Capítulo 6

1297 Words
6 El aeropuerto internacional de San Francisco solía estar a unos veinte minutos de Palo Alto en una hora de poco tráfico. Claro, ahora la carretera está obstruida y conducir a cien kilómetros por hora ya no es viable ni recomendable. Pero nadie parece haberle explicado eso a Dee-Dum. Conduce a toda velocidad entre los autos abandonados y se sube a las aceras como un piloto de carreras ebrio. —Creo que voy a vomitar —digo casi en serio. —Te ordeno que no lo hagas —me dice Obi. —Ah, no le digas eso —se queja Dee-Dum—. Penryn es una rebelde nata. Ahora va a vomitar sólo para no obedecerte. —Estás aquí por una razón, Penryn —dice Obi—. Y vomitar en mi auto no es parte de tu misión. Anímate, soldado. —No soy uno de tus soldados. —Todavía no —contesta Obi con una sonrisa brillante—. ¿Por qué no nos cuentas qué fue lo que pasó en el nido? Cuéntanos todo lo que viste y oíste, incluso si crees que se trata de un detalle sin importancia. —Y si en serio vas a vomitar —dice Dee-Dum—, hazlo en dirección de Obi, no mía. Termino contándoles casi todo lo que vi. Omito las cosas relacionadas con Raffe, pero les cuento sobre la interminable fiesta de los ángeles, con champagne y canapés, vestidos elegantes y esmóquines, y cientos de sirvientes atendiéndolos. Luego les hablo de los fetos de escorpiones alados en el laboratorio del sótano y cómo los estaban alimentando con humanos. No me atrevo a decirles acerca de los experimentos con los niños. Me arriesgaría a que aten algunos cabos y sospechen que esos niños son los pequeños demonios que devoran a la gente en los caminos. Podrían incluso sospechar que Paige es uno de ellos. No sé bien qué decir al respecto, así que termino por contarles sin más detalles que están operando niños por razones que desconozco. —Y tu hermana, ¿ella está bien? —pregunta Obi. —Sí, estoy segura de que estará bien muy pronto —lo digo sin vacilación. Por supuesto que Paige está bien. ¿Qué más puedo decir o pensar? ¿Qué otra opción tenemos para sobrevivir? Trato de irradiar confianza a través de mi voz a pesar de la preocupación que me corroe las entrañas. —Cuéntanos más acerca de esos escorpiones alados —dice el otro pasajero en nuestro auto. Tiene el cabello ondulado, anteojos y la piel oscura. Tiene el aspecto de un niño emocionado porque se está discutiendo su tema favorito. Siento tanto alivio al cambiar de tema que les cuento todos los detalles que puedo recordar sobre los escorpiones. Su tamaño, sus alas de libélula, su aspecto semihumano. Les cuento cómo algunos de ellos parecían embriones apenas, mientras que otros parecían formados casi por completo. Les hablo de las personas que estaban atrapadas con ellos dentro de los tanques y cómo les succionaban su fuerza vital. Cuando termino de hablar, se hace un silencio mientras absorben mi relato. Justo cuando comienzo a creer que esta sesión de preguntas y respuestas va a resultarme fácil, me preguntan sobre el demonio que me llevó a la caravana de rescate durante el ataque al nido. No tengo ni idea de qué decir, así que mi respuesta para todas sus preguntas es “No lo sé. Estaba inconsciente”. A pesar de eso, me sorprende la cantidad de preguntas que me hacen sobre “el demonio”: ¿Era el diablo? ¿Por qué estaba ahí? ¿Dónde lo había conocido? ¿A dónde se fue? ¿Por qué me dejó con ellos? —No lo sé —les digo por enésima vez—. Estaba inconsciente. —¿Puedes contactarlo de nuevo? Esa última pregunta hace que se me encoja el corazón. —No. Dee-Dum vira rápidamente para evitar una calle bloqueada. —¿Hay algo más que quieras decirnos? —pregunta Obi. —No. —Gracias —dice Obi. Se vuelve para mirar al otro pasajero—. Sanjay, es tu turno. Escuché que tienes una teoría acerca de los ángeles que quieres compartir con nosotros. —Sí —dice el erudito sosteniendo un mapa del mundo—. Creo que la mayoría de las muertes humanas