Capítulo 17.El Lento Despertar de la Memoria (parte 2).

1258 Words
Esa noche, Soulind soñó con fuego. No un fuego destructor, sino uno limpio, dorado, que calentaba sin quemar. En el centro de las llamas, una figura humana: un hombre joven, de cabello oscuro y ojos verdes como esmeraldas, vestido con ropas reales. Extendía la mano hacia ella, y en su palma había una pequeña piedra brillante. —Soulind —decía su voz, y era la voz del dragón, pero también era otra cosa—. Ayúdame a recordar. Ayúdame a encontrar el camino de regreso. Cuando despertó, el dragón la miraba fijamente desde su lugar en el centro de la cámara. —Soñé contigo —dijo, antes de que ella pudiera hablar—. Soñé que tenías fuego en las manos y que me llamabas por mi nombre. Mi verdadero nombre. El que olvidé. —¿Lo recuerdas? —preguntó ella, conteniendo el aliento. El dragón cerró los ojos. Cuando los abrió, había algo nuevo en ellos. Una chispa. Un destello de algo que no estaba antes. —No. Pero casi. Está ahí, en la punta de… de algo. Como una palabra que no puedes pronunciar pero sabes que existe. —Su cola se enroscó nerviosamente—. Sé que tú me ayudarás a encontrarlo. No sé cómo lo sé. Pero lo sé. Soulind sonrió. Era una sonrisa pequeña, frágil, pero real. —Entonces empecemos —dijo—. Cuéntame todo lo que recuerdas. Por fragmentos. Por sueños. Por sensaciones. Yo lo anotaré en la pared. Y poco a poco, armaremos el rompecabezas. —¿Tú sabes escribir? —preguntó él, sorprendido. —Me enseñó un príncipe —respondió ella, y por primera vez, el recuerdo de Elian no le trajo solo dolor, sino también una punzada de gratitud—. Sus lecciones servirán para algo más que para llenar una celda de dibujos. Y así comenzó.Durante los días siguientes —¿semanas? ¿meses? el tiempo en la cueva seguía siendo una ilusión—, Soulind se convirtió en la escriba de los recuerdos perdidos. En una sección lisa de la pared, comenzó a trazar palabras, fechas, imágenes, todo lo que el dragón lograba rescatar de la niebla de su mente. Fue un proceso lento, doloroso, lleno de frustración. A veces el dragón recordaba un nombre: «Aurelia», susurraba una noche, y luego pasaba horas en silencio, procesando el eco de esa palabra. Otras veces recordaba un lugar: una ciudad blanca junto al mar, con torres de cristal que atrapaban la luz del amanecer. Pero cuando Soulind le preguntaba cómo se llamaba, él negaba con la cabeza, perdido. —Mi padre —dijo una tarde, de repente, como si hubiera recibido un golpe—. Recuerdo a mi padre. Me enseñaba a sostener una espada. Me decía… me decía que un rey debe ser fuerte, pero también justo. Que la justicia es el único trono que nadie puede derribar. —¿Cómo se llamaba tu padre? —preguntó Soulind, el carbón listo en la mano. El dragón la miró, y por un instante, sus ojos verdes fueron dos pozos de desolación. —No lo sé. Lo siento. No lo sé. Soulind anotó en la pared: «Padre: enseñó a usar espada. Rey justo. Nombre olvidado.» Luego, debajo: «Madre: ???» —¿Y tu madre? —preguntó suavemente. El dragón cerró los ojos. Pasaron minutos. Cuando habló, su voz era tan frágil que ella casi no la sintió vibrar en sus huesos. —Olor a jazmín. Manos suaves. Voz que cantaba… algo triste, pero hermoso. No recuerdo la canción. Solo que cuando la oía, me sentía… seguro. —Abrió los ojos—. Eso es todo. No tengo más. Soulind escribió: «Madre: olor a jazmín. Voz que cantaba. Manos suaves.» La pared se iba llenando poco a poco. Un mapa incompleto de una vida perdida. --- Una noche, después de una sesión particularmente frustrante en la que el dragón no pudo recordar nada nuevo, Soulind se sentó junto a él y apoyó la cabeza contra una de sus escamas. Era un gesto de intimidad que semanas atrás habría sido impensable, pero ahora era natural. Como si siempre hubiera estado destinada a estar allí. —¿Crees que algún día recordarás todo? —preguntó. El dragón exhaló lentamente, su aliento cálido acariciándole el cabello. —No lo sé. Pero ya no me importa tanto. —Una pausa—. Antes, recordar era una obsesión. Una herida abierta. Ahora… ahora tengo algo más importante. —¿Qué? —Tener a alguien que pregunte. Que escriba. Que me mire y no vea un monstruo, sino a alguien que intenta recordar quién fue. —Su voz se suavizó, si es que un dragón puede tener voz suave—. Eso vale más que todos los recuerdos del mundo. Soulind sintió que los ojos se le humedecían. Enterró el rostro contra la escama para que él no lo viera. —Eres un tonto —murmuró. —Sí —confirmó él—. Lo sé. Es lo único de lo que estoy seguro. Ella rió, un sonido pequeño y extrañado, como si hubiera olvidado que podía hacerlo. Y el dragón, al oírla, emitió ese resoplido que ella había aprendido a reconocer como su versión de una sonrisa. --- A la mañana siguiente —o lo que ella supuso que era la mañana, por el cambio en la intensidad de la luz verde de las vetas—, Soulind se despertó con una idea. —Valerius —dijo, incorporándose—. La pared se está quedando sin espacio. Necesitamos un lugar más grande para escribir. Y necesitamos… necesitamos entender lo que significan estos fragmentos. Por qué alguien te maldijo. Quién fue. Y cómo podemos usar ese conocimiento. El dragón la miró, y en sus ojos verdes había una nueva luz. No era solo curiosidad. Era determinación. —Entonces exploremos —dijo—. Esta cueva es más grande de lo que parece. Yo nunca he recorrido todas sus cámaras. Tal vez haya más… ¿cómo lo llamaste? ¿Evidencia? —La palabra le sonaba extraña en la lengua—. Más pistas sobre quién fui. Soulind asintió, una chispa de emoción recorriéndole la espina dorsal. Por primera vez en años, tenía un propósito que no era solo sobrevivir. Era descubrir. Y no estaba sola. —Empecemos hoy —dijo, poniéndose de pie con dificultad, apoyándose en la pared—. Muéstrame los lugares a los que nunca has ido. Los rincones oscuros. Las grietas. Allí es donde se esconden los secretos. El dragón se levantó, sus escamas oscuras llenando la cámara con su presencia. Pero ahora, su tamaño no intimidaba a Soulind. La protegía. —Vamos, pequeña alma —dijo, y la usó el apodo que la partera le daba, sin saber de dónde lo había sacado—. Vamos a buscar respuestas. Y juntos, la ofrenda y el dragón, la huérfana y el rey sin memoria, se adentraron en las profundidades de la montaña, hacia lo desconocido. --- En la pared de la cámara principal, las inscripciones de Soulind crecían día a día. Nombres, fechas, fragmentos de recuerdos. Una biografía rota de un hombre que fue rey y se convirtió en leyenda, aunque él mismo no lo supiera. Y en lo más profundo de la cueva, aguardaban los secretos que lo cambiarían todo. Quién maldijo a Valerius. Por qué. Y cómo ese pasado estaba conectado, de maneras que ninguno de los dos podía imaginar, con el presente de Soulind. La venganza aún esperaba. Pero ahora, tenía un mapa. Fragmentario. Incompleto. Pero un mapa al fin.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD