al tomar un vaso de licor y mirando a Giorgia fijamente entre tanta distancia.
—¡Quiere conocerla, señorita! ¡Tengo la orden de llevarla con él! ¡Dígame si acepta! —gritó a mi lado.
Yo quedé fría una vez más, inmóvil mientras le veía fijamente entre tanta multitud; podía jurar que pasase lo que pasase, Bruno Caruso jamás despegaría su mirada de mi en el resto de la noche.
—¡Señorita, yo siendo usted aceptaría! ¡Todas las chicas vienen a éste lugar esperando llamar la atención de Caruso! ¡Tiene mucho dinero, mucho poder! —avisó.
Pero si mi plan iba a funcionar, debía ser completamente diferente al resto de las mujeres que llegaban a la vida de Caruso.
—¡No! ¡Dígale que rechazo su propuesta! ¡Pero que gracias por ayudarme a pasar! —insistió. Y sin más, Giorgia se unió con el resto de chicos que andaban a su alrededor.