Capítulo 17.El Lento Despertar de la Memoria (parte 1).

1388 Words
Los primeros días en la cueva fueron una bruma de dolor, sueño y silencio. Soulind flotaba entre la conciencia y el olvido como un junco en aguas turbulentas. A ratos despertaba sobresaltada, el corazón galopando, convencida de que aún estaba en su celda. Luego veía el resplandor verde de las vetas en las paredes, sentía el calor del aliento del dragón envolviéndola como una manta, y recordaba. No estaba sola. No estaba encerrada. Estaba… ¿libre? No. Esa palabra aún le resultaba extraña. El dragón —Valerius, se había bautizado a sí mismo con el nombre que ella le dio— apenas se movía de su posición. Permanecía enroscado alrededor de la cámara, su enorme cabeza descansando sobre las patas delanteras, los ojos verdes siempre ligeramente abiertos, vigilantes. Solo cuando ella dormía profundamente, él se permitía cerrarlos del todo, y entonces su respiración se volvía aún más lenta, más profunda, como si él mismo cayera en un abismo de sueños sin fondo. El tercer día —o la tercera noche, Soulind había perdido la noción del tiempo—, ella logró sentarse sin ayuda. El dolor en las costillas había disminuido de agudo a sordo, y la pierna, aunque entablillada, ya no latía con la furia de los primeros momentos. Apoyó la espalda contra la pared de la cueva y observó al dragón. —¿Sueñas? —preguntó. Los ojos verdes se abrieron del todo, enfocándose en ella con esa lentitud que parecía caracterizar todos sus movimientos. —Creo que sí —respondió, su voz resonando en los huesos de ella—. Pero no recuerdo los sueños. Solo sé que he soñado porque despierto con… sensaciones. Tristeza. Rabia. A veces… calor en el pecho, como si hubiera visto algo hermoso. —¿Alguna vez has soñado con manos? El dragón parpadeó lentamente. —Sí. A menudo. Manos sosteniendo algo. Una copa. Una espada. Otra mano. —Hizo una pausa—. Manos pequeñas. De niño. Manos que me tocaban la cara con suavidad. Duele recordarlo. O no recordarlo. No sé. Soulind asintió. Ella también tenía sueños así. Sueños donde una mujer sin rostro le acariciaba el cabello y le cantaba en una lengua antigua. Despertaba con el eco de esa canción en la mente y la certeza de que había sido amada, aunque no pudiera probarlo. —Quizá eres más humano de lo que crees —dijo—. Los dragones no sueñan con manos. —¿Cómo sabes lo que sueñan los dragones? —preguntó él, y había un atisbo de curiosidad genuina en su voz. —No lo sé. Pero los sueños son recuerdos disfrazados. Eso me lo enseñó… —se detuvo, el nombre atorado en la garganta—. Alguien que ya no está. El dragón no preguntó más. Simplemente dejó que el silencio los envolviera, y esa fue la primera lección que Soulind aprendió de él: no todas las preguntas necesitan respuesta. A veces, el silencio compartido es suficiente. --- Pasaron más días. Soulind comenzó a explorar los límites de su nuevo hogar, arrastrándose con la pierna inmovilizada. La cueva era un laberinto de cámaras conectadas por túneles, algunas naturales, otras con marcas en las paredes que parecían talladas por manos humanas hacía mucho tiempo. Encontró restos de lo que alguna vez fue un asentamiento: pilares de piedra, los cimientos de lo que pudo ser un altar, fragmentos de cerámica con dibujos geométricos. —Eso es peligroso —dijo el dragón una vez que la vio examinando un trozo de cerámica—. No sé por qué. Pero lo sé. Como si lo hubiera aprendido antes. O como si alguien me lo hubiera advertido. —¿Alguien? —preguntó Soulind. El dragón frunció el ceño —un gesto extraño en su rostro escamoso, pero inconfundible. —Una voz. En mi cabeza. O en mis recuerdos. Decía: 'No toques eso, Valerius, te cortarás'. Pero no sé quién era. No sé si era real. Soulind guardó el fragmento en su bolsillo improvisado, un pliegue del vestido blanco que había atado con tiras de tela. No sabía por qué lo guardaba. Tal vez porque era la primera prueba de que alguien más había estado aquí. Alguien que quizá conocía al dragón antes de que él olvidara. --- Una noche —o una tarde, el tiempo seguía siendo un concepto difuso—, Soulind encontró algo que le heló la sangre. En una cámara más profunda, casi oculta por una cortina de estalactitas, había una pared lisa y pulida. No era natural. Había sido tallada, alisada por manos humanas. Y sobre ella, grabadas en la piedra, había figuras. Eran rudimentarias, desgastadas por siglos de humedad, pero reconocibles: un hombre con una corona, de pie ante una multitud. El mismo hombre, arrodillado, con cadenas en las muñecas. Y luego, una figura monstruosa, alada, emergiendo de entre las llamas mientras el hombre coronado desaparecía. Soulind tocó los grabados con la punta de los dedos. El corazón le latía con fuerza. —Valerius —llamó, su voz temblorosa—. Ven. Tienes que ver esto. El dragón tardó en llegar. Su enorme cuerpo apenas cabía por el túnel, y cuando entró en la cámara, sus ojos verdes recorrieron la pared durante un largo, largo momento. —¿Qué es? —preguntó, y en su voz había una nota de confusión genuina—. ¿Son… animales? —Son personas —dijo Soulind—. Mira. Este de aquí —señaló al hombre con corona—. ¿Te recuerda a alguien? El dragón inclinó la cabeza, sus ojos fijos en la figura. Pasaron segundos. Luego minutos. Su respiración se volvió más agitada, y un temblor recorrió su colosal cuerpo. —No… —murmuró—. No sé. Ese hombre… la forma en que está de pie… yo… —Sacudió la cabeza, frustrado—. No. No lo sé. Duele mirarlo. —Mira la siguiente —insistió Soulind, señalando la figura encadenada. El dragón obedeció. Y entonces ocurrió algo extraordinario. Un sonido escapó de su garganta. No era un rugido, no era un gemido. Era algo intermedio: un lamento profundo, desgarrado, que resonó en las paredes de la cueva y sacudió el polvo de siglos. Sus garras arañaron el suelo, dejando surcos en la piedra. —Eso… —jadeó, su voz resonante ahora quebrada, casi humana—. Eso lo conozco. Las cadenas. El frío del hierro. La oscuridad. Eso… eso me pasó a mí. Creo. Estoy seguro. No estoy seguro. ¡No lo sé! Soulind se acercó a él tanto como su pierna se lo permitió. Extendió una mano y la posó sobre una de sus escamas, la más cercana a su altura. El contacto fue eléctrico: la escama era fría, dura, pero bajo ella podía sentir el latido de algo vivo, algo que temblaba. —Respira —dijo, repitiendo las palabras que la partera le decía cuando las pesadillas la asaltaban—. Respira hondo. No tienes que recordarlo todo ahora. Solo respira. El dragón obedeció. Su respiración, vasta y temblorosa, se fue aquietando poco a poco. Cuando habló de nuevo, su voz era apenas un susurro. —A veces… cuando miro ciertas cosas… siento que voy a caer en un pozo sin fondo. Como si el recuerdo estuviera allí, al otro lado de una puerta, y yo tuviera la llave pero no pudiera alcanzarla. —Yo también siento eso —admitió Soulind—. Con mi madre. Con la mujer que me crió. Sus rostros se borran. Sus voces se apagan. Y yo lucho por retenerlas, pero es como intentar sujetar agua con las manos. El dragón bajó la cabeza hasta que sus ojos quedaron a la altura de los de ella. En aquella inmensidad verde, Soulind vio su propio reflejo, diminuto y distorsionado. —¿Duele? —preguntó—. ¿Duele recordar? —Sí —dijo ella—. Pero duele más olvidar. Él asintió lentamente, como si esa simple verdad hubiera penetrado la niebla de su mente. —Entonces… recordaré. Aunque duela. Aunque me rompa. Recordaré quién fui. Para saber por qué estoy aquí. Y por qué tú estás aquí conmigo. Soulind sintió algo caliente en el pecho. No era dolor. Era otra cosa. Algo que no había sentido desde que la partera la abrazaba en las noches frías de la cabaña. Esperanza.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD