Capítulo 4: La reunión con el Lobo

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Capítulo 4: La reunión con el Lobo Al llegar a mi reunión quince minutos antes, su recuerdo no deja de torturarme. Los besos en mi cuello habían sido gentiles incluso cuando me había atrapado contra la pared. Luego habían sido sus dedos... cuando él me acarició con ellos, empujándolos dentro de mí, cálido, poderoso... Mi bolso vibró cuando mi teléfono se sacudió devolviéndome a la realidad. —¿Hola? —¿Señorita Vera? Soy Pilar, asistente ejecutiva del Señor Donal. Hubo un ligero cambio de planes. El Señor Donald desea que lo encuentre en el bar Postré. Está ubicado a una cuadra al norte de nuestro edificio de oficinas. —¿Alguna razón en particular para la reubicación? —El Señor Donal, por supuesto, cubrirá los gastos de cualquier cosa que usted ordene. Uhm. Esa no había sido mi pregunta, pero parecía poco probable que esta mujer hubiera sido capaz de darme una respuesta satisfactoria. Miré hacia atrás al edificio y luego abajo al maletín en mi mano. —Estaré allí... Mi empresa cubrirá todos los gastos adicionales. —¿Puedo preguntar a qué distancia está? —Casi cerca. Cuelgo y camino hacia allá. Al llegar noto es él, definitivamente es el Lobo, está sentado solo en una mesa de barra pequeña mientras lee algo en su iPad. Lleva una camisa ligera de algodón gris con pantalón n***o. Sigue sin corbata, sin saco, nada de lo que exige la deferencia del mundo que controla. Él me mira y sonrie. Tiemblo. Bajo la intensidad de su mirada tengo que trabajar más duro para recordar las pequeñas cosas: mantener la cabeza erguida, caminar con un propósito, respira, no olvides quién eres. Caminé a través del laberinto de mesas a su lado. —Señor Donald. —digo frente a él. Mantengo mi voz fría y profesional cuando le ofrezco mi mano. —Mérida. —se pone de pie y presiona su palma contra la mía, mostrando un agarre firme y manteniéndola durante demasiado tiempo—. Estoy tan feliz de verte de nuevo. Trago pesadamente saliva. Está moviendo su pulgar hacia atrás y adelante sobre mi piel de nuevo. Es una cosa tan pequeña, algo que yo debería ser capaz de sacudirme fácilmente. Pero en cambio la piel de gallina aparecer por todo mi brazo. Él lo nota y su sonrisa se vuelve un poco más amplia al darse cuenta de que me causa el mismo efecto. Estoy que me desmayo. —La última vez que te vi esto se cayó de tu bolso. —Él sostiene mi tarjeta de presentación—. La encontré en el suelo de mi suite. Oh. Entonces fue así. Jalé mi mano y tomé un asiento. —Siempre realizo mis reuniones en oficinas señor Donald. —Ah, pero me temo que mi oficina estaba mal equipada para ti hoy. —¿Mal equipada? Él asiente y de la nada aparece una camarera con dos vasos equilibrados en una bandeja. —Té helado. —Ella pone el vaso alto en frente del señor Donald—. Y escocés en las rocas. Me siento acalorada mientras ella coloca el vaso mucho más bajo delante de mí. —Pensé en pedir un vaso para mí —explica—, pero entonces recordé tu disposición a compartir. Miro abajo en los cubos de hielo balanceándose en el líquido cobre claro. Sé lo que se puede hacer con ese whisky. Me sonrojo. —Estoy aquí por negocios, señor Donal. Él sonríe y se inclina hacia delante, apoyando los codos en la mesa ligeramente inestable. —Tú sabes mi nombre ahora. Estás autorizada a utilizarlo. —Creo que es mejor si mantenemos las cosas profesionalmente. No quiero familiarizarme. No cuando estoy por casarme y esto lo quiero olvidar. Él sonrie como unica respuesta. —Estoy aquí para hablar con usted acerca de mis ideas para Sistemas de Seguridad. Él asiente o prosigo hablando de lo que mi empresa ofrece, algo que ya me sé de memoria, por delante y por atras. Al teminar el dice: —Ya veo. Observo cómo su boca forma las palabras con exagerada lentitud. Que labios tan carnosos y sensuales que tiene. —Así que no eres una fan de la exclusividad —continúa él—. Te gusta mezclar. La insinuación es clara. —Señor Donal ¿está usted familiarizado con las leyes de acoso s****l? —Mérida, ¿me