Capítulo 1. El Nacimiento y el Presagio.

1000 Words
22 de noviembre de 1650. El cielo no llovía; vomitaba agua sobre la tierra. Era un día en el que el viento aullaba con furia de lobo herido, arrancando tejas y doblando robles centenarios, como si el mismísimo Cielo estuviera encolerizado. En el pueblo, enclavado entre colinas enfangadas, todos lo interpretaron como era costumbre: un mal augurio. —¡Una calamidad se acerca! —bramó el comerciante, protegiéndose la cara de la fuerte lluvia con el fardo de lana—. ¡El río crecerá y arrasará los puentes! ¡No es normal! —¡Mis cosechas! —gritó una joven, su voz desgarrada por el vendaval—. ¡Todo el grano estará podrido bajo este diluvio! ¿De qué viviremos? Un anciano, apoyado en un bastón nudoso que se hundía en el lodo, alzó una voz temblorosa pero llena de sombría certeza: —Los dioses no están enojados… están sedientos. Hace meses que no ofrendamos lo debido. Esta tormenta… es su reclamo. Mientras el pánico se enredaba en las conversaciones de la taberna y las miradas se volvían hacia el cielo iracundo, en el lugar más humilde y alejado del pueblo, donde las casas eran de láminas oxidadas y ramas entretejidas, un drama más íntimo y violento se desarrollaba. Allí, Lilia luchaba por dar a luz. El viento convertía su cabaña en un instrumento de percusión desquiciado. Las láminas de zinc gemían, se abombaban y amenazaban con despegarse. En el único lecho, una paja vieja cubierta con sábanas limpias pero deshilachadas, Lilia empapada en un sudor frío, apretaba entre sus dientes un trozo de cuero. Sus pujos no eran gritos, eran rugidos sordos y profundos que se fundían con el estruendo de la tormenta. —¡Más, Lilia, más! —la instaba la partera, una mujer de manos encallecidas y ojos llenos de una determinación feroz—. Ya asoma la coronita, es una niña de pelo oscuro como la noche! ¡Un esfuerzo más! Lilia, con los músculos de su cuello en tensión de cuerda de arco, hizo un último y titánico esfuerzo. Y de repente, un nuevo sonido se impuso: el llanto agudo, vital y desesperado de un recién nacido. Soulind había llegado al mundo. —Felicidades, querida —susurró la partera, limpiando con ternura a la pequeña antes de envolverla en un paño de lana y depositarla en los brazos temblorosos de Lilia—. Es hermosa. Tiene tus ojos… y una fuerza que ya reta al mundo. Lilia, con lágrimas limpias surcando su rostro exhausto, acercó a la criatura a su pecho y besó su frente diminuta. —Gracias a Dios… —murmuró, con una sonrisa cansada y frágil—. Soulind… te llamarás Soulind. Mi pequeña alma. Pero la sonrisa se congeló en sus labios. Un súbito escalofrío, más profundo que el frío de la cabaña, la recorrió. —Partera… —su voz era ahora un hilo—. Por favor… toma a Soulind. Cuidala. —Lilia, qué dices, es el cansancio, solo… —¡Tómala! —la interrumpió Lilia con una urgencia que no admitía réplica, alargando sus brazos ya débiles. La partera, con el corazón empezando a galopar en su pecho, obedeció. Al recibir el leve peso de la niña, su mirada cayó sobre el lecho. Y entonces lo vio. El rojo. No era el rojo oscuro y esperable del parto. Era un rojo brillante, escarlata y traicionero, que se había extendido en silencio, empapando las sábanas hasta convertirlas en una macabra crisálida alrededor de las caderas de Lilia. Era demasiada sangre. —¡Dios Santo, no! —La partera dejó a Soulind en un cesto cercano y se abalanzó sobre su amiga—. ¡Aguanta, Lilia! ¡Iré por el médico, correré como el viento! —No… —La mano de Lilia se aferró a la muñeca de la partera con una fuerza sorprendente, febril—. No llegará a tiempo. Escúchame… Eres mi única familia. Cuida de ella. Prométemelo. Sin ti… ella no… sobrevivirá. —Te lo prometo, Lilia, te lo juro por todo lo sagrado, pero… —Basta. —La voz de Lilia se apagó, convertida en un susurro que apenas superaba el golpeteo de la lluvia—. La quiero… libre… que no… La frase quedó suspendida en el aire húmedo. La mano que se aferraba a la partera se abrió, los dedos se relajaron y cayeron, inertes, sobre el costado del cuerpo ya inmóvil. Lilia había partido. Su último aliento se mezcló con el olor a tierra mojada y sangre. La partera no gritó. Un sollozo seco, desgarrador, le quemó la garganta mientras apretaba el cuerpo aún caliente de su amiga. Luego, volvió su mirada, nublada por las lágrimas, hacia el cesto. Allí, Soulind, ajena al cataclismo que había marcado su llegada al mundo, dormitaba, su pequeño pecho alzándose y bajando con suave ritmo. —Lo juro —murmuró la partera, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Aunque todo el mundo te dé la espalda, yo no lo haré. Al caer la tarde, cuando la tormenta cedió a un llovizna gris y cansada, el pueblo supo. Supo de la muerte de Lilia, la forastera de mirada triste. Supo del nacimiento de la huérfana. Y mientras unos pocos hombres cavaban una fosa en el terreno común, bajo esa lluvia que ahora parecía llorar, los murmullos comenzaron a tejerse en la taberna: —Nació con la tormenta maldita… —La madre murió al parir la… señal clara. —¿Soulind? Nombre extraño. De mal agüero. Nadie vio a la partera, en la penumbra de su cabaña, meciendo a Soulind. Nadie vio cómo, al arrullar la, una determinación de acero empezaba a reemplazar al dolor en sus ojos. Y nadie, absolutamente nadie, pudo ver la enorme y oscura silueta que, desde las montañas lejanas, pareció volver lentamente la cabeza hacia la débil luz de la cabaña, como si un nuevo y tenue hilo en el tapiz del destino acabara de vibrar.
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