CAPÍTULO 3.NIÑA TORMENTA

1694 Words
El tiempo, en la cabaña al borde del mundo, no se medía en estaciones, sino en pequeños hitos de supervivencia y en la expansión silenciosa de la conciencia de Soulind. Para cuando cumplió dos años, ya había aprendido que el mundo estaba dividido en dos: el adentro, donde el olor a hierbas secas y el calor del hogar significaban seguridad y la voz cansada de la partera; y el afuera, un lugar de sonidos hostiles, miradas que pinchaban como agujas y un frío que se colaba a través de las grietas de la puerta. Una tarde de finales de verano, cuando el aire aún conservaba un último aliento de calor, la partera decidió arriesgarse. Necesitaba raíz de sombraplateada, una planta caprichosa que solo crecía en los linderos del Bosque Viejo, donde los árboles empezaban a ennegrecerse y el musgo era tan espeso que ahogaba los sonidos. —Hoy no te dejaré atrás —murmuró, envolviendo a Soulind en un chal raído—. Donde yo vaya, tú irás. Esa es la promesa. El límite del bosque era una frontera tangible. La luz del sol se filtraba de manera diferente, en haces polvorientos que iluminaban motas de polen danzantes. Soulind, agarrada a la falda de la partera con una mano, extendió la otra hacia un destello de color: un colibrí, con su plumaje esmeralda destrozado, yacía en un lecho de hojas, un ala torcida en un ángulo imposible. La partera la vio acercarse, lentamente, sin el titubeo de un niño. —No, pequeña, está herido, podría… Pero Soulind ya estaba allí. Se agachó, su pequeño cuerpo formando una curva protectora sobre el ave. No la tocó. Solo se quedó mirando, con una intensidad que no era infantil. El colibrí, que debería haber palpitado de terror, se quedó quieto. Su ojo diminuto, n***o como una cuenta de azabache, reflejó la imagen de la niña. Luego, con un esfuerzo titánico, enderezó su ala. No fue un movimiento brusco, sino suave, como si un hueso invisible se hubiera recolocado. El ave se levantó, batió las alas una vez, dos veces, y se elevó, desapareciendo en el dosel con un zumbido que sonó a milagro. La partera no respiró. Un escalofrío que no tenía que ver con la sombra del bosque le recorrió la columna vertebral. No había visto magia, no exactamente. Había visto algo peor: una comprensión, una comunión que trascendía lo natural. Atrae a las bestias, había dicho el herrero. Esto no era atraer. Esto era… comulgar. El viaje quincenal a la plaza del pueblo era un suplicio necesario. La partera cargaba su cesta de ungüentos y pociones, y Soulind, ahora con tres años y una mirada que absorbía todo, iba envuelta hasta las cejas, convertida en un bulto anónimo. Pero el anonimato era una ilusión. En cuanto se instalaron en el rincón habitual, junto al poño, los murmullos comenzaron, sordos y persistentes como el zumbido de moscas sobre carne pasada. —Ahí está. La trajo. —¿No teme que el mal ojo eche a perder los remedios? —Mira cómo calla. Niños de su edad berrean. Esa no es normal. Soulind no berreaba. Observaba. Veía las bocas que se movían, los ojos que se apartaban, las manos que agarraban a otros niños y los alejaban. Aprendió que el desprecio tenía un color: el gris de la ropa sucia y el marrón del barro reseco. Y un sonido: el susurro que cortaba más que un grito. Fue allí, en la plaza, donde vio por primera vez a Elmir, el hijo del herrero Bran. Un niño de cinco años, robusto como un tonel pequeño, con los nudillos ya callosos de jugar con las herramientas de su padre y una mente fértil donde el miedo de los adultos había echado raíces profundas. Él fue el primero en darle un nombre que no fuera Soulind. —¡Eh, tú! —le gritó, señalándola con un dedo sucio—. ¡Niña Tormenta! ¡Mi padre dice que por ti no tenemos sol! La partera se puso tensa como un arco, pero fue la reacción de Soulind la que silenció por un segundo la plaza. No se escondió. No lloró. Alzó la cabeza y miró a Elmir directamente a los ojos. No con desafío, sino con una curiosidad lúcida y fría, como un naturalista observando un insecto particularmente ruidoso. Elmir, desconcertado por no haber provocado llanto, escupió hacia ella (la saliva cayó a medio metro) y se fue corriendo, vitoreado por sus amigos. Soulind solo parpadeó, almacenando la lección: "Niña Tormenta" era un arma que podían usar contra ella. La cabaña y el claro que la rodeaba se convirtieron en su reino diminuto y vigilado. A los cuatro años, Soulind ya tenía un rincón: un pequeño círculo de piedras lisas que había llevado una a una, junto a un viejo tocón. Allí, pasaba horas en silencio, observando a las hormigas trazar sus caminos, a las arañas tejer sus telas. A veces, un zorro flaco y de pelaje rojizo aparecía al borde del bosque. Se sentaba sobre sus patas traseras y la observaba a ella. Ella le ofrecía migas de pan duro. Él las olisqueaba y se las comía, sin miedo. Fue en ese claro donde Elmir decidió cazar su propio monstruo. Había oído a su padre bebiendo y maldiciendo: "Esa criatura y su demonio-zorro. Algo antinatural pasa en ese borde monte." Armado con una honda y la valentía falsa de sus dos amigos, fue a desterrar a la bruja de su guarida. Encontraron a Soulind sentada en su círculo de piedras, trazando patrones en la tierra con un palo. Elmir no dijo nada. Levantó la honda, cargó una piedra y la disparó. Le dio en el hombro. Soulind se estremeció, un jadeo se le escapó de los labios, pero no gritó. Se tocó el lugar del impacto, donde empezaba a formarse un cardenal morado, y luego alzó la mirada hacia Elmir. Sus ojos grises, por primera vez, no mostraban curiosidad. Mostraban algo antiguo y quieto, como el fondo de un lago helado. —¡Mirad! ¡Ni siquiera llora! —gritó uno de los niños, su voz temblorosa—. ¡Es un fantasma! —¡No soy un fantasma! —La voz de Soulind, clara y fría, los sorprendió a todos. Era la primera vez que la oían hablar fuera de susurros—. Soy Soulind. —¡Eres una maldición! —rugió Elmir, cargando otra piedra—. ¡Vete de nuestro pueblo! Antes de que pudiera disparar, un gruñido bajo y visceral rasgó el aire. Del matorral surgió el zorro, pero no era el animal escuálido y cauteloso de siempre. Su pelaje parecía erizado, sus dientes brillaban amarillos y un sonido que no era de zorro salía de su garganta. Se interpuso entre los niños y Soulind, gruñendo, avanzando hacia ellos paso a paso. Sus ojos, fijos en Elmir, brillaban con una inteligencia feroz y protectora. Los niños se quedaron paralizados por el terror puro, primitivo. "¡El demonio!" —chilló uno, y echaron a correr, tropezando y cayendo, con Elmir a la cabeza, su valentía hecha añicos. Soulind se quedó sola con el zorro. El animal se volvió hacia ella, el gruñido se apagó. Se acercó y rozó su hocico húmedo contra la mano que sostenía el hombro dolorido. Ella le acarició la cabeza entre las orejas. —Gracias —susurró. La partera, que había presenciado todo desde la ventana con el corazón en un puño, salió corriendo. Tomó a Soulind en sus brazos, revisando el moretón. Su rostro era una máscara de pánico y una terrible comprensión. —Esto no puede seguir así —murmuró, más para sí que para la niña—. Lo ven. Lo ven y lo temen, y lo que el hombre teme, lo destruye. —Se arrodilló frente a Soulind, tomándole la cara con manos temblorosas—. Escúchame, pequeña alma. Esta luz que tienes, esta… forma de ser. Tienes que esconderla. Como un tesoro. Como el secreto más importante de tu vida. ¿Entiendes? A veces, para sobrevivir, hay que hacerse invisible. Hay que apagar tu propio fuego para que no te quemen por él. Soulind asintió, lentamente. Pero en sus ojos, la partera no vio la sumisión de un niño que obedece. Vio la aceptación fría de una estratega. Había comprendido la regla del juego: su esencia era su peligro. La noche cayó con una ventisca que aullaba alrededor de la cabaña, sacudiendo las láminas del techo como si quisiera arrancarlas. Soulind, envuelta en una manta, se asomaba a la ventana. Afuera, el mundo era un torbellino de nieve y oscuridad, pero más allá, la silueta de la montaña negra recortaba su imponente masa contra un cielo ligeramente menos oscuro. —¿Qué ves ahí, pequeña? —preguntó la partera, acercándose a calentarse las manos en el hogar. Soulind no se volvió. Siguió mirando fijamente a la montaña, con una concentración absoluta. Cuando habló, su voz no era la de una niña de cuatro años. Era clara, distante, cargada de una certeza que heló la sangre de la partera. —Veo… un fuego que no quema —dijo, cada palabra cayendo como una gota de plomo—. Un fuego grande. Y triste. Muy, muy triste. La partera siguió su mirada, escudriñando la tormenta. Y allí, en la cima más inaccesible de la montaña, donde nadie había afirmado jamás haber visto nada más que roca, juró ver un tenue resplandor. No era el blanco azulado de un relámpago. Era un fulgor cálido, ámbar, parpadeante y constante. Como el latido de un corazón de piedra. Como un faro solitario en la noche más negra, mirando hacia la cabaña donde una niña, marcada por el mundo, acababa de verlo por primera vez. El viento trajo entonces un sonido, o quizá fue su imaginación alimentada por el miedo y la fatiga: un suspiro tan profundo y vasto que pareció vibrar en la misma piedra bajo sus pies. Era el sonido de la montaña. O era el sonido de algo o alguien más reconociendo, al fin, el destello gemelo de su propia y antigua tristeza.
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