La plaga fue la gota que colmó el vaso. No fueron solo insectos; fueron escarabajos necrófagos, negros y brillantes, que surgieron de la tierra como si la propia tierra los estuviera vomitando. Devoraron brotes, raíces, incluso la corteza de los árboles jóvenes. Lo que el invierno había dejado vivo, la plaga lo condenó. El olor a descomposición y desesperanza se volvió tan espeso en el pueblo que se podía saborear en la lengua.
La histeria colectiva estalló. No eran ya murmullos ni preparativos sigilosos. Era un clamor sangriento. Una multitud, armada con hoces, horquillas y antorchas (aunque era de día), se congregó frente a la cabaña. No pedían. Exigían.
—¡Que salga la maldición! —gritaba Bran, su rostro desencajado—. ¡Que salga ahora! ¡La ofreceremos en el altar de la montaña y quemaremos su casa para purgar la tierra!
El anciano y Fray Benito estaban al frente, pero incluso ellos parecían sorprendidos por la furia que habían desatado. La turba era una bestia con muchas cabezas, y ya no respondía a los ritos lentos. Querían sangre. Inmediata.
La madre, pálida como la muerte, empujó el pesado armario contra la puerta. Soulind, con el cuchillo en mano, se paró frente a la ventana. Su corazón latía como un pájaro atrapado, pero su mente estaba fría. Contaba cabezas, buscaba puntos débiles. Sabía que no podrían resistir mucho. La madera de la puerta crujía bajo los primeros embates.
Fue entonces cuando sonó el cuerno.
No era el toque rústico de un guardabosques. Era un sonido claro, metálico y autoritario que cortó el aire como una cuchillada. Un silencio incrédulo cayó sobre la turba. Todos giraron.
Por el camino principal, avanzando con una lentitud deliberada, venía un pelotón de soldados. No eran la guardia desaliñada del pueblo; eran hombres con armaduras de cuero hervido y cotas de malla, con yelmos que ocultaban sus rostros. Portaban lanzas con puntas de acero que brillaban bajo el sol pálido. Y al frente, en un caballo gris ceniza, iba un hombre con un tabardo azul oscuro bordado con un halcón plateado: el emblema de la Casa de Aranthor, los señores feudales del Valle de Neluxia.
Era Sir Gareth, el capitán de la guardia del Lord Aranthor. Un hombre de unos cuarenta años, con el rostro surcado de cicatrices y una mirada que había visto demasiadas revueltas campesinas para perder el tiempo con tonterías.
—¿Qué desorden es este? —preguntó, su voz no alzada, pero proyectada con una autoridad que llegó a cada oído—. ¿Acaso el pueblo de Bosquebajo ha declarado la guerra a sus propias cabañas?
El anciano se adelantó, tratando de recuperar su dignidad.
—Sir, esta es una cuestión… espiritual y de supervivencia. La criatura que habita ahí —señaló la cabaña con su bastón— es la causa de nuestra ruina. Debemos hacer un sacrificio a la antigua usanza para aplacar a la bestia de la montaña y salvar nuestras cosechas.
Sir Gareth miró la cabaña, luego la turba, luego el cielo plagado de insectos. Su expresión no cambió.
—Lord Aranthor ha oído rumores de que se planea un homicidio ritual en sus tierras. Y eso, anciano, no es "costumbre". Es un delito contra las leyes del reino y la autoridad de vuestro señor. ¿Creéis que si vuestra tierra se purga con sangre infantil, el Rey en la capital lo verá como un acto piadoso? Lo verá como barbarie. Y enviará más soldados, no para protegeros, sino para colgaros a todos por asesinos.
Sus palabras, frías y lógicas, tuvieron el efecto de un cubo de agua helada. Bran bajó su hoz. Algunos en la multitud empezaron a retroceder, el fervor sanguinario reemplazado por el miedo a la horca.
—Pero… nuestra hambre… la plaga… —balbuceó Fray Benito.
—Vuestro hambre es un problema del consejo granjero y de los almacenes de vuestro señor —cortó Sir Gareth—. No de una niña huérfana. Lord Aranthor, en su misericordia, ha decretado lo siguiente.