durante el Gran Ataque pueden haber sido accidentales. Una especie de efecto secundario causado por la llegada de los ángeles. Mi hipótesis es que cuando un par de ellos entra en nuestro mundo, causa solamente un fenómeno local. Pincha un alfiler en el mapa. —Se crea un agujero en nuestro mundo que les permite entrar. Seguramente causa algún tipo de perturbación meteorológica local, pero nada muy dramático. Sin embargo, cuando una legión entera de ángeles penetra nuestro mundo, esto es lo que sucede. Perfora el papel con un destornillador. El mango de la herramienta y luego su mano también lo perforan, desgarrando el mapa por completo. —Mi teoría es que el mundo se rasga cuando nos invaden. Y eso desencadenó los terremotos, los tsunamis, los cambios en el clima: todas las catástrofes que causaron la mayoría de los daños y muertes —un relámpago surca el cielo gris, como si estuviera de acuerdo con él—. Los ángeles no controlaban los cambios en la naturaleza cuando nos invadieron —continúa—. Es por eso que no provocaron un tsunami gigante que nos tragara a todos cuando atacamos su nido. No pueden hacerlo. Son criaturas que viven y respiran como nosotros. Tienen habilidades que nosotros no tenemos, pero no son dioses omnipotentes. —¿Estás tratando de decirnos que mataron a tanta gente sin siquiera intentarlo? Sanjay pasa sus dedos por su cabello grueso. —Bueno, mataron a un montón de gente después de que matamos a su líder, pero tal vez no son tan poderosos como pensamos en un inicio. Lo cierto es que no tengo ninguna prueba. Es sólo una teoría que encaja con lo poco que sabemos. Pero si logran traer de vuelta algunos cuerpos para que los estudiemos, quizá podamos arrojar más luz sobre este asunto. —¿Quieres que confisque algunas de las partes de ángel que intercambian en los pasillos de la escuela? —pregunta Dee-Dum. Me callo mi broma acerca de cómo él y su hermano seguramente trafican con partes de ángel, porque podría ser verdad. —No hay garantía alguna de que esas partes sean auténticas —dice Sanjay—. De hecho, me sorprendería que siquiera algunas de ellas lo fueran. Además, sería mucho más útil estudiar un cuerpo entero —los pedazos del papel que representaba nuestro mundo yacen destruidos en el regazo de Sanjay. —Cruza los dedos —dice Obi—. Si tenemos suerte, incluso podríamos conseguir algunos especímenes vivos. Me invade una ola de inquietud. Pero me digo a mí misma que no capturarán a Raffe. No pueden hacerlo. Él estará bien. El radio en el tablero se enciende y una voz dice: —Algo está pasando en el antiguo nido. Obi levanta el aparato: —¿A qué te refieres con algo? —Hay ángeles en el aire. Demasiados como para atacarlos. Obi toma un par de prismáticos de la guantera y mira hacia la ciudad. Estamos cerca del agua, así que es posible que logre distinguir algo. —¿Qué están haciendo? —pregunta Dee-Dum. —Ni idea —contesta Obi detrás de los prismáticos—. Pero hay un montón de ellos. Algo interesante está pasando. —Estamos a mitad de camino de la ciudad —dice Dee-Dum. —Dijeron que había demasiados como para atacarlos —dice Sanjay, nervioso. —Es cierto —dice Obi—. Pero es una oportunidad para averiguar lo que están haciendo. Y querías cuerpos de ángeles para estudiarlos. El nido será el mejor lugar para encontrarlos. —Creo que tiene que ser un lugar u otro, jefe —dice Dee-Dum—. Si vamos al aeropuerto, necesitaremos a todos para atrapar a nuestros objetivos, suponiendo que todavía siguen allí. Obi suspira con renuencia. Luego habla por el radio de nuevo. —Cambio de planes. Todos los vehículos deben dirigirse al viejo nido. Acérquense con extrema precaución. Repito, acérquense con extrema precaución. Hemos avistado enemigos. Ésta es ahora una misión de observación. Pero si tienen la oportunidad, traigan de vuelta un espécimen. Vivo o muerto.
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