Capítulo 5: Con mi novio no funcionó
Es viernes por la noche, el unico día que estoy con mi novio y siempre cocino para Mateo los viernes por la noche en mi casa. Siempre. Es un pequeño ritual que borra parte de la molesta distancia de nuestras vidas.
Ahora está sentado en mi mesa del comedor cenando pollo al romero y espárragos al vapor. Un vaso de vino blanco está intacto a un lado de su plato.
—He elaborado un presupuesto para el anillo —dice.
—¿Un presupuesto?
—Estaba pensando en gastar alrededor de doce mil —sugiere—. Doce mil compra calidad, sin alardear. Queremos que esto sea real ¿verdad?
Afirmo con la cabeza como un robot, nunca me había sentido irritada con su presencia o por el compromiso.
¿Por qué ahora sí?
Tengo pequeños flash black de cuando el Lobo me deslizó el hielo por el muslo, cuando me besó en un lugar donde Mateo jamás me besaría, cuando se burló de mí con un rápido golpe de lengua… ¿eso era real? Se había sentido más real que cualquier cosa. Y al mismo tiempo, no se había sentido en absoluto verdadero.
Miro de nuevo la mesa.
El señor Fernan Donal no el Lobo, tengo que dividir las dos cosas, es el primer hombre que me dio un orgasmo. El primero que me ha visto desnuda mientras permanecía completamente
vestido. Incluso ahora puedo verlo, acechándome, evaluando, planificando, deseándome…
Me retuerzo en mi asiento.
—¿Estás bien? —Es la voz de Mateo—. Pareces… inquieta esta noche.
La frase picó en mi piel.
—Tengo una cuenta nueva… la más grande que alguna vez haya
trabajado. Supongo que eso… me tiene al límite.
—Dios sabe que me identifico. También estoy lleno estos días. Sabes cómo es.
Así es. Mateo es un abogado especializado en impuestos. Como a mí, le gustan las cosas que puede contar.
Mientras lo veo terminar su comida, me doy cuenta de que quiero ser algo que él pueda contar. Quiero que haga que me haga subir a las nubes como ese ser que intento olvidar.
Come el último bocado y me pongo de pie y para pararme detrás. Mis manos van a sus hombros y comienzo a darle un masaje para quitar la tensión.
Quiero hacer que Mateo sea el Lobo, olvidar aquellas manos y que sean las suyas, igual que su boca, solo quiero olvidar.
—Quédate esa noche, Mateo. —propongo.
—Ya lo había pensado. —Lleva la copa de vino a la boca.
Moviéndome delante, me siento a horcajadas sobre su regazo.
—Te quiero Mateo.
—¿Qué te pasa? —pregunta con una sonrisa cautelosa. Deposita la copa sobre la mesa.
¿Estoy siendo muy obvia de que ocurrió algo?
Me inclino hacia delante y le muerdo el lóbulo de su oreja.
—Lo que quiero es que entres en mí y que eso sea lo importante.
Él no responde. Sus manos van vacilantes a la parte baja de mi espalda.
Esto podría ser bueno. Esto podría ser real.
—No tienes que ser amable esta noche —le susurro. Una vez más mi mano va a su pelo, pero esta vez junté mis puños y le tiré la cabeza hacia atrás para que me mirara fijamente a los ojos―. Quiero que me arranques la ropa. Quiero que me abraces mientras me tocas abajo, en mi interior.
—Espera, tú quieres… —Sus palabras se desvanecen, puedo sentir sus manos temblando contra mí.
—Mmm, quiero ferocidad, pasión, salvajismo… que me domines. Esta noche quiero ser mala.
En un instante me empuja fuera de su regazo. Tuve que agarrarme a la mesa para no perder el equilibrio mientras saltaba lejos de mí.
—¿Qué está pasando? —Parecía desorientado y perdido—. Esta no eres tú. Nunca hablarías así.
La dulzura desapareció. Su desconcierto me empuja a la ira. Me está mirando con… repugnancia.
Mi rostro enrojece al sentirme expuesta e imprudente.
Al sentirme corriente, como si esto fuera impuro.
—Yo... solo pensé…
La empoderada mujer que era hace un momento se había ido.
—Supongo que estoy demasiado cansada y solo deliro —invento avergonzada.
Él pareció dudar pero noto que le gustó la sencillez de la escusa. Quiere aceptarlo.
—Estás abrumada por el trabajo —dijo—. Eso siempre agota. Sé como es.
—Sí —miento otra vez.
—Creo que deberíamos hablar mañana después de todo. —Toma su chaqueta y se la pone—. Lo que necesitas es dormir. Vuelvo a… digamos once de la mañana. Tengo una lista de las joyerías con las que debemos empezar.
Asiento. No puedo hablar. No sin llorar. Mateo quiere alejarse de mi, lo espanté.
Llega hasta mí y me da un beso breve, caballeroso en los labios. Es el beso del perdón.
—Vamos a querer ir a varias de estas tiendas antes de tomar una decisión.
Una vez más afirmo con la cabeza.
—Así que no se te olvide usar zapatos ligeros. No quiero que estés incómoda.
Me da otro beso y se va.
Con cuidado, recojo la mesa, estoy humillada.
* * *
Ya es tarde y no paro de pensar en lo que pasó.
Soy buena en mi trabajo. Puedo reconocer el potencial sin explotar, veo la fuerza donde otros no ven nada y puedo encontrar la manera de optimizar todos esos puntos fuertes hasta que alguien más vea ese poder.
Me siento en la computadora, para trabajar.
Envío al señor Fernan Donal, un correo electrónico: “Necesito reunirme con el director de su división de software ¿Podemos programar una reunión para el lunes?”.
Mi computadora sonó cuando un mensaje apareció: una invitación del señor Fernan Donal para una videoconferencia.
Siento palidecer una cosa era escribirnos, otra verlo.
Aprieto los labios. Eran demasiado tarde, las once de la noche de un viernes, no creí que quisiera hacer videollamada.
Debería haber esperado hasta que estuviera presentable para enviar ese email.
Podría vestirme ahora, colocar un traje, peinarme, ¿pero quién lleva un traje mientras está en casa a las once de la noche de un viernes?
Sabrá que hice un esfuerzo por él, no un esfuerzo para complacer, pero un esfuerzo al fin y al cabo. Sabrá el efecto que había tenido sobre mí y eso, simplemente, no era una opción aceptable.
Por alguna razón, rechazar la invitación no parece ser la mejor opción, tampoco. Y una parte de mí sabía que mi pensamiento, mi compulsión por aceptar, no era bueno.
Menos en mi estado rencoroso.
Pero en este momento no lo pienso, solo... extrañamente quiero verlo así que presiono “Aceptar” antes de arrepentirme.