Hizo una señal. Un soldado se adelantó con un pergamino.
—Primero: Se disuelve esta asamblea. Cualquier daño a la propiedad o a las personas de esta cabaña será castigado como un ataque contra la propia casa de Aranthor.
—Segundo: Se establece una cuarentena. Nadie entrará o saldrá del Valle de Bosquebajo sin permiso hasta que la plaga cese. Eso incluye… sacrificios.
—Tercero: La niña y su tutora quedan bajo protección directa de esta guardia. Un destacamento se quedará acampado aquí —señaló un claro cerca de la cabaña— para asegurar que se cumpla la paz.
Un murmullo de incredulidad y resentimiento recorrió la multitud. Los habían despojado de su chivo expiatorio y ahora los encerraban con su desgracia.
—¡Esto es una tiranía! —gritó alguien desde atrás.
Sir Gareth giró su caballo hacia la voz.
—No. Tiranía sería permitir que matarais a una niña y luego tener que ahorcaros a media aldea. Esto es orden. Ahora, dispersaos. A vuestras casas. O mi paciencia, que es poca, se agotará.
La autoridad en su voz, respaldada por las lanzas de sus hombres, fue inapelable. La turba, refunfuñando y llena de rabia contenida, comenzó a dispersarse. El anciano, Bran y Fray Benito se quedaron mirando con odio puro, primero a Sir Gareth, luego a la cabaña, antes de marcharse.
Cuando se hubieron ido, Sir Gareth se acercó a la puerta de la cabaña. La madre, temblando, apartó el armario.
—Sois… sois bienvenidos, sir —dijo, con la voz quebrada.
—No es una bienvenida, mujer. Es una orden —dijo él, sin cruzar el umbral. Sus ojos, grises y duros, examinaron el interior pobre, y se posaron en Soulind, que aún sostenía el cuchillo. Una chispa de algo —¿curiosidad? ¿reconocimiento?— brilló en ellos por un instante—. Sois la comadrona, ¿cierto? La que atiende partos.
—Sí, sir.
—Y la niña. ¿Es verdad lo que dicen? ¿Que nació con la tormenta?
Soulind, sin bajar el cuchillo, asintió una vez.
Sir Gareth la estudió un momento más largo. Luego, habló con una brusquedad extrañamente sincera.
—Lord Aranthor no hace esto por caridad. Hace esto porque un valle que se devora a sí mismo no paga impuestos. Y porque hay… leyes. Aprovechad este respiro. —Su mirada se volvió hacia la montaña, y por primera vez, su rostro impasible mostró una sombra de algo más profundo: preocupación genuina—. Pero entended esto: mi lord puede contener a los campesinos. No puede contener el miedo. Y cuando el miedo vuelva a superar el temor a la horca… ni yo ni mis hombres podremos detener lo que viene. Estáis vivas. Por ahora. Usad bien el tiempo.
Se dio la vuelta y comenzó a dar órdenes a sus hombres para montar el campamento.
Esa noche, por primera vez en meses, hubo una barrera física entre ellas y el odio del pueblo: una fogata de guardias a cincuenta pasos de su puerta. Pero Soulind no se sintió segura. Se sintió como un animal raro en una jaula, observado por dos amos: los aldeanos que querían su sangre y los soldados que querían su quietud.
Desde la ventana, miró a los soldados, luego más allá, hacia la montaña. Los ojos verdes brillaban con intensidad, como si todo el espectáculo humano les hubiera parecido una farsa patética. Dos fuerzas se alineaban en su contra, pensó. El pueblo, con su odio caliente. La nobleza, con su orden fría. Y en medio, ella, y la montaña, y un secreto antiguo que nadie más parecía recordar.
El sacrificio se había pospuesto, no cancelado. Y en el aire, cargado del zumbido de los últimos insectos, flotaba una pregunta más aterradora: ¿quién era realmente más peligroso? ¿La turba con sus hoces, o el lord con sus leyes y su "protección"? El tiempo de gracia había comenzado. Pero era, sin duda, el preludio de una tormenta mayor.