Capítulo 6: La videollamada con el señor Lobo

1019 Words
Capítulo 6: La videollamada con el señor Lobo El señor Fernan Donal se ve en mi pantalla como una aparición convocada por mis fantasías más oscuras. Se endereza cuando me observa desde la comodidad de su casa. Siento que me da taquicardia, y dejo de respirar cuando lo miro. En el fondo puedo ver su cama, algunos objetos, tiene elegancia. —No esperaba saber de ti —dice él—. ¿Siempre trabajas hasta tan tarde los viernes por la noche? Me rio sin saber por qué, es decir, no tengo nada para reirme más que lo nervios que le muestro. Aclaro mi garganta. —Era sólo un correo —respondo—. No esperaba una conferencia. La invitación a la videollamada fue la que estuvo fuera de lugar. Me quito la tolla que envuelve mi cabello sintiendo como me cae húmedo por los laterales de mi rostro. —Ah, pero era un e-mail de trabajo —dice—. Supongo que me facturarás el tiempo y la hora en la que lo estas enviando, ¿quién en su sano juicio envia un correo de trabajo tan tarde? Aunque espero que durante las horas que trabajas para mí, lo hagas plenamente disponible… para mí. Las palabras me empiezan a estimular, y no sé por qué aprieto las piernas de solo escuchar su tono de voz. —Estoy siempre disponible para hablar de trabajo señor Donal. Él sonrie. —Puedes llamarme Fernan. —Si fuéramos amigos, lo llamaría Fernan. Él parece divertirle mi enfasis con el que marco el que no somos amigos. —¿Y no lo somos? —replica. Él se inclina hacia atrás con firmeza. —No —respondo tal vez con demasiada odiosidad—, no somos amigos. —¿Amantes entonces? ¿Cómo llamas a tus amantes Mérida? Me quedo sorprendida. —No somos amantes. Siento mi ostro sonrojarse. —¿Entonces como justificas todo? Te he sentido debajo de mí, he sostenido esos hermosos pechos que tienes, sé como se escucha cuando gimes y cuando te hago venir. —Fue sólo una noche. —replico intentando hacerlo ver que no fue nada— No soy tu amante. —Ah, pero entonces, ¿por qué siento que respondes como si lo fueras? —replica. Las palabras me ponen nerviosa. Miré lejos de la pantalla. Esto es estúpido. —Quiero una cita con los directores, los ingenieros —le digo, manteniendo mis ojos lejos de la computadora para evitar mirarlo—. Quiero hablar con ellos acerca de sus capacidades. —¿Te acuerdas cuando me tocaste aquí? Vuelvo a mirar la pantalla y me quedo sin aliento cuando miro que se quita la camiseta negra que lleva puesta. Es perfecto, hermoso, poderoso, dirige sus dedos a las marcas de arañazos en la piel que cubre el corazón. ¿Yo había hecho eso? Recuerdo haber arañado su espalda pero… uhm, claro que sí. La lujuria, deseo y sintiendo que… La sensación de él tocándome, empujando dentro de mí hasta que no había palabras en absoluto. —¿Te acuerdas dónde te toqué Mérda? Me ruborizo, y sabiendo que él puede verme, me sonrojo más. Alcanzó la solapa de mi bata. No la abro, sólo paso los dedos lentamente, aferrándome a los últimos remanentes de cordura que tengo. —Abre la bata Mérida —me incita. —No puedo hacer eso señor Donal. La necesito para mantener su concentración. Tengo que hablar acerca de negocios… seguridad… opinión pública... existen estrategias que podemos implementar. —Si quisieras hablar de eso, no hubieras aceptado mi llamada a las 11 de la noche. Trago pesadamente saliva. —Quiero que me enseñes dónde te toqué Mérida. Me tenso. Este es el momento de aferrar la bata. Debo apagar el ordenador y poner un limite. Pero. No quiero. —Abre la bata Mérida. —me vuelve a reta. Entonces apagando mi cerebro tiro de los bordes de la bata y esta se abre un poco más y puede ver el contorno interior de mis pechos. —Un poco más, señorita Vera —dice las últimas palabras en tono de broma. Está burlándose de mí, desafiándome. Es infantil y debería ser muy fácil de resistir. Pero no me resisto, me gusta este juego donde me siento sexy, donde hay fuego. Abro la bata un poco más. Le miro a los ojos y de nuevo siento su poder... pero esta vez lo siento entrando mí. Puedo respirarlo, me llena, me toca como una caricia. Con manos firmes abro toda la bata. Se cuelga de mis hombros. Sostengo su mirada, todo temor de repente desapareció. Pongo los hombros hacia atrás, mis dedos se deslizan por mis pezones endurecidos. —Me has tocado aquí. Sus ojos se oscurecen. —¿Dónde más? —me reta. Mis dedos se mueven al contorno de mis pechos antes de trazar una línea por debajo de las costillas a mi estómago. —Más abajo. Y puedo sentirlo también besando la base de mi cuello, la pequeña área donde la carne es más suave y más sensible. —Uhm, si lo recuerdo preciosa. Mis dedos continúan más abajo. Él no puede ver dónde están, pero sabe, lo veo. Y lo siento profundamente en mí, necesito tenerlo aquí conmigo. —También aquí —jadeo cuando me toco por encima del medio de mis piernas. Sus propias manos se mueven debajo de la pantalla y yo sé lo que está tocando, al igual que yo. Me caliento aún más. —Y cuando entró —susurro—, aquí. Respiro profundo metiendome los dedos. Él gime cuando dejo caer hacia atrás la cabeza, perdiendo el control mientras me toco sabiendo que él me está observando. Siento que el deseo es demasiado intenso. —Mérida —susurra. Joder. Lo siento justo a mi lado, siento que no estoy sola. Mi cuerpo tiembla cuando el orgasmo viene con convulsiones y desgarradora potencia. Abro los ojos, aún así quiero más. Me muerdo los labios. Él sonrie, y entonces yo sabiendo que había pasado los limites correctos y sabiendo que esto era el inicio. Apagué la computadora.
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