Capítulo Siete

1323 Words
Abraham dejó a Marcus solo con sus pensamientos mientras conducía hacia la propiedad. Marcus tenía que admirar al hombre que siempre sabía cuándo hablar y cuándo guardar silencio. No podía evitar la tensión que se apoderaba de él cuanto más se acercaban a casa. Habían pasado cinco años desde la última vez que puso un pie aquí y no lo esperaba con ansias. Recordaba claramente el día en que su abuelo lo confrontó. Se reproducía en su mente en un bucle interminable. *** —Joven Marcus —lo saludó Abraham cuando llegó a casa, tambaleándose y recordando a medias lo que había hecho la noche anterior. —¡Hey, Abby! —Marcus se rio. —¿Podrías prepararme un baño? No estoy seguro si me sentaré en él o me lo beberé. Decidiré más tarde. —Un poco de café sería mejor —frunció el ceño Abraham. —Tu abuelo te ha convocado. Quería saber en el momento en que regresaras a casa después de tu última... salida. Esas palabras solas sobriaron a Marcus casi al instante. No era frecuente que su abuelo lo convocara y aún menos cuando se trataba de algo oficial. Con una señal de comprensión, se dirigió al estudio. Allí encontró a su abuelo detrás del escritorio leyendo un informe. —Toma asiento —dijo sin levantar la vista. Miles Avery era un hombre tranquilo y generalmente educado, pero eso ocultaba una personalidad temible cuando decidía ejercer su autoridad. Su cabello, una vez oscuro, era gris plateado, aunque aún espeso, lo cual reconfortaba a Marcus, ya que recordaba que su padre se había quedado calvo bastante temprano. Al igual que los Worthington, la fortuna de los Avery se especializaba en un sector: la medicina. Todo comenzó con el tatarabuelo de Miles, quien había sido médico y había establecido una próspera práctica. La tendencia continuó con su hijo y sus nietos, quienes la desarrollaron y expandieron desde una simple consulta privada hasta múltiples hospitales en toda la ciudad. Los Avery habían delegado a otros médicos la realización de tratamientos reales y se dedicaban a la administración. Expandieron su dominio, financiando la investigación médica e invirtiendo en nuevas tecnologías, pero su enfoque seguía siendo brindar atención médica de vanguardia y asequible. Marcus se sentó sin atreverse a decir una palabra mientras estudiaba a su abuelo. Para la mayoría, era una figura formidable, severa pero justa. Sin embargo, en la memoria de Marcus, era un hombre cálido y cariñoso. Su abuelo nunca había sido duro con él y a menudo era su cómplice cuando se trataba de frustrar los intentos de su madre por imponer reglas aún más estrictas. Pero esa calidez estaba ausente ahora, mientras Miles dejaba el informe que le habían entregado hacía solo una hora. Sin apartar la vista de sus papeles, preguntó: —¿Cuánto tiempo ha pasado desde tu cumpleaños? Marcus dudó. ¿Cuánto tiempo había pasado?  —Ah... tres meses. Miles asintió.  —Bueno, ahora tienes veintisiete años. ¿Qué has aprendido? Marcus frunció el ceño. No era la primera vez que las preguntas de su abuelo parecían venir de la nada. Desde que era pequeño, a su abuelo le gustaba desafiarlo para que pensara en las cosas desde una perspectiva diferente. Esta vez no estaba seguro de lo que su abuelo pretendía, así que no sabía qué respuesta le satisfaría. —... No estoy seguro... Miles de repente golpeó su escritorio con el puño. El ruido fuerte resonó en la habitación y Marcus se sobresaltó. La mirada furiosa de su abuelo se clavó en él. Esta era la primera vez que enfrentaba la ira real de su abuelo. —¿Cuánto tiempo planeas hacerte la víctima? —Miles exigía. —Perdiste a tu padre demasiado joven. ¡Lo sé! ¿Pero eso es una excusa para vivir así? ¿Un niño que se niega a crecer? ¿Alcohol? ¿Fiestas? ¿Debauchery? —¡Supongo que es mejor trabajar