estás diciendo que estás dispuesta a hacer pública nuestra pequeña escapada en las Vegas? No respondo. Mi mano apretada alrededor del asa de mi portafolio. —Usted no me necesita. —suelto. —No, no lo hago. Pero te quiero. Tomo de mi whisky, quema mi garganta y agudiza mis sentidos. —Mis propuestas. —Con mucho cuidado apoyo mi portafolio en el borde de la mesa y luego logro sacar una carpeta llena de material sin dejar caer nada en el suelo y continúo con mis propuestas laborales. El señor Donal escucha. Él es un oyente activo. No tiene que decir una palabra. Puedo ver que él entiende; sintiendo cuando él aprueba, cuando está impresionado, y cuando no lo está. Me alimento de esto, cambiando mi tono muy ligeramente con los cambios de sus expresiones. Sé cuándo darle más detalles acerca de una cosa, cuando superficialmente a otro. Estamos en sintonía. Es un negocio. No debería ser sexy. Y sin embargo… Eventualmente él une las yemas de sus largos dedos formando una torre. Es el hombre de negocios, el pianista, el demonio que me tocó esa noche. Me acaloro, pero sigo hablando. Al culminar él deja la tarjeta con el mesero, y yo me pongo de pie, pero él me detiene con un pequeño gesto de su mano. Y de nuevo me encuentro atrapada por su mirada. El camarero cobra la tarjeta, la devuelve, el señor Donald anota una propina ridículamente grande antes de escoltarme afuera. —Odio tu traje.—dice de repente. No me ofendo. —Lo bueno es que no tiene que usarlo —digo. Voy a mi auto y él me sigue. —Ni tú. —replica. Me detengo delante de mi auto. Mis llaves están en mi bolso. Tengo que sacarlas, ahora mismo. ¿Por qué no puedo moverme? Siento sus manos a pesar de que no están tocando mi piel estan sobre la tela de mis hombros. Él está desabrochando mi chaqueta, retirándola de mis hombros, quitándomela dejandome con la camisa que llevo debajo que cubre todo lo necesario, justo aquí, en medio de una calle concurrida. No puedo dejar que la gente lo vea haciéndome esto. Yo no puedo dejarle hacerlo y punto. Pero no soy capaz de moverme. —Este es mi traje —replico. —El traje de una monja —dice—. Tienes un buen cuerpo, ocultado por un horrible traje. —Estoy saliendo con alguien. Nos vamos a casar. —suelto por fin confesando mis pecados. Intentando dejar esta marca que me recuerda que no debo volver a caer por este hombro. Él parece sorprendido. —¿En serio? —dice—. Deberías terminar con él, él no te conviene. —No sabe nada sobre mi relación. Usted no me conoce. —Tal vez no. Pero yo sé cómo te ves cuando eres realmente tú. Me quedé de piedra. Con él me siento desnuda aunque no lleve ropa. Las personas están mirando. No tengo que mirar a los muchos peatones que pasan para saberlo. Siento su mirada de la forma en que la sentía en Las Vegas. Pero hay una diferencia importante: en Las Vegas la audacia tiene una casa. Mostrándome en ese vestido apretado delante de un cuarto lleno de miradas: eso encaja con las expectativas de la ciudad. Las Vegas tiene una economía basada en la fantasía. Es justo cómo es. Pero aquí, esta es la realidad. Pero no puedo ceder a eso. Aspiro fuertemente, giro mis hombros hacia atrás, trato de no sentir las miradas de los demás, su mirada. —Usted me ha puesto en una situación difícil, señor Donal. Él sonrie, porque él lo sabe; el Lobo sabe que se ha comido a Caperucita y Caperucita no quiere aceptarlo. —Mi jefe piensa que dormí con usted para obtener esta cuenta. —continuo diciendo— Usted ha comprometido mi reputación profesional. Él inclina la cabeza hacia un lado mientras sus ojos siguen deslizándome hacia arriba y abajo de mi cuerpo; comiendome. —No lanzo negocios a cada mujer con la que duermo. Sólo a las que tienen título en negocios de Harvard. —dice. Entonces ha visto mi curriculum. —Bueno saberlo —me limito a decir. Me aparto suavemente de él, giro, y entro en mi auto. Su risa cálida me sigue cuando hago mi salida. Estoy a kilómetros de distancia de él antes de que me dé cuenta de que él tiene mi saco.
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