Los primeros días en la cueva fueron una bruma de dolor, sueño y silencio. Soulind flotaba entre la conciencia y el olvido como un junco en aguas turbulentas. A ratos despertaba sobresaltada, el corazón galopando, convencida de que aún estaba en su celda. Luego veía el resplandor verde de las vetas en las paredes, sentía el calor del aliento del dragón envolviéndola como una manta, y recordaba. No estaba sola. No estaba encerrada. Estaba… ¿libre? No. Esa palabra aún le resultaba extraña. El dragón —Valerius, se había bautizado a sí mismo con el nombre que ella le dio— apenas se movía de su posición. Permanecía enroscado alrededor de la cámara, su enorme cabeza descansando sobre las patas delanteras, los ojos verdes siempre ligeramente abiertos, vigilantes. Solo cuando ella dormía profund

