Esa noche, Soulind soñó con fuego. No un fuego destructor, sino uno limpio, dorado, que calentaba sin quemar. En el centro de las llamas, una figura humana: un hombre joven, de cabello oscuro y ojos verdes como esmeraldas, vestido con ropas reales. Extendía la mano hacia ella, y en su palma había una pequeña piedra brillante. —Soulind —decía su voz, y era la voz del dragón, pero también era otra cosa—. Ayúdame a recordar. Ayúdame a encontrar el camino de regreso. Cuando despertó, el dragón la miraba fijamente desde su lugar en el centro de la cámara. —Soñé contigo —dijo, antes de que ella pudiera hablar—. Soñé que tenías fuego en las manos y que me llamabas por mi nombre. Mi verdadero nombre. El que olvidé. —¿Lo recuerdas? —preguntó ella, conteniendo el aliento. El dragón cerró los oj