hasta la muerte! —Marcus respondió, sorprendido por su propio enojo. —¡Por supuesto que no! —Miles contraatacó, para sorpresa de Marcus. —Pero, maldita sea, tiene que haber un punto intermedio. Marcus abrió la boca para responder, pero la cerró sin decir una palabra. No recordaba la última vez que había escuchado a su abuelo maldecir. El dolor y la angustia en los ojos de Miles eran muy reales. Podía aguantar muchas cosas, pero la decepción de su abuelo no era una de ellas. —Eres inteligente. Tienes tanto potencial —continuó Miles. —Te he observado y esperado que te des cuenta, pero no puedo seguir viendo esta... depravación. No estoy haciéndome más joven y eres mi único heredero. —Siempre está Elizabeth... ella lo quiere. Miles resopló.  —No me menciones ese nombre. Marcus dio un respingo sorprendido por las palabras duras de su abuelo. Elizabeth Quenn era la hija de los amigos cercanos de su madre. Habían crecido juntos y, desde que eran pequeños, Elizabeth afirmaba con orgullo que sería la mujer más poderosa de Nueva York. No era un secreto que su madre tenía la intención de que se casaran, pero Marcus no sentía ninguna atracción hacia ella en lo más mínimo. Eso no había cambiado a medida que crecían. Si algo, su aversión hacia ella solo había aumentado.            —Esa niña no tiene ni un hueso compasivo en su cuerpo. No está capacitada para encargarse de una tostadora, y mucho menos de un hospital. —¿Desde cuándo se necesita compasión para ganar dinero? —No se trata del dinero, muchacho. Se trata de las personas. Es posible que no seamos médicos, pero no podemos olvidar a las personas que dependen de nosotros. Las vidas dependen de nosotros. Las personas son más importantes que el resultado final. Esa mujer y tu madre pueden pensar que la haré mi sucesora, pero no podrían estar más equivocadas. —Entonces, ¿qué vas a hacer? —Te estoy dando la oportunidad de demostrar tu potencial —dijo Miles después de un momento. Tomó un sobre y lo lanzó sobre el escritorio. Marcus lo atrapó y lo abrió vacilante. Dentro había un boleto de avión de primera clase y su pasaporte. Frunciendo el ceño, miró a su abuelo. —Llamé a un viejo amigo mío, uno de mis compañeros de guerra —dijo Miles. —Ha accedido a que hagas prácticas en sus oficinas europeas. —¿Oficinas? ¿No un hospital? —La administración es administración. Habrá tiempo suficiente para aprender los pormenores de la administración hospitalaria más adelante. Se trata de poner las ideas en su sitio —Miles hizo un gesto despectivo con la mano. —Tienes cinco años para demostrar que eres digno de ser mi sucesor. —¿Y si no lo consigo? —Buscaré a otra persona. Por primera vez desde su fundación, no habrá un Avery en nuestro Consejo de Administración. Pero no comprometeré nuestra misión por un nombre. Cinco años, muchacho. Marcus negó con la cabeza. Y había pensado que Donovan Worthington se llevaba la palma con su absurda competencia entre sus hijos. Aparentemente, no tenía nada en comparación con Miles Avery. Marcus se levantó cuando su abuelo se acercó al escritorio apoyándose fuertemente en su bastón. Miles puso una mano en el hombro de su nieto y apretó. —Solo tienes que creer en ti mismo como siempre he creído en ti. Pero no te equivoques, Julius es un duro maestro y le dije que no te lo pusiera fácil. Marcus sintió cómo se le helaba la sangre. Su abuelo no podía referirse a quien él creía. Los DaLair no eran una familia a la que tomar a la ligera. ¿Su abuelo realmente hizo un trato con ellos? ¿Realmente conocía a Augustus DaLair? Dijo que eran compañeros de guerra. —Te sugiero que te duches y prepares tus cosas. Tienes cuatro horas antes de que tu avión despegue. Hazme sentir orgulloso.